miércoles, mayo 27, 2009

Hanif Kureishi


De Hanif Kureishi apenas he leído El Buda de los suburbios (la traducción al español fue publicada por Anagrama y el original en inglés obtuvo en 1990 del premio Whitbread), pero me atrevería a decir que es suficiente para confirmar la pericia narrativa de un escritor provocativo e inteligente que logra sortear en su obra temas tan escabrosos como la inmigración, el racismo o la sexualidad. Revisando archivos en la red encontré este trabajo, publicado originalmente en The New York Times y que ahora comparto con ustedes.

Kureishi: "La alternativa al puritanismo no es el desenfreno"

Rebelde e ingenioso, el gran autor de Intimidad regresa con Algo que contarte, una novela con dos protagonistas excluyentes: el sexo y el multiculturalismo. De esas y otras pasiones habla en estas páginas

Por Rachel Donadio
The New York Times
Londres, 2009

Una de las visiones más reveladoras en la historia social reciente de Inglaterra está en Mi hijo, el fanático, la tierna y oscura película que Hanif Kureishi (Londres, 1954) dirigió en 1997. Es de mañana en una ciudad sin nombre al norte de Inglaterra, y Parvez, un inmigrante paquistaní taxista laico, advierte que Farid, su cada vez más devoto hijo en edad universitaria, vende su guitarra eléctrica. "¿Dónde se va tu guitarra?", le pregunta Parvez a Farid. "¡A ti te encantaba hacer esos ruidos terribles con ella!". Farid mira a su padre con irritación: "Tú siempre dijiste que había cosas más importantes que "Escalera al cielo" -dice impaciente-, y no podías tener más razón".

Este intercambio aparentemente casual va al corazón de casi todo lo que ha creado Kureishi en sus cerca de tres décadas como dramaturgo, guionista, novelista y ensayista. Éste es, después de todo, el hombre que coeditó The Faber Book of Pop y cuyas películas y novelas -incluyendo Intimidad y El Buda de los suburbios - están llenas de sexo, drogas y rock´n roll. Pero éste también es el hombre que tuvo la visión para pasearse por las mezquitas inglesas a fines de los años 80 y a principios de los 90, el hombre para quien algo nacía ahí. Y de hecho así era. Su novela El álbum negro, situada en 1989 y llamada así por un disco de Prince, exploró el creciente descontento y radicalismo de algunos jóvenes musulmanes británicos. No mucha gente prestó atención cuando salió en 1995, pero diez años después, cuando un 7 de julio las bombas retumbaron en el centro de Londres, la conciencia colectiva empezó a ponerse al día.

El caso incluye a la monarquía. Esta primavera, Kureishi visitó el Palacio de Buckingham, donde la reina lo nombró comandante del Imperio Británico. Nada mal para un chico que creció mirando sitcoms en Bromley, un suburbio de clase media de Londres, hijo de un padre paquistaní y una madre inglesa en una época en que los matrimonios mixtos todavía eran raros. A Kureishi le encantó la distinción; él y sus tres hijos fueron al palacio vestidos de etiqueta y su esposa usó un espléndido sombrero de plumas. "¿Sabes qué dice en la medalla?", pregunta Kureishi. "Por Dios y el Imperio”. No puedes conseguir nada mejor que eso. Las únicas causas son las causas perdidas o las que no existen."

Con sus intensos ojos oscuros y el pelo gris, Kureishi siempre parece tomado por sorpresa, como si acabara de chocar con una ráfaga de aire helado. Más reservado que extrovertido, a menudo se resiste a responder algunas preguntas; lo que prefiere, en cambio, es evitarlas con oscuras y cómicas burlas a sí mismo.

La última novela de Kureishi, Algo que contarte, es su libro más ambicioso después de El álbum negro. Ambientado en Londres, se centra en Jamal, un psicoanalista anglo-paquistaní que se enfrenta a ciertas preguntas sin resolver sobre su pasado. En el camino, su mejor amigo, Henry, se interesa en la hermana de Jamal, Miriam, una insignificante traficante de drogas y distribuidora de videos porno, entre otros ítems. Todo el mundo se deja llevar por una ola de perversiones.

Durante nuestra conversación en un café de Sheperd´s Bush, Kureishi describe la novela como "una crítica de la noción de placer ilimitado", un reexamen de la revolución sexual. "¿Es esto lo que pensamos que seríamos en los años 60, cuando bailábamos con flores en el pelo y deseábamos una vida más erótica y más sexual?", dice, mientras bebe su té con pimienta. "Si la sociedad ya no te instala los valores, tu felicidad y tu placer dependen completamente de ti; tú tienes que trabajar y ganarte tus propios valores morales." Esto, apunta, tiene que ver con "una queja común de Occidente contra el islamismo radical: ¿Por qué tienen que seguir preguntándole a Dios? Bueno, es mucho más difícil crear tus propios valores morales que recibirlos impuestos por otra gente o por el sistema". Las cosas eran "miserables" antes de la revolución sexual, dice Kureishi, pero ahora "nos hemos movido de la represión a la no represión", que viene con sus propias dificultades. En la visión de Kureishi, el islamismo radical y la sexualidad radical intersectan. "Se producen una a la otra, de alguna forma", dice.

Su trabajo está lleno de padres inmigrantes que no se sienten completamente en casa, muy alejados de la India y el Pakistán de su juventud. A su vez, los hijos descubren que Inglaterra tampoco los acepta del todo. En muchos sentidos, la Inglaterra de Kureishi no está lejos de la de V. S. Naipaul. Pero a diferencia del decano de las letras británicas poscoloniales, que operaba dentro del modelo conradiano, marinando los personajes en sus propias ironías mientras permanecía apartado del ruido y los rankings musicales, Kureishi está más en la línea de Nick Hornby, un voraz consumidor de cultura pop. Él dice que creció leyendo a Balzac, Beckett y Kafka, pero también mirando comedias clásicas populares inglesas de los años 60 y 70, como un gran admirador de James Dean, Marlon Brando y los Beatles.

Cuando las películas y escritura de Kureishi aparecieron por primera vez, a mediados de los años 80, el mundo literario recién despertaba a la variedad étnica de Londres. En ese entonces, la literatura de Inglaterra era "una voz afectada, del Oeste de Londres, educada, que no captaba el panorama completo", señala Bill Buford, quien publicó a Kureishi cuando era editor de Granta.

Tras el éxito de El Buda de los suburbios y la intensidad de El álbum negro, su último libro no ha sido bien recibido. Por cierto, su vida familiar tampoco ha estado libre de complicaciones. Su novela de 1998, Intimidad , es el brutal recuento de un hombre a punto de dejar a su esposa y dos hijos pequeños por una bella mujer joven, como hizo el autor. Hoy, Kureishi vive con Monique Proudlove y su hijo Kier, de 10 años. Sachin y Carlo, sus gemelos de 14 años, producto de su anterior relación con la productora de cine Tracey Scoffield, a menudo están ahí.

Después de desayunar en el café, convenzo a Kureishi de que me deje ver su casa y estudio. Antes, él me había dicho que a "la señora" no le gustan los periodistas, pero al ver a Proudlove, una mujer de ojos verdes que nos recibe en la entrada, queda claro que es Kureishi el que protege su privacidad. En el living, dominado por un juego de tambores, impresiona la mezcla de libros en el estante: algunas novelas de Henry James, la biografía de Bertrand Russell escrita por Carolina Moorehead, Situaciones de Sartre junto a Entre creyentes de Naipaul, ambos al lado de Deseo sexual: una filosofía moral de lo erótico de Roger Scruton. Definitivamente, esos libros son guías en la tierra de Kureishi. El escritor trabaja en un amplio estudio arriba, sus paredes cubiertas con imágenes: una foto de un joven John Lennon, un póster de una pintura de William Blake, una pintura al estilo de Matisse de Monique. Hay muchos CDs en el escritorio -Prince, Jeff Buckley, la banda de sonido de Trainspotting - y algunas fotos de los hijos de Kureishi. Sobre el escritorio también noto una pequeña imagen en blanco y negro: un hombre de rodillas, su cara firmemente plantada entre las piernas de una mujer desnuda. Y es que los libros de Kureishi son extremadamente sexuales. Casi en cada página, hay alguien que da sexo oral o está siendo azotado o penetrado (o pensando en eso). En los años 70, Kureishi hasta escribió pornografía literaria bajo el seudónimo de Antonia French. Le pregunto por su interés en el tema. "Cuando yo era un muchacho y quería entrar en contacto con algo sexy o sucio, leía un libro", dice Kureishi. "¿Puedes imaginar a Harold Robbins, Henry Miller, el Marqués de Sade o D. H. Lawrence como apoyo sexual?". Hoy, la literatura pornográfica es un arte perdido, dice, pero las imágenes sucias están disponibles en todas partes. "La pregunta es: ¿Qué más necesita la gente para sentirse viva?".

Hay dos tipos de personas en el trabajo de Kureishi: los que corren detrás del sexo y los que huyen de él. Los buscadores de sexo, o al menos de placer, son los adolescentes suburbanos (y sus padres) en El Buda de los suburbios y los personajes de Ropa limpia, negocios sucios. Los que escapan del sexo son los conflictuados musulmanes jóvenes de El álbum negro y Mi hijo, el fanático. Kureishi empezó a trabajar en estas historias cuando el ayatolá Ruhollah Khomeini anunció la fatwa contra Rushdie, en 1989. En El álbum negro, algunos de los jóvenes musulmanes queman copias de Los versos satánicos . La fatwa marcó un punto de giro, un nuevo capítulo. Y Kureishi estaba alerta al drama intergeneracional. "Me sorprendió que la gente joven, criada en la Inglaterra secular, volviera a una forma de creencia que negaba los placeres de la sociedad en la que vivían", escribió en El mundo y la bomba.

Aunque Kureishi reconoce el sentimiento de impotencia y racismo que ha empujado a muchos jóvenes británicos musulmanes hacia el radicalismo, él es intolerante con esa intolerancia. "La alternativa al puritanismo no es el desenfreno, sino el reconocimiento de lo que sucede dentro de los seres humanos", escribió. Y añade: "El fundamentalismo es una dictadura de la mente, mientras que una cultura viva es una exploración y representa nuestra interminable curiosidad sobre nuestra propia extrañeza: la sabiduría es más importante que la doctrina; la duda es más importante que la certeza. El fundamentalismo implica la falla de nuestro más significativo atributo, nuestra imaginación".

Ahora Kureishi trabaja en dos guiones, uno situado en Polonia y Londres, el otro en París. Francia, como el resto de Europa, "pasa por una gran crisis de identidad, raza, religión, porque sus identidades han sido destruidas por la inmigración". Después, apunta, hay que rehacer la sociedad, y "esa reconstrucción es la que Europa experimenta ahora. Pero es realmente complicado tener tu identidad desarmada y volver a armarla".

Los efectos de la transformación todavía están en curso. En Londres, Kureishi y yo caminamos alrededor del mercado de Sheperd´s Bush, donde tiendas tradicionales están siendo reemplazadas por carniceros africanos que venden colas de cerdo, tripas y batatas. En un puesto, Kureishi ordenó un falafel para llevar a su casa de almuerzo, "con salsa extrapicante, jefe". Le pregunto sobre los bombardeos del 7 de julio de 2005, los que mataron a 52 personas e hirieron a más de 700 en el sistema de transporte de Londres. "Todo el mundo esperaba que ocurriera", dice.

Las bombas aparecen en Algo que contarte, donde ellas tocan a todos los personajes y matan a algunos de ellos. La novela, con sus protagonistas en plena lucha contra la edad, junta todo el repertorio de Kureishi: padres e hijos, psicoanálisis, sexo extravagante, drogas y radicalismo islámico, un cocktail de humor agudo y sardónicas observaciones culturales. Pero sobre todo, Algo que contarte es una sucia canción de amor a Londres y a todo lo que Londres significa. Todo lo que los bombardeos de aquel 7 de julio trataban de destruir.

© The New York Times

martes, mayo 26, 2009

Villoro en clave personal


Apenas leo en Apostillas literarias que Juan Villoro estrena página web y hago click en http://www.juanvilloro.com/. Y la verdad es que no hay decepción posible: en esas páginas encontramos a un Villoro compendiado, telegráfico, pero entre la minucia y el breve espacio el autor deja su impronta: la lucidez del ensayista, los flashazos de sus novelas y la mirada penetrante del cronista extraordinario que nos revela los secretos de regiones y ciudades tal y como persisten en su memoria; y si no me creen pues echen una ojeda a sus textos sobre Zacatecas o sobre Ciudad de México. Autor respetable de ensayos y novelas, cuentos y crónicas, Villoro es, por sobre todas las cosas, un lector apasionado que dedica petits hommages a quienes llama sus amados monstruos, ahí aprovecha para reincidir en Rossi, en Capote, en Kerouac o en Leñero, siempre con la lámpara de Diógenes en la mano, redescubriendo sus señas de identidad, privilegiando el valor de la relectura.

sábado, mayo 23, 2009

La nueva narrativa francesa


Aunque definitivamente no me gusta Le Clézio, es incuestionable que es parte fundamental de un resurgimiento de la narrativa francesa, después de que diversos oráculos presagiaran lo peor, entre los que se cuenta la revista Time, la misma que hace apenas un año y medio, en diciembre de 2007 para ser exactos, puso en portada la figura del mimo Marcel Marceau en evidente estado de consternación acompañada por el ominoso título: "La muerte de la cultura francesa". Y si menciono al último Nobel de Literatura es porque quizás es quien mejor representa a una nueva novela francesa, renovada por obra y gracia del mestizaje cultural, geográfico y literario, toda una generación marcada por una vocación universal, una narrativa reinventada por autores de otras nacionalidades pero que escriben en francés. Lo extraordinario es que las obras de estos nuevos bárbaros vienen a erradicar una tendencia que revelaba a los novelistas franceses como “narcisistas productores de introspecciones sobre su propio ombligo”. Y gracias a esta refundación es que ahora podemos afirmar que la novela francesa está más viva que nunca.

Para quienes deseen ponerse al día aquí les va una lista extraída del suplemento Babelia, donde además pueden consultar el artículo completo “Francia reinventa su lengua”, así como esta otra nota titulada “Maestros inolvidables”.

Y para estar al día

J. M. G. Le Clézio. La música del hambre (Tusquets) y El africano (Adriana Hidalgo). Mathias Enard. Zona (Belacqua). Atiq Rahimi. La piedra de la paciencia (Siruela), Tierra y cenizas (Lengua de Trapo). Jonathan Littell. Las benévolas (RBA), Lo seco y lo húmedo (RBA). Andréi Makine. La mujer que esperaba y Réquiem por el Este (Tusquets). Nancy Huston. Marcas de nacimiento (Seix Barral). Emmanuel Carrère. Una novela rusa (Anagrama). Patrick Modiano. Dora Bruder (Seix Barral), Calle de las tiendas oscuras, El café de la juventud perdida y Un pedigrí (Anagrama) y Reducción de condena (Pre-Textos). Anne-Marie Garat. Nacida de las tinieblas y En manos del diablo (Belacqua). Jean Echenoz. Ravel (Anagrama). Fred Vargas. La tercera virgen (Siruela). Annie Ernaux. Los años y La ocupación (Hercé). Romain Gary. El bosque del odio (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) y La tormenta (El Cobre). François Vallejo. El heredero (Salamandra). Philippe Claudel. El informe de Brodeck (Salamandra). Daniel Pennac. Mal de escuela (Mondadori). Pascal Quignard. Todas las mañanas del mundo (Espasa). Eric-Emmanuel Schmitt. Ulises from Bagdag (Destino).

Después del capitalismo


Mientras en Honduras cuatro nigromantes, bajo la férula de Chivo Negro, se desgañitan y rasgan sus costosas vestiduras afirmando que el capitalismo (y su esperpento abusivo: la democracia…y al llegar aquí siempre sugiero leer a Borges, quien la definió con lúcida precisión) es el mejor de los mundos posibles y que las desventuras que sufrimos son el justo precio que debemos pagar por la gracia de poseer la constitución más perfecta sobre la faz de la tierra, hasta en Letras libres se atreven a plantear que el “sueño” ha terminado y se esfuerzan por encontrar respuestas para el futuro. En su artículo titulado “Después del capitalismo”, Geoff Mulgan expresa, entre otras cosas:

“Pero si un sueño ha terminado, ¿qué otros sueños nos esperan en las sombras? ¿Se adaptará el capitalismo? ¿O deberíamos hacernos de nuevo una de las grandes preguntas que ha animado la vida política durante casi dos siglos: qué puede venir tras el capitalismo? Hace sólo unos años esta pregunta fue aparcada, considerada tan juiciosa como preguntar qué vendría después de la electricidad. Los mercados globales habían puesto a China y la India en su órbita, el triunfo del capitalismo parecía completo y el islam medievalista y los maltrechos ejércitos que rodean las cumbres del G8 empujaban para ser su último y débil competidor. Las empresas multinacionales, se decía, iban a comandar imperios más grandes que la mayoría de los Estados-nación, y en ciertos aspectos se habían ganado la afiliación de las masas gracias a sus marcas.
Pero la lección del propio capitalismo es que nada es permanente: “Todo lo que es sólido se desvanece en el aire”, como dijo Marx. En el capitalismo hay tantas fuerzas que lo socavan como fuerzas que lo empujan hacia delante. En este ensayo contemplo en qué se podría convertir el capitalismo al otro lado del desplome. No pronostico ni el resurgimiento ni el colapso. Sugiero más bien una analogía con otros sistemas que en el pasado parecieron igualmente inmutables
.”

Si está interesado en leer más, pues sólo haga click arriba, allí donde aparece el título del artículo.

jueves, mayo 21, 2009

Una encuesta urgente sobre la poesía


En época de consultas y urnas, la poesía tampoco se salva del escrutinio, o al menos así les pareció necesario a quienes dirigen la sección "Cultura" del diario El País, quienes han convocado en sus páginas a doce figuras de la cultura española, que analizan la situación del género, hablan de su relación con él y, además, seleccionan un verso favorito; todo esto con motivo del encuentro Barcelona Poesía, que arranca hoy.
La nota completa pueden leerla aquí.

miércoles, mayo 13, 2009

Biblioteca Google


En estos tiempos de crisis (Crisis What Crisis, recuerdo que era el título del disco que Supertramp lanzó en 1975), surgen noticias alentadoras, aunque a veces contradictorias, acerca del futuro del libro. Para Google, por ejemplo, el futuro pasa por la posibilidad de ofrecer en línea libros de todo el mundo, en un intento por “reconciliar internet con la lectura a profundidad”. Sobre el tema, en su edición de mayo de 2009, Letras libres reproduce la entrevista con el historiador Robert Darnton, director de las bibliotecas de Harvard, quien analizó con propiedad y precisión el tema de la Biblioteca Google para la revista francesa Books (No. 1, diciembre 2008-enero 2009).

martes, mayo 12, 2009

Alejandro Rossi


Nunca se le mencionó entre los conspicuos miembros del boom, tampoco fue un asimilado tardío al “dream team” del crack, pero es que Alejandro Rossi, filósofo y narrador, profesor universitario, investigador, nacido en Italia, de pasaporte venezolano y mexicano por elección, resiste a los encasillamientos con una lucidez pasmosa que se desgrana a través de una narrativa corrosiva e irónica. Una obra que Adolfo Castañón –en un programa de la serie “Creadores Eméritos”, que Conaculta emitió por Canal 22 bajo el título: Alejandro Rossi, Letras, viajes, ideas- intentó definir por la palabra “reojo”, enfatizando la capacidad de Rossi para potenciar la mirada periférica a la luz del apunte marginal, con un estilo original, clásico, inolvidable. Abro al azar las páginas de mi ajada edición del Manual del distraído y me encuentro con estos fragmentos:

“Envidio a quienes afirman que una voz interior los invade y les dicta, casi a contrapelo, los versos inmortales y los magníficos epítetos. Aunque he estado atento al menor murmullo, creo no deberle a esa intrusa ni siquiera un sustantivo”.

“Cuántas veces me descubro pensando en las innumerables personas que hacen el amor en este preciso instante, detrás de esas ventanas. Es un reconocimiento que nunca deja de asombrarme y que me hace sentir, al caminar por las calles, como si yo fuera el cuidador de un gigantesco burdel”.

Juan Villoro, hijo de Luis Villoro, uno de los mejores amigos de Rossi y co-fundador de la revista Crítica, publicó en Letras libres un extraordinario perfil de este sabio de nuestro tiempo, a quien definió como “gran conversador, filósofo del lenguaje y narrador de pulida prosa”.

jueves, mayo 07, 2009

Ya no nos queda ni Londres


Si hace un par de días la alegría nos embargaba ante la portentosa impresora capaz de poner un libro a pedido en nuestras manos, tras una espera de apenas cinco minutos, ahora no podemos dejar de entristecernos ante la crónica Ya no nos queda ni Londres, una elaboración de Manuel Rodríguez Rivero sobre la pasada Feria del Libro de Londres, donde afirma que el clima era tan sombrío como el de las distopías de JG Ballard, con los textos de tapa dura (hardback) en caída libre mientras los libros de bolsillo se vendían a dos por el precio de uno y medio o, incluso, a tres por dos, donde también se confirmó que las librerías independientes pasaron a mejor vida. Fue una feria, según Rodríguez Rivero, dominada por secciones beat the crunch (que pudiera interpretarse como "noquear al paro laboral") que reunían los libros con "soluciones" para el momento económico, porque ahora se venden mal los libros sobre dieta y fitness, mientras las editoriales esperan como agua de mayo la publicación en septiembre de The Lost Symbol, el nuevo “churro” de Dan Brown. O tempora o mores.

Darwin, Galileo y de la Colina en La Gaceta


Hace 200 años nació Charles Darwin (foto), el científico inglés que se atrevió a cuestionar la creencia bíblica de la creación escribiendo su obra magistral El origen de las especies. Este texto es considerado, por muchos, el libro de biología más importante de la historia.
Hace 400 años Galileo Galilei apuntó al cielo con su perspicilli, telescopio hecho por él mismo, para mostrarle al mundo que la luna no era plana como se veía desde la Tierra sino que tenía montañas, cráteres y llanuras; que la Vía Láctea estaba compuesta de una inmensa cantidad de estrellas siendo mucho más que sólo una mancha lechosa adornando los cielos.
También en el 2009 se celebran los 75 años de José de la Colina, cuentista consumado que ha sabido platicar a solas con Sherezada. Crítico de cine, bloguero entusiasmado y maestro de varias generaciones de escritores y periodistas, José ha pasado, además, por las redacciones de diversas revistas literarias y suplementos culturales.
Y La Gaceta del Fondo de Cultura Económica en su número de mayo de 2009 rinde homenaje a estos tres personajes con notables textos de Silvia Torres Castilleja, T. S. Kuhn, Susana Biro, José Luis Martínez S., Alejandro Toledo, Ana García Bergua, Noé Cárdenas y Ernesto Herrera.
Recomendamos abrir el enlace y luego puede escoger entre ver el documento o guardarlo en su computadora.

martes, mayo 05, 2009

El Nobel en la picota


El Nobel de Literatura no sólo trae consigo la consagración mediática y el dinero a manos llenas para los afortunados ganadores, también arriban la polémica y la revaloración de la obra bajo la óptica del premio recibido. De esto y más tratan precisamente estas viñetas publicadas en Letras libres con el sugerente título “El Nobel en la picota”. Aquí los comentarios sobran, mejor lean estas páginas, breves pero enfáticas, sobre Gabriel García Márquez, Toni Morrison, Darío Fo, José Saramago y J. M. G. Le Clézio.

lunes, mayo 04, 2009

El futuro ya está aquí


O quizás sería más preciso decir que el futuro acaba de llegar a Gran Bretaña. El diario The Guardian lo califica como el cambio más grande en el mundo de los libros desde que Gutenberg inventara la imprenta. Y los lectores del resto del mundo no podemos más que experimentar una saludable dosis de envidia ante la fortuna de nuestros pares londinenses, quienes sólo tienen que pararse frente a la Espresso Book Machine, realizar su pedido y esperar cinco minutos para que el libro escogido salga de las entrañas de la bendita máquina. Y por la H nos enteramos de su existencia gracias a un correo de nuestro amigo Hernán Antonio Bermúdez, quien nos remitió la nota publicada el pasado 24 de abril bajo el título Revolutionary Espresso Book Machine launches in London. Allí se podrán enterar, entre otras cosas, que el “menú” de esa máquina bendita consta, por ahora, de 500,000 títulos (y para el final del verano serán un millón), imprime 100 páginas por minuto y su costo es de 175 mil dólares, inversión que su dueño espera redimir para el fin de este año. Máquinas similares ya funcionan en USA, Canadá, Australia y en la Biblioteca Alejandrina de Egipto.

domingo, mayo 03, 2009

Volpi, Chávez y Obama


A veces la haraganería es de tal magnitud que no se piensa mucho al "llenar" los títulos de las entradas de este blog, apenas la enumeración de los apellidos de los implicados y basta, pero en este caso era inevitable, incluso pudieron ser cuatro, si hubiera añadido a Galeano, cuyas venas abiertas están en la médula del texto de Jorge Volpi titulado El alma de América Latina, que reproduce hoy el suplemento Babelia, del diario El País. Allí Volpi reflexiona sobre el regalo de Chávez a Obama y, entre otras cosas, afirma que “podrán decirse muchas cosa sobre esta obra de culto de la izquierda latinoamericana, que es maniquea o extremista, que distorsiona o exagera, pero nadie sale indemne de su lectura: ante este abigarrado relato de las vejaciones -en su mayor parte ciertas- que América Latina ha sufrido a manos de Estados Unidos, uno no puede sino terminar escandalizado. Publicada en 1971, y elevada al inmediato rango de best seller en lengua española -setenta ediciones hasta 2007-, no esconde su interpretación marxista ni sus ataques al capitalismo y al imperialismo. Si en 1969 el Zavalita de Vargas Llosa se preguntaba en Conversación en La Catedral: "¿En qué momento se jodió el Perú?", Galeano se demoró apenas dos años en dar su respuesta para América Latina. Su horizonte teórico, la llamada "teoría de la dependencia", hacía recaer todos los males de la región en los otros: los explotadores europeos y luego estadounidenses que no han dejado de enriquecerse a sus expensas.”

jueves, abril 30, 2009

The Meatrix


En medio del temor generalizado (la pandemia de nuestra época) y a la espera de que algún neogarciamarquiano se atreva a escribir El amor en los tiempos de la influenza porcina (ojo, que la advertencia no caiga en saco roto, no olvodemos que en la H, y bajo el auspicio de un narrador connotado actuando mediante influencias sinceramente financieras, ya hemos sufrido estupideces semejantes) veo que en el blog Apostillas literarias, Magda Díaz, con muy buen tino por cierto, ha desempolvado The Meatrix, mientras que en Apuntes autistas, Fuguet ha optado por recordar su cinta epidémica favorita: Outbreak. Pero si quieren ver más, les recomiendo The Meatrix II1/2, y no se pierdan el trailer de The Meatrix: Revolting.

Leer a Bellatin


Leer a Bellatin debiera ser obligatorio para aprender, como si asistiéramos a su Escuela Dinámica, que a veces menos es más, que una narrativa que ha sido calificada como “anoréxica” puede ser sorprendentemente compleja, casi indescifrable. Como señala Diana Palaversich en su libro De Macondo a McOndo: estamos ante una escritura que está “mucho menos interesada en relatar acontecimientos que en explorar la naturaleza de lo ficticio y el proceso de su producción…donde la narración misma se vuelve el sujeto principal del discurso literario”.

En la red podemos encontrar algunos datos sobre Mario Bellatin, pero lo esencial es leer sus textos, enfrentarse a la incertidumbre que plantean sus relatos. Yo propongo que echen un vistazo a Biografía fantasma, a Madre e hijo, así como a Bestiario fantástico y a Cortos chilangos, y luego me cuentan.

lunes, abril 27, 2009

Letras del Japón


En su edición del pasado 26 de abril, Babelia trae un artículo titulado Más allá de Murakami, en el que se pasa revista a la más reciente producción literaria del Japón y destacan los nombres de Banana Yoshimoto, Hitonari Tsuji, Shotaro Yasuoka, Natsume Soseki y del genial Junichiro Tanizaki, cuyas obras La madre del capitán Shigemoto y El cortador de cañas, acaba de publicar Siruela.
Y para sus muchos devotos, sugiero echen una ojeada al primer capítulo de El color prohibido, de Yukio Mishima.

sábado, abril 25, 2009

Quijote enamorado


La devoción por el Quijote aflora con especial intensidad en abril, y Rodolfo Pastor -miembro de UMBRALES, al igual que Sara Rolla y el editor de este blog- decidió explorar otra veta en la inagotable fuente cervantina: el enamoramiento y sus consecuencias, tema que en la obra se revela como "prístina manifestación de humanismo".

El Quijote enamorado
Rodolfo Pastor

Los caballeros andantes, explica Don Quijote a Sancho escriben “porque los tengan por enamorados y por hombres que tengan el valor para serlo”.
El Quijote, I, capt 25.

El enamoramiento no ha sido -acaso por la solemnidad que adjudicamos de ordinario a los clásicos y la ligereza que le imputamos al sentimiento- un tema esencial en el análisis de El Quijote. Vacilo, por lo mismo, cuando aseguro que es un libro escrito sobre el amor (y no olvido las críticas contra la mala literatura y el abuso de la lengua contra la Iglesia y contra las costumbres hipócritas, contra las injusticias y el mal gobierno), pero quizás no tanto sobre el amor, como sobre el enamoramiento, esa cúspide del encantamiento, ese delirio, esa locura feroz de la que casi todos o al menos los más honestos anhelamos ser víctimas y que a todos hace caballeros, “andantes y por andar” o damas soñadas o soñadoras. Y un libro escrito por un caballero enamorado, por cierto ya en la madurez de su vida, a los 55 años de edad, igual que su héroe. Con profundo sentido del humor por cierto, pero perdidamente enamorado.

El misticismo medieval había renunciado al sentido clásico del amor humano, el de Safo y Virgilio. Dante ya se conmueve y desmaya con el castigo de Francesca y Paolo. Y entre la canción de gesta y la lírica provenzal se construyó poco después un concepto nuevo del amor cortesano que quien sabe porqué sigue teniendo ese tinte de adúltero del Tristán e Isolda. A lo largo y ancho de El Quijote hay mil referencias al tema, tal y como se representaba en los libros de caballerías y como se manifiesta, a cada paso, en las aventuras de nuestro caballero. Pero El Quijote cifra claramente una crítica tanto del paradigma del amor como del honor caballeresco. Entre burlas, hace un planteamiento renacentista y humanista sobre el amor que trasciende de aquel. Nos recuerda que, pese a que fueran princesas, lo que amamos en nuestras Dulcineas es su humanidad.

Don Quijote distingue entre los sufrimientos de amor de los particulares caballeros andantes; de todos se conmueve, pero escoge según la analogía de sus circunstancias y modela sus propias acciones sobre las de esos escogidos. Sufre con profunda empatía las desventuras amorosas con que se encuentra, así en la lectura como en la experiencia, y construye su propia desventura de amor con valentía, sabiendo lo que hace, perfectamente lúcido en su locura, si cabe esa paradoja. Porque el mayor enamorado de todos es el propio Caballero de la Triste Figura y la razón de ser de sus aventuras es su sinrazón de enamorado. Si no hubiera Dulcinea, no habría tenido sentido buscar la honra y la fama en el combate contra gigantes y magos encantadores, volar al cielo ni descender a la Cueva de Montesinos. Y una gran parte del Libro está dedicada, precisamente, a representar al Quijote en su locura de amor y a sus reflexiones sobre las locuras de los enamorados: Cardenio y Crisóstomo, Basilio y El Cautivo, y a defender sus derechos. Junto con los de quien no se enamora, aunque con ello se lleva a si mismo de encuentro. Y en estas breves páginas quiero enfocar sólo un par de escenas que servirán para ilustrar estas reflexiones.

Los capítulos 12 y 13 de la Primera Parte cuentan la tragedia de Crisóstomo y Marcela. El Pastor Crisóstomo ha hecho el mayor sacrificio posible de amor: se ha suicidado (no hay aquí ni siquiera la insinuación de una condena) por despecho, porque Marcela se ha rehusado a amarlo porque quiere mantener su libertad (y Marcela defiende su libertad de mujer, diferente a la que asumen las feministas de hoy, sin acudir a un argumento de género). Crisóstomo conmueve. A sus amigos que quieren linchar a la que suponen culpable: “basilisco”. Conmueve a la misma Marcela y, por supuesto, conmueve a nuestro Señor don Quijote, que tiene que verlo como una advertencia sobre el límite de la locura amorosa, como un argumento contra el desenfreno. El Quijote finaliza la disputa defendiendo a Marcela.

Después de ese episodio, concretamente después de liberar a los reos de una caravana destinada a los galeotes, a quienes pretende después mandar al Toboso con agradecimientos para su dama y quienes, por supuesto, lo mandan al carajo, Don Quijote decide entregarse sin medida ni prudencia a su propia locura de amor. Se retira a la Sierra Morena para renunciar al mundo y a la misma aventura (aunque, de paso, se está refugiando de La Santa Hermandad), entregado a la abstinencia y la penitencia. Ayuna, se desnuda y se lastima como un anacoreta del amor, no para alcanzar santidad (esa se da por descontada) como hacían los frailes y las monjas en los conventos, ni para mayor gloria de la divinidad, sino para su enamorada, para conmover a su endiosada Dulcinea. “Oh bella ingrata amada enemiga mía”, le escribe, aunque no le ha hecho más agravio que desconocer una pasión que -antes de entonces- su enamorado sólo ha manifestado en las furtivas miradas durante un puñado de encuentros con la fornida labradora, a la que defiende don Quijote del intento de Sancho de desestimarla por no ser “princesa”.

Don Quijote le entrega Rocinante a Sancho (que ha perdido su asno en la refriega) para que lleve una carta de amor a Dulcinea y le cuente a esa dama las penitencias de amor que realiza en lo más profundo del monte. Varios capítulos cuentan esas deleitosas locuras, punteadas con versos atorrantes, característicos de la condición del enamorado delirante. En la segunda parte del Libro, Don Quijote vuelve a la aventura, después de una “recuperación” temporal, pero su destino es el mismo, es Dulcinea, a la que Sancho se ve obligado a encantar y luego desencantar. Y se vuelve a celebrar el tema en “Las aventuras del Pastor enamorado” y en “Las bodas de Camacho”, cuyo defecto es que no son de amor.

Dulcinea es, en efecto, el Santo Grial, el “vaso místico” o, al menos, lo desplaza. El tema del enamoramiento en Don Quijote es prístina manifestación de humanismo. Tenía Cervantes razón de combatir al clero (y no la fe) con cautela y quizás le habría combatido más el clero a él si hubiera entendido que El Quijote también en esto es manifestación y heraldo de modernidad, en la medida que coloca a la persona amada (de carne y hueso) en el lugar central que la Iglesia reclamaba sólo para la divinidad y, por eso, se burla del cura amigo y de las procesiones y de la Inquisición. En ese amor humano y falible, entregado -incluso malentendido- del enamorado, en amar como Crisóstomo hasta la muerte equívoca, radica la esencia del humanismo.

Es en el enamoramiento cuando nos disponemos al servicio del otro(a) y trascendemos de la bestia y la brama, del celo, del ligero bonheur y del cansancio del sexo sin pasión, del que se burla El Quijote cuando, en lastimera condición, Rocinante acomete a las yeguas en un paraje idílico. La pasión enamorada ordena al sentimiento y el instinto, los concentra y los orienta a su objetivo legítimo, que es el bien del amado. Aunque quizás este paradigma moderno haya sido vencido y yo ya no alcance a entender otro.

viernes, abril 24, 2009

El Quijote y la lectura


Lectora inveterada del Quijote, Sara Rolla nos regala este ensayo acerca de la autorreflexión sobre la obra y la reivindicación de la lectura como "un factor vital en el proceso de creación generado por el texto". La académica, en un lúcido ejercicio de literatura comparada, enlaza al Quijote con Piglia, Borges y Vila-Matas, advirtiendo la manera en que la literatura se nutre de sí misma, "en brillante autofagia", que reivindica como "manifestación central de la genialidad de Cervantes". Estaba previsto que este texto fuera leído por su autora en el acto central de la celebración de la Semana de la Carrera de Letras de la UNAH-VS, pero la toma de las instalaciones universitarias impidió que se realizara este evento.

La lectura como tema central del Quijote
Sara Rolla

El Quijote anticipa genialmente un tema literario de gran actualidad: la autorreflexión sobre la obra. Es decir, el hecho de instalar, en el ámbito de la ficción, a la literatura misma. En ese marco, reivindica el papel de la lectura como un factor vital en el proceso de creación generado por el texto. Recordemos que, precisamente, la lectura es la causa de la locura de Don Quijote. Pero ya desde antes de dar inicio a la trama, en el prólogo a la primera parte, Cervantes se ocupa del lector. La invocación con que empieza, “Desocupado lector”, muestra dos características nucleares de la obra: el papel central que en la misma tiene el hecho de leer y el tono desmitificador y humorístico que marcará fuertemente el texto. Inclusive, Cervantes hace en este prólogo una clasificación de los tipos de lector y de las correspondientes reacciones que espera de cada uno. Debemos enfatizar que, en realidad, se trata de un anti-prólogo, o, más bien, de un metaprólogo, donde fustiga con habilidoso sarcasmo la petulancia y el burdo alarde de erudición de los preámbulos que abundaban en su ambiente. Para eso, imagina estar él, como autor, dudoso sobre cómo encarar el prólogo y crea un personaje amigo suyo que le da consejos para resolver esa situación.

Y ese amigo le dice, entre otras cosas:

Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. (M. de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Edit. Alfaguara, 2004, p.14).


El lector como figura determinante ya desde el prólogo. Luego, en el relato propiamente dicho, nos enteramos de que la lectura es el origen de la locura del protagonista. Y en todo el desarrollo de la obra, seguirá teniendo un papel central. Recordemos, al respecto, el escrutinio de los libros de Don Quijote por parte del cura y el barbero: un ejercicio de crítica literaria cuando aún no existía el género. Y pensemos en los numerosos pasajes de la obra en que se habla de libros. Inclusive en las ventas se lee: en una de ellas, se da lectura a la novela del Curioso Impertinente. Y se menciona que también la gente iletrada se reúne en las ventas para escuchar la lectura de novelas caballerescas. Son innumerables los pasajes del texto que nos remiten a las lecturas de Cervantes, entre las que se incluye el propio falso continuador de la novela, Alonso Fernández de Avellaneda.


El Quijote es una ficción que se alimenta de la ficción misma: ese es el maravilloso juego de espejos en que se basa el texto. En la segunda parte, los personajes hablan del propio libro en que están inmersos: aparece un lector calificado, Sansón Carrasco, que ha leído la primera parte y les cuenta a Don Quijote y Sancho las repercusiones que la obra ha tenido en el público lector. Los personajes se ven a sí mismos como tales. Algo totalmente novedoso y genial para aquella época.


Grandes escritores contemporáneos han reflexionado sobre este papel central de la lectura en el Quijote. Carlos Fuentes, en su exquisito ensayo Cervantes o la crítica de la lectura (México, Joaquín Mortiz, 1983), señala que éste es “el primer novelista que radica la crítica de la creación dentro de las páginas de su propia creación, Don Quijote. Y esta crítica de la creación es una crítica del acto mismo de la lectura.” (p. 33).


Por su parte, Ricardo Piglia, en El último lector, coloca a Cervantes en el centro de sus especulaciones sobre el tema de la lectura como una actividad que le da sentido a la existencia misma, configurándola de algún modo.


La lectura privilegiada que Piglia hace del Quijote -profunda, sutil, inteligente- tiene momentos como éste: recuerda la parte en que Cervantes aparece como personaje de la novela, en el capítulo 9 de la primera parte, buscando el texto que le permita continuar la historia del hidalgo enajenado. Y destaca la frase que acentúa el carácter de lector compulsivo que tenía Cervantes: “…y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles….”


Al respecto, señala el autor argentino:


"Podríamos ver allí la condición material del lector moderno: vive en un mundo de signos; está rodeado de palabras impresas (que, en el caso de Cervantes, la imprenta ha empezado a difundir poco tiempo antes)…." (Ricardo Piglia, El último lector. Barcelona, Anagrama, 2005, p. 20).


Y agrega esta reflexión general:


"El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida. (…)".


"Se trata siempre del relato de una excepción, de un caso límite. En la literatura el que lee está lejos de ser una figura normalizada y pacífica (de lo contrario no se narraría); aparece más bien como un lector extremo, siempre apasionado y compulsivo". (Ibid., p. 21).


Al final del libro, Piglia esclarece plenamente la relación de su título con Cervantes:


"En toda la novela nunca vemos a don Quijote leer libros de caballería (salvo en la breve y maravillosa escena en la que hojea el falso Quijote de Avellaneda donde se cuentan las aventuras que él nunca ha vivido. II, 59). Ya ha leído todo y vive lo que ha leído y en un punto se ha convertido en el último lector del género. Hay un anacronismo esencial en don Quijote que define su modo de leer. Y a la vez su vida surge de la distorsión de esa lectura. Es el que llega tarde, el último caballero andante". (Ibid., p. 189).


La literatura nutriéndose de sí misma, en brillante autofagia: es una manifestación central de la genialidad de Cervantes (como sucede, obsesivamente, en Borges y Vila-Matas, dos ejemplos contemporáneos que muestran la misma tendencia dentro de las letras hispánicas).


No es una acción meramente convencional y reiterativa la de rendir, en estas fechas, homenaje a Cervantes (desde luego, habiéndolo leído bien). Es un acto de devoción muy merecida, de entera justicia.


San Pedro Sula, 22 de abril de 2009

jueves, abril 16, 2009

Marcola, Wells, Welles y Fabricio Estrada


Soy una señal de estos tiempos

Siempre acucioso, el poeta Fabricio Estrada "posteó" hace unas horas en su blog Bitácora del Párvulo una apocalíptica entrevista -publicada hace un año por el diario O Globo- al líder del PCC, Marcos Willians Herbas Camacho (a) “Marcola”, bajo el título “Soy una señal de estos tiempos”. La lectura de la entrevista puede resultar, en el mejor de los casos, escalofriante; sin embargo, al ahondar un poco más en el tema se descubren algunos detalles interesantes:

De hecho, estamos ante una “elaboración" similar a la ocurrida hace casi 70 años cuando, en vísperas de Halloween, el genial Orson Welles alertó a los estadunidenses sobre la llegada de extraterrestres “grandes como osos, cuyos babeantes tentáculos no dejaban de moverse. Habían llegado en un enorme objeto flamígero, que quedó estacionado en Grover´s Mill, New Jersey. Desde allí, los conquistadores emprendieron un ataque fatal: a su paso, fueron destruyendo puentes, volando ferrocarriles y esparciendo gases venenosos”.

En aquella ocasión, fueron pocos los oyentes que pudieron entrever que se trataba de una adaptación de la novela de H. G. Wells: La Guerra de los Mundos, cuyo texto Welles había convertido en flashes informativos que interrumpían la programación normal de la CBS, comprobando que para los medios de comunicación resultaba muy fácil borrar los límites entre ficción y realidad.

Ahora, en plena posmodernidad, el cineasta y periodista brasileño Arnaldo Jabor acaba de hacer su personal adaptación a la manera de Welles, pero donde la radio es sustituida por Internet. Autor de libros como Sandwiches de Realidade o Invasão das Salchichas Gigantes, Jabor hizo una entrevista apócrifa pero verosímil a Marcola, donde aprovecha el mito según el cual el líder del PCC lleva leídos 3.000 libros, para fabricarle un discurso erudito a través del cual denuncia que los poderes públicos, en manos de una dirigencia incompetente o corrupta, han destruido (tanto en Brasil como en otras partes) las bases de la convivencia social y, en consecuencia cuestionar la capacidad de los poderes públicos para suprimir las causas del delito y la violencia.

En la falsa entrevista, Marcola incluso evoca a Dante al recordar la frase inscripta en el portal del Infierno: "Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate", al advertir a los dueños del poder político: “Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno". Después, la entrevista fue “subida” y comentada en varios blogs, causando la alarma de muchos que se sintieron amenazados por esa “cultura asesina” contra la cual ya nada puede hacerse.

Pese a su carácter apócrifo, y a las críticas recibidas por Jabor, lo cierto es que la amenaza planteada en la "entrevista" es real, y tampoco está demás recordar que la literatura –cuyos recursos han enriquecido estas elaboraciones- tradicionalmente ha hecho gala de un incuestionable carácter premonitorio.

Nota: La foto que acompaña a esta entrada corresponde a una vista de la Baixada do Glicério, donde nació Marcola.

miércoles, abril 15, 2009

El mundo narco según Juan Villoro


De vuelta a temas menos literarios, aunque en sus manos nada deja de serlo, en “La alfombra roja”, Juan Villoro recrea sin desperdicio y con sorprendente precisión el mundo narco en México, donde “la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas carecen de sentido en ese territorio. Solo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, joyas que parecen insectos de la Amazonia, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa”.
Pero lo verdaderamente inquietante es que -como podrá comprobar cualquiera que "se de una vuelta” por el occidente de Honduras- en nuestro país el narco ha dejado de ser el “expediente equis” para convertirse en realidad cierta, en la subcultura de moda…en nuestra propia alfombra roja…

La alfombra roja
Juan Villoro

De acuerdo con el axioma de Andy Warhol, en el futuro todo mundo será célebre durante 15 minutos. Esta utopía de la dicha tiene sentido en una sociedad del espectácu­lo. La cultura política mexicana prestigia la felicidad del modo opuesto: lo importante no es lo que se ve, sino lo que se oculta. Un destino logrado no desemboca en la celebridad; se cumple en secreto. La utopía mexicana ha consistido en disponer de 15 minutos de impunidad.

Durante 71 años (1929-2000), el PRI gobernó sin perder ni ganar elecciones democráticas. Se perpetuó a través de una rotación de camarillas que confundían lo público y lo privado, y renovaban esperanzas similares a las de los concursos de feria: “si ahora no te fue bien, el próximo gobierno de la Revolución te hará justicia”.

Ajeno a la transparencia y la rendición de cuentas, el modo mexicano de gobernar transformó el lenguaje vernáculo con una gramática de sombra. La política se rebautizó como la “tenebra” y los arreglos importantes se hicieron en lo “oscurito”. La llegada de la luz resultaba peligrosa; el conspirador debía actuar al cobijo de la nocturnidad y adelantarse a su adversario para “madrugarlo”. En su novela La sombra del caudillo (impecable retrato de los generales revolucionarios que se convirtieron en políticos en los años veinte del siglo pasado), escribió Martín Luis Guzmán: “El que primero dispara, primero mata. Pues bien, la política de México, política de pistola, solo conjuga un verbo: madrugar”.

Oficio de tinieblas, el ejercicio del poder dependió durante casi un siglo del valor político de lo inescrutable.

Terminado el monopolio del PRI, los códigos de la impunidad se disolvieron sin ser sustituidos por otros. ¡Bienvenidos a la década del caos! A ocho años de la alternancia democrática, México es un país de sangre y plomo.

El predominio de la violencia ha disuelto formas de relación y protocolos asentados desde hacía mucho tiempo. Los medios de comunicación ampliaron su margen de libertad, pero trabajan en un entorno donde decir la verdad es progresivamente peligroso. De acuerdo con Reporteros sin Fronteras, México ha superado a Irak en número de secuestros y asesinatos de periodistas. En este nuevo escenario, los sucesos se confunden con simulacros. Un ambiente de naufragio donde la ausencia de principios se disfraza de pragmatismo o medida de emergencia. Los trueques son los de una mascarada: el clero apoya al PAN en Jalisco y recibe a cambio una limosna inmoderada; el sindicato de trabajadores de la educación (el más grande de América latina) ofrece más de un millón de votos a Felipe Calderón y obtiene puestos en áreas de gobierno tan decisivas como la seguridad nacional; los monopolios hacen una guerra sucia en los medios durante la campaña presidencial de 2006, presentando al candidato de la izquierda como “un peligro para México”, y reciben un trato que elimina la competencia. Al modo de los Cuatro Fantásticos, los Poderes Fácticos gobiernan en la sombra. La impunidad no desapareció cuando el PRI perdió la presidencia; se dispersó en medio del desconcierto. Esto ha traído una extraña nostalgia del autoritarismo del Partido Oficial, que “al menos sabía robar”.

En la hermética tradición de la política mexicana, los protagonistas salían de escena y morían sin hacer revelaciones ni dejar diarios comprometedores. Nada tenía mayor peso que el secreto ni mayor jerarquía que los gestos. La misión del periodista consistía en descifrar signos casi esotéricos. Cada ademán era estudiado al modo de un lance taurino o una pose de teatro kabuki: si el presidente estaba de buen humor, pedía huevos rancheros en su desayuno de los lunes; si en esa misma sesión llegaba a los frijoles refritos sin dirigirle la palabra a su secretario de Gobernación, el cambio de gabinete era inminente.

La gastronomía política sigue hoy un curso muy distinto. Estamos ante un bufet donde todos se arrebatan los platos, gritan al mismo tiempo y se llevan las sobras en un tupperware.

La crisis de gobernabilidad tiene como correlato una crisis de los mensajes. El ejecutivo es ya incapaz de determinar la agenda de la información. Si durante siete décadas declarar fue más importante que gobernar (el bienestar como promesa que no admitía refutación), ahora el presidente aparece en las noticias durante unos segundos entre dos asesinatos, un parpadeo oficial en medio de las metralla. En este contexto, el crimen organizado ofrece la nueva simbología dominante.

El narcotráfico suele golpear dos veces: en el mundo de los hechos y en las noticias, donde rara vez encuentra un discurso oponente. La televisión acrecienta el horror al difundir en close-up y cámara lenta crímenes con diseño “de autor”. Es posible distinguir las “firmas” de los carteles: unos decapitan, otros cortan la lengua, otros dejan a los muertos en el maletero del automóvil, otros los envuelven en mantas. En ciertos casos, los criminales graban sus ejecuciones y envían videos a los medios o los suben a YouTube después de someterlos a una cuidadosa posproducción. La mediósfera es el duty-free del narco, la zona donde el ultraje cometido en la realidad se convierte en un informertial del terror.

Los carteles aplican la legislación de la sangre descrita por Kafka en “La colonia penitenciaria”. La víctima ignora su sentencia: “Sería absurdo hacérsela saber puesto que va a aprenderla sobre su cuerpo”. El narco se apoya en el discurso de la crueldad (cruor: “sangre que corre”) donde las heridas trazan una condena para la víctima y una amenaza para los testigos. El jus sangui del narco depende de una inversión kafkiana de los episodios legales; la sentencia no es el fin sino el comienzo de un proceso; el anuncio de que otros podrán ser llamados a “juicio”. “Si no haces correr la sangre, la ley no es descifrable”, escribe Lyotard a propósito de “La colonia penitenciaria”. Tal es el lema implícito del crimen organizado. Su discurso es perfectamente descifrable. En cambio, la otra ley, la “nuestra”, se ha difuminado.

La narcocultura amplió su radio de influencia a través de los narcocorridos, muchas veces pagados por los propios protagonistas. En la confusión ambiente, los trovadores vinculados al crimen gozan del dudoso prestigio de lo ilegal que reclama un carisma a contrapelo y se somete a la “moral del pueblo”. Sus deprimentes acordeones acompañan una saga de la rapiña que, por más que lleve alumbrado y carreteras a las comunidades que cultivan la amapola, no resiste la comparación con Robin Hood. Aunque suene curioso o divertido o folclórico cantar las peripecias de quienes llevan “hierba mala” al otro lado, los narcocorridos pertenecen a un sector que mueve el 10% de la economía (lo mismo que el petróleo) y causa decenas de asesinatos al día. Tomados como documentos del hampa, son reveladores. Lo extraño es que han ganado espacio en las estaciones que transmiten música popular y aun en las antologías de literatura. En nombre de un incierto multiculturalismo, hace un par de años un grupo de escritores protestó porque dos narcocorridos fueron suprimidos de un libro de texto. En su queja pasaron por alto que esas letras no se estudiaban en una clase sobre problemas de México, sino sobre literatura, sustituyendo a Amado Nervo o Ramón López Velarde. El narco ha contado con la anuencia de las estaciones de radio a las que amenaza o subvenciona (los términos son rigurosamente intercambiables) y con la empatía antropológica de quienes sobreinterpretan el delito como una forma de la tradición.

Tecnología del instante: el terror paga en efectivo
De acuerdo con J. G. Ballard, “El ‘hecho’ capital del siglo XX es la aparición del concepto de posibilidad ilimitada. Este predicado de la ciencia y la tecnología implica la noción de una moratoria del pasado –el pasado ya no es pertinente, y tal vez esté muerto– y las ilimitadas posibilidades accesibles en el presente”. La técnica permite una gratificación instantánea de los deseos y altera las costumbres. Las redes de distribución del consumo y los inventos progresivamente baratos hicieron que el siglo XX desembocara en la impulsividad recreativa, donde la satisfacción es tan inmediata que resulta irónico que los Rolling Stones canten “(I can’t get no) Satisfaction”. En la época de los placeres programados, la insatisfacción es una queja malévola o el peculiar anhelo del dandy.

La descarada tendencia de la época a la satisfacción exprés se ha aliado en México con la impunidad. En el mundo narco, la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas carecen de sentido en ese territorio. Solo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, joyas que parecen insectos de la Amazonia, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa.

La gratificación de lo ilimitado a la que aspiran los nuevos modos de comportamiento (de internet al iPod, pasando por la presencia instantánea del dinero en las computadoras, el tráfico de personas y las marcas globalizadas) adquiere en el relato del crimen el amparo de lo oscuro: 15 minutos de impunidad para cualquiera.

Como han documentado Luis Astorga y Renato González Valdés, el narcotráfico era hace cincuenta años un tema regional ubicable en el noroeste de México. Hoy en día involucra los flujos del dinero planetario.

La reacción psicológica ante una amenaza que crece y riega dinero ha sido darle la espalda, relegarla al espacio sin luz donde solo existe el presente, el hoyo negro que aumenta su diámetro a diario y repliega el “horizonte de los acontecimientos”, la extraña frontera donde existe el tiempo, donde el presente es consecuencia de lo que pasó y antesala de lo que vendrá.

El narcotráfico ha ganado batallas culturales e informativas en una sociedad que se ha protegido del problema con el recurso de la negación: “los sicarios se matan entre sí”. Más que una rutina aceptada o una indiferente banalización del mal, las noticias del hampa han producido un efecto de distanciamiento. Siempre se trata de desconocidos, gente lejana o rara, que sabrá por qué la degüellan.

Cada mañana los periódicos publican un rojo marcador: los 12 decapitados de ayer en Yucatán son relevados por los 24 ejecutados de hoy en el parque nacional de La Marquesa. Sin embargo, el instinto de supervivencia ha llevado a aislar mentalmente las zonas de violencia. Mientras los que se aniquilen sean “ellos”, estaremos a salvo.

El narco ha sido durante demasiado tiempo el “expediente equis”, la realidad paralela, la dimensión desconocida, el hoyo negro. Julio Scherer García, decano del periodismo independiente en México, acaba de publicar un libro revelador: La reina del Pacífico. Durante meses, Scherer visitó a Sandra Ávila en el penal donde se encuentra desde el 28 de septiembre de 2007. Presentada ante los medios como si fuese “La Reina del Sur”, el personaje de Arturo Pérez-Reverte, Ávila tiene todo lo necesario para cautivar al ojo público. Es una mujer hermosa, fuerte, desafiante, capturada por un mandatario débil, que se fracturó al caer de una bicicleta (un accidente de kindergarten), disminuido por los uniformes que le gusta lucir (en su cuerpo, todos parecen talla XL). La Reina llegó como una presa irresistible para un presidente de pie pequeño. Su exhibición forma parte de una estrategia de propaganda que no logra mitigar los duros impactos del narcotráfico.

De acuerdo con lo que le dice a Scherer, la participación de Ávila en el delito ha sido menos directa y en cierta forma más alarmante de lo que sugieren sus captores. A sus 44 años no ha conocido otra vida que el narcotráfico. Habla de ese medio como Sofía Coppola podría hablar del cine. Ha frecuentado a todos los capos de interés, fue secuestrada por un novio delincuente, contrajo dos matrimonios con narcos (uno de ellos era un comandante corrompido), padeció el secuestro de su hijo adolescente, ha visto morir gente a sus pies, ha tenido a su disposición todas las fiestas, todas las alhajas, todos los coches, todas las mansiones que solo se habitan por un par de semanas, todo exceso adquirible en riguroso efectivo. Aunque estudió un semestre de periodismo en la Universidad Autónoma de Guadalajara, no sabía quién era Julio Scherer, el periodista más conocido del país. Durante 44 años vivió en una región aparte, como los participantes del proyecto Biósfera 2000.

Javier Marías ha comentado que la serie Los Soprano depende de mostrar la vida privada de los gángsters y permitir un acceso insólito –un pase hacia dentro sin riesgo de muerte– a la zona donde los mafiosos son como nosotros y tienen problemas con la escuela de sus hijos. Desde su propia perspectiva, el narco depende de eliminar el afuera y asimilar todo a su vida privada: comprar el fraccionamiento entero, el country club, el estadio de fútbol, la delegación de policía, la burbuja que puede habitar Sandra Ávila. En este Second Life de la vida real no hay que fingir ni que ocultarse porque los espectadores ya han sido comprados.

La Reina del Pacífico no parece la estratega del mal que le urge al presidente, sino algo más común y terrible: la consorte del ultraje. Ha vivido una vida plena y completa sin pasar un momento por la legalidad. Lo más asombroso no es su jerarquía en el delito, sino que haya cumplido con “normalidad” todos los protocolos de la subcultura en que nació (su única queja es no haber sido hombre para tener mayor protagonismo). De niña a viuda, ha tenido una trayectoria que se lee como un camino de superación personal que hace años era exclusivo de Sinaloa, sede del cartel del Pacífico, y ahora pertenece al país entero; una lógica donde ningún derroche es desperdiciable. Si alguien considera que un artificio llamado Rolex Oyster Perpetual Date tiene suficientes nombres para satisfacer a la Reina, se equivoca. Sandra Ávila tenía 179 joyas de ese tipo. Estos excesos de caja fuerte se complementan con el dispendio de armamento. Después de un crimen, los sicarios abandonan 15 o 17 ametralladoras AK-47, muestra de que su arsenal no tiene fondo.

La puesta en escena de lo real
La teatralidad del narco depende de las balas y la tortura, pero también del desperdicio de armamento y del disfraz, que permite ser miembro transitorio de cualquier cuerpo policíaco. Los carteles se han infiltrado de tal modo en el poder judicial que no sorprende que cuenten con todo tipo de uniformes reglamentarios. Lo raro es que la policía, cómplice del delito, lleve uniforme.

Ajeno a la noción de frontera, el narcotráfico pasa con fluidez de la vida privada a las regiones, cada vez más remotas, de la vida civil que aún no ha comprado. En su inserción en el dominio público, el capo no requiere de más pasaporte que un apodo; puede asumir un sobrenombre de teodicea (el Señor de los Cielos), ranchería (Don Neto) o dibujos animados (el Azul). Los más temibles son los que insinúan una coquetería femenina que los hechos refutan con fiereza: la Barbie, el Ceja Güera.

Como los superhéroes, los narcos carecen de currículum; solo tienen leyenda. Desconocemos a sus pares en los Estados Unidos. En México son ubicuos e intangibles. Lo mismo da que se encuentren en un presidio de máxima seguridad o en una mansión con jacuzzi de concha nácar, pues no dejan de operar.

Curiosamente, la negación de la violencia ha dado paso a un temor muy informado. Para certificar que los capos son los “otros”, seres casi extraterrestres, memorizamos sus exóticos alias e inventariamos sus dietas de corazón de jaguar con pólvora o langostinos espolvoreados con tamarindo y cocaína.

Sin embargo, el rango de operación del narco creció en tal forma que cada vez cuesta más concebirlo como una remota extravagancia nacional. Los Soprano es ya el reality show que ofrecen los vecinos.

El paisaje ha cambiado con las inversiones del dinero ilícito. Cualquier ciudad mexicana dispone de suficientes locaciones para filmar la muerte de un capo o de un comandante. Ahí está el restaurante ideal, un château de plástico y neón donde meseras en minifalda sirven costillas de brontosaurio, junto a una concesionaria de Mercedes Benz y un hotel que semeja una mezquita con cúpulas de plexiglas. Ciudades como Torreón o Mérida, que hasta hace poco tenían fama de tranquilas porque se presumía que los narcos habían fincado ahí su residencia y no las usaban para “trabajar”, también han sido escenario de ajusticiamientos.

En la nueva atmósfera del miedo, diez mil empresas ofrecen servicios de seguridad y cerca de tres mil personas se han injertado un chip bajo la piel del tamaño de un grano de arroz para ser detectados por radar en caso de secuestro.

La estrategia defensiva de no mirar o de asumir que los atracos ocurren lejos, en un parque temático del ajuste de cuentas para el que por suerte no tenemos entradas, se ha venido abajo. El 15 de septiembre, día de la fiesta de Independencia, dos granadas fueron lanzadas contra una indefensa multitud en la plaza principal de Morelia. El atentado coincidió con otro, de orden virtual: los habitantes de Villahermosa recibieron correos electrónicos que los señalaban como candidatos al secuestro. El crimen ya no puede ser relegado a la región tranquilizadora de lo ajeno.

El presidente Calderón pasó por elecciones muy impugnadas que dividieron al país. Para realzar su fuerza, ordenó que el ejército patrullara el país. Este anuncio de que la confrontación era posible, provocó que los carteles combatieran entre sí y ejecutaran policías. Mientras los cadáveres aparecían en carreteras y cañadas, no se investigaron redes de financiamiento ni se detuvo a cómplices del crimen en el gobierno. El último alto funcionario arrestado por tratos con las mafias fue Mario Villanueva, gobernador de Quintana Roo, investigado en tiempos de Ernesto Zedillo, último presidente del PRI. Los dos gobiernos de la alternancia democrática han sido incapaces de investigarse a sí mismos y detectar los pactos que permiten que prospere el narcotráfico.

Hemos llegado a una nueva gramática del espanto: enfrentamos una guerra difusa, deslocalizada, sin nociones de “frente” y “retaguardia”, donde ni siquiera podemos definir los bandos. Resulta imposible determinar con un razonable grado de confianza quién pertenece a la policía y quién es un infiltrado.

El trato con el crimen ha derivado en un decisivo desplazamiento simbólico. Si durante décadas nos protegimos de la violencia pensándola como algo ajeno, ahora su influjo es cada vez más próximo.

Desde el arte, la instaladora Rosa María Robles anticipó esta resignificación del miedo. Su exposición Navajas, exhibida en Culiacán en 2007, incluyó la pieza “Alfombra roja”, que no se refería a la pasarela donde los ricos y famosos desfilan rumbo a la utopía de Andy Warhol, sino a las mantas de los “encobijados”, teñidas con sangre de las víctimas, la “colonia penitenciaria” que en 2008 cobró cerca de cinco mil víctimas. El momento irrepetible del crimen y las posibilidades ilimitadas del narcotráfico adquieren en esta pieza otro sentido. La sangre pasa al tiempo lineal, al suelo común donde la vida es tocada por el crimen.

Robles logró hacerse de ocho mantas en una bodega de la policía. Con ellas creó su “Alfombra roja”. Llevadas a una galería, se convirtieron en un dramático ready-made. Duchamp pactaba con James Ellroy: el “objeto hallado” como prueba del delito. Robles puso en escena la impunidad por partida doble: mostró un crimen no resuelto y comprobó lo fácil que es penetrar en el sistema judicial y apropiarse de objetos que deberían estar rigurosamente vigilados.

Navajas dio lugar a una polémica sobre la pertinencia de reciclar objetos periciales. Sin embargo, el verdadero impacto de la obra fue otro: en la galería, las mantas brindaban una prueba muy superior a la que brindaron en la morgue.

Después de algunas discusiones, “Alfombra roja” fue retirada. Entonces Rosa María Robles tiñó una cobija con su propia sangre (ver foto al inicio de esta entrada). El gesto define con acucioso dramatismo la hora mexicana. Todos tenemos méritos para pisar esa alfombra. De manera simultánea, el terror se ha vuelto más difuso y más próximo. Antes podíamos pensar que la sangre derramada era de “ellos”. Ahora es nuestra.

martes, abril 14, 2009

Bicentenario de E. A. Poe


Una de las efemérides más esperadas de este año es el bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, cuya obra singular ha marcado las vidas de millones de lectores que han disfrutado de sus múltiples facetas: autor de ficciones llenas de misterio, creador del relato policial y poeta sinuoso y enigmático. Y a la calidad incuestionable de su obra debemos sumar el atractivo morboso motivado por su etiqueta de “escritor maldito”, atrapado en una espiral de drogas y alcohol que le condujo a una muerte tan misteriosa como sus escritos: las hipótesis abarcan desde el alcohol hasta una enfermedad cardiaca, la rabia o la sífilis. Tampoco se descarta que muriera vapuleado por unos matones. Enigmas e interrogantes sin respuesta, al más puro estilo Poe, como concluye Fran Casillas en esta nota publicada por el diario El Mundo.


El afamado desconocido
Fran Casillas

Maestro del misterio y la fantasía, Edgar Allan Poe no se conformó con revestir de tinieblas sus sublimes poemas y relatos. El pasado 19 de enero se cumplieron 200 años de su nacimiento, y las sombras todavía pueblan su biografía, cargada de datos controvertidos y dosis generosas de leyenda negra. Poe manipuló minuciosamente su imagen pública para favorecer la venta de sus cuentos. Asentando verdades que no resisten la tentación de la sospecha, fue él mismo quien construyó el lecho de arenas movedizas que sostiene su distorsionada historia vital.

Las investigaciones más aplaudidas señalan que Poe nació en Boston el 19 de enero de 1809. Sus padres, actores de teatro itinerantes, morirían casi simultáneamente apenas dos años más tarde, a pesar de que llevaban meses separados. Al quedar huérfano, el pequeño Edgar fue acogido por un rico comerciante de tabaco de Richmond, Virginia. Su nombre era John Allan, quien cedió al escritor su primer apellido pero jamás llegó a adoptarlo legalmente.

Y es que Poe no era un joven dócil. En su estancia en la Universidad de Virginia mostró más amor por el alcohol y el juego que por los libros. John Allan se negó a hacerse cargo de sus crecientes deudas y la relación entre ambos se envenenó. Además, quedó al descubierto la escasa solvencia económica del escritor. Ese fue el argumento esgrimido por el padre de Sarah Elmira Royster, amor de juventud de Poe, para prohibirle a su hija contraer matrimonio con él. Rechazado y acuciado por las deudas, Poe abandonó los estudios y se enroló en el Ejército.

El fallecimiento de Frances, la esposa de John Allan, propiciaría un acercamiento con Poe. Pero la reconciliación fue efímera. Harto de la rutina militar, el autor se rebeló contra la disciplina de West Point, negándose a asistir a clase y a misa. Tras ser juzgado por un tribunal castrense, se le expulsó del Ejército. Fue la gota que colmó el vaso. John Allan nunca le perdonó semejante deshonra y lo excluyó de su jugoso testamento.

El revés fue mayúsculo para un Poe que padecía problemas crónicos de dinero. Al fin y al cabo, él fue el primer autor reconocido que trató de vivir exclusivamente de la literatura. Subsistió precariamente, enlazando trabajos como crítico literario y editor en distintos diarios de Baltimore, Philadelphia, Nueva York... Nuevamente en Richmond, Poe asumió el cargo de editor en 'Southern Literary Messenger', y en 1836 contrajo matrimonio con Virginia Clemm, su prima carnal. Ella contaba sólo 13 años; él, 27.

Quizá ese desafío a la moral de la época gafara la trayectoria posterior de Poe, aunque la raíz de sus problemas se halla más probablemente en el alcohol. El abuso de la bebida le costó su puesto de trabajo y afiló su mito de escritor atormentado, de literato que destila virtuosismo en el papel mientras el infierno se desata a su alrededor.

Y es que Virginia enfermó de tuberculosis. Se dice que estaba cantando al piano cuando empezó a sangrar por la boca. Era el escabroso prólogo a una larga y penosa enfermedad, cruelmente trufada de engañosas mejorías. Poe asistía desesperado al declive de su mujer, pero fue su propia indiscreción la que asestó la herida definitiva. Porque la adversidad estimula el genio, Poe había firmado en aquellos años algunas de sus obras más prestigiosas. 'El cuervo' le había colocado en la cima, y logró despertar el interés, intelectual y sensual, de la escritora Frances Sargent Osgood. Profundamente afectada por los rumores de infidelidad, Virginia exhaló su último aliento en 1847.

La muerte de su esposa sumió a Poe en una espiral autodestructiva, sumergido en alcohol y en brumas de insuperable literatura, tan terrorífica como sobrecogedora. Era el principio del fin para un Poe cuyo corazón albergaba aun así un resquicio para el amor. Se reencontró con su novia de la adolescencia, Elmira, y se presume que llegaron a prometerse. Pero la muerte segó cualquier plan de boda.

Poe falleció en Baltimore el 7 de octubre de 1849. Se desconoce la causa de su muerte, y las hipótesis abarcan desde el alcohol hasta una enfermedad cardiaca, la rabia o la sífilis. Tampoco se descarta que muriera vapuleado por unos matones. Enigmas e interrogantes sin respuesta, al más puro estilo Poe.

Y su propia tumba guarda todavía más intrigas y secretos. Cada 19 de enero, desde mediados del siglo pasado, el sepulcro del escritor amanece engalanado con tres rosas y una botella medio vacía de coñac, colocadas por un sujeto anónimo bautizado como 'Poe Toaster' (el que brinda por Poe). Admiradores, detractores y curiosos se preguntan quién es este misterioso personaje. En verdad, deberían cuestionarse quién diablos era realmente Edgar Allan Poe.