jueves, abril 14, 2011

Del parnaso a la maison (prólogo sin censura)




 
Del parnaso a la maison: Apuntes personales para una bitácora colectiva o breve digresión en la que se habla poco de literatura y mucho de la vida, lo que no debe sorprender a los presuntos implicados, quienes leyeron a Verlaine vía Borges y están al tanto de los alcances de la frase et tout le reste est littérature

Mario Gallardo

Para el DRAE no es más que un “escrito antepuesto al cuerpo de la obra”, en tanto que la inefable Wikipedia destaca el carácter literario, tras advertir sobre su condición periférica; no obstante, la naturaleza esencial de un prólogo se afinca en su relación con la historia literaria: “pues con frecuencia ofrece las claves críticas de la interpretación de la obra por su propio autor o por alguien cercano”.

En este caso, no se puede obviar que quien esto escribe también participa en esta muestra y, además de mantener relaciones de amistad, ha seguido con atención el desarrollo de las “inquietudes” creativas de los aquí reunidos; de hecho, al hurgar en mi biblioteca puedo presumir de que ahí se encuentran, prolijamente alineadas en un estante, las primeras ediciones de sus obras con sus respectivas dedicatorias. También puede comprobarse al hojearlas que en la mayoría abundan las anotaciones a lápiz, en un modesto, pero constante, ejercicio de acercamiento en busca de encontrar sus señas de identidad.

Partiendo de tal antecedente habría que comenzar por afirmar que, desde su título, este libro plantea la idea del viaje, un recorrido espacial que va de nuestro añorado parnaso a la actual maison, que además lleva implícito el elemento temporal: una década, la primera del siglo XXI, que ha servido de marco para los encuentros y desencuentros, tanto literarios como personales, que han definido la vida y obra de los autores aquí reunidos.

Algunos, los más jóvenes y los más recatados, jamás pusieron un pie en el parnaso, ni supieron de la generosidad de sus tacos y sopas, de sus juglares y clerecías, de las interminables conversaciones y disputas con la música de fondo de la lluvia incesante sobre el techo de zinc y los chillidos de las ratas, mientras corrían impávidas sobre las vigas en busca de refugio. Pero queda el mito persistentemente renovado a través de la tradición oral que no deja de volver, una y otra vez, sobre los episodios fundacionales, recreando las anécdotas que todavía atrapan la atención de los desocupados oyentes, a quienes sorprende esa suerte de surrealismo posmoderno que campeaba en tan especial cour des miracles. Asombro que se multiplica al darse cuenta de su prosaica ubicación: en pleno centro de la capital del sudor, al lado de la incombustible Pizzería Italia.

Los peatones pasaban al lado y jamás se percataron (tampoco es que estaban obligados) de que al fondo de ese patio polvoriento, bajo la sombra de un par de árboles, se encontraba una glorieta con piso de madera y techo de zinc, en cuyo desarbolado interior se reunía un grupo de marginales aspirantes a narradores, poetas renegados y locos a discreción, a regocijarse con el descubrimiento de un escritor chileno llamado Roberto Bolaño, a despotricar contra el boom que en comparación se antojaba rancio y trasnochado, salvo raras excepciones. También se planeaban revistas y se soñaba con que un hipotético mecenas asumiría el riesgo incuestionable de publicarlas, pero la mayor parte del tiempo se ocupaba en comentar libros y compartir lecturas, en participar las ofertas más significativas del exangüe mercado editorial del pueblón fenicio donde teníamos el disgusto de malvivir, en el que según Mando no se puede caminar por más de veinte minutos en una sola dirección sin dar de narices contra el monte. Y aunque ese monte nos atosigara, en el parnaso encontrábamos el espacio propicio para respirar, para salir a flote, para sentirnos parte de algo que no tenía que ver con nuestros menesterosos afanes, con la opacidad cotidiana.

En el parnaso aprendimos que no estábamos solos ni éramos tan originales, que compartíamos un gusto por el jazz y que el rock era en música nuestra lingua franca, que Borges y Cortázar nos parecían mas auténticos que García Márquez y Fuentes, que la prosa de Vargas Llosa había envejecido aceleradamente después de La guerra del fin del mundo, que había que leer y releer a Rimbaud, a Baudelaire, a Pound y a los beatnik, también a Girondo, a Vallejo y a Parra, que nuestra educación sentimental estaba en deuda con Bukowski, Miller y Anäis Nin, que Sosa y Turcios estaban sobrevalorados y que había que leer con verdadera devoción a Merren, a Cardona Bulnes y a Martínez Galindo, que era obligatorio estudiar a Roberto Castillo y completar, sin hacer trampas, la lectura de Una función con móbiles y tentetiesos; pero lo más importante es que adquirimos la certeza absoluta de que no se puede aspirar a escribir con honestidad sin antes haberse convertido en un lector impenitente y esforzado.

No todo en el parnaso se regía por el signo de lo libresco, también ocurrían acontecimientos trascendentes: los conciertos de Ricardo y su guitarra de acento desacompasado, el estreno etílico de Gustavo en una noche de marzo y salvavidas a granel, el debate literario en el que Edilberto se ganó el apelativo de Birry The Kid, el maratón cervecero patrocinado por Chávez un sábado antes de semana santa. Tampoco puede olvidarse que el parnaso a veces se trasladaba a nuestro apartamento del edificio María Antonia, donde Rocío se convertía en Frida, mientras el “cetáceo iconoclasta” mostraba sus atributos de baby sitter apaciguando los ánimos de Marito, a quien el fragor de los debates no parecía hacerle mella. Y qué decir de las noches de karaoke en Khalúa’s, con Giovanni emulando a Ricardo Arjona, en veladas que usualmente tenían su obligatorio colofón en “el lugar sin límites”, refugio último de los reyes de la trasnochada.

Fueron varios años de riguroso aprendizaje de vida, de lecturas frenéticas, de noches inacabables, de ríos de cerveza y de escasas “boquitas”; pero en ningún momento la literatura cedió su sitio privilegiado, éramos una secta de lectores empeñados en descubrir sus secretos, afanados en la construcción de un canon desprejuiciado e irreverente, caótico y posmoderno. Nunca tuvo más razón Lyotard al advertir sobre el fin de los metarrelatos: escépticos y reacios ante cualquier imposición, sabíamos que algo estaba pasando (o algo se estaba cayendo) y nos empeñábamos afanosamente en ser espectadores de excepción, ecuánimes cartógrafos de un nuevo orden que venía a refrendar el axioma de corsi e ricorsi, la espiral histórica que planteara Vico.

Este parnaso no fue compartido por todos. De los que integramos esta muestra fuimos habituales Giovanni, Gustavo, Carlos y yo, Jorge realizó visitas esporádicas, mientras que Jessica y José Raúl, enfrascados en sus quehaceres académicos, apenas supieron de su existencia cuando ya había cerrado sus puertas y era evocado con nostalgia en nuestras conversaciones. Darío y JJ estaban dedicados a sus afanes escolares, todavía en pantalones cortos, mientras que Dennis ya los usaba largos, pero persistía en su apuesta al Salinger way of life. Tampoco se puede esbozar una bitácora fiel de ese tiempo sin mencionar a ilustres cofrades parnasianos como Oscar, César, Wilmerio, Kalki, Edilberto, y la mención especial para Ricardo, quien inventó el tomesiano en una de las noches más afortunadas que se recuerdan, cuando se instituyó la academia, que en su sesión inaugural aceptó la única entrada proveniente de otra tradición distinta a nuestro slang: “le trúa le verg”, de inocultable cuño garcíamandiano.

Después vinieron nuevos retos: familias, hijos, amores fallidos, trabajos de supervivencia, estudios, pero también llegaron los premios florales. Fueron los años de nuestro dominio avasallante en Santa Rosa de Copán, intercambiando lugares y seudónimos en estomacal lucha por echarse un par de pesos a la bolsa, pero Gustavo, José Raúl y Giovanni trascendieron las fronteras del pueblón y fueron reconocidos en la culta capital y en la capitanía general. No obstante, parecía que el centro de la capital del sudor nos había atrapado sin remedio, ya que nuestras vidas discurrían en un radio de un par de kilómetros, entre los antros de rigor (Kahlúa’s, Misceláneas, Pedroza, el lugar sin límites, el café infecto americano, Klein), limitados a ese ámbito en razón directa al decreciente vigor de nuestras zancadas y la exigua capacidad de la “motora” de Ricardo, cansada de multiplicarse llevando borrachos al anca.

Ya para la segunda mitad de la primera década del siglo XXI vinieron cambios radicales. Sin abandonar una inveterada propensión a la bohemia marginal, de repente nos hicimos serios y publicamos libros, viajamos, abrimos blogs, adquirimos nuevos empleos y empezamos a encontrar nuestro sitio en el mundo, al grupo original se sumaron los más jóvenes quienes aportaron frescura y buen humor y todo marchaba bien y hasta nos acusaban de vivir en un falso Olimpo, cuando “nos cayó el veinte” de un solo golpe. Y así, de golpe por el golpe, concluyeron nuestras aventuras en Wonderland, mientras veíamos caer las caretas de los falsos amigos, en tanto que el pueblo en resistencia era gaseado y toleteado en plazas y calles, decenas de compañeros caían asesinados y la sombra de la sospecha caía sobre todo aquel que osaba expresar su repulsa ante la mezcla nauseabunda de catolicismo opusdeísta, santurronería evangélica y jerga neofascista que caracterizó al gorilato micheletista.

Y el grupo se amplió, abandonamos el sentido original y atávico de la secta y nos conectamos con teatreros y músicos, con dibujantes y pintores, con grafiteros y poetas emergentes, con todo aquel que compartiera nuestra indignación; desencantados, renegamos de los sitios edulcorados de la periferia consumista y desandando el camino fuimos en busca del omphalos original, al llegar a nuestros oídos las primeras noticias sobre la existencia de una misteriosa maison en pleno Guamilito. Tampoco nos sorprendió demasiado que en la primera visita descubriéramos al amigo de antaño, hijo pródigo que un buen día decidió tornar al antiguo teatro de sus hazañas ochenteras para fundar una versión posmoderna de la comuna original, recinto amurallado donde ahora nos congregamos, bajo las ramas y al olor de los buenos cigarros, con la secreta alegría de quien ha vuelto a casa después de un largo viaje.

El Parnaso, barrio El Centro, marzo de 2000
La Maison, barrio Guamilito, marzo de 2011

 

viernes, marzo 18, 2011

Turgencias de hule. Enrique Serna


En su afán por lograr que las mujeres se parezcan lo más posible a los transexuales, y paguen tanto como ellos por mudar de figura, los cirujanos plásticos y los publicistas que imponen los modernos cánones de belleza han obtenido una importante victoria estratégica: revestir de prestigio sus caricaturas de la perfección física y convertirlas en signos de status. Hasta hace poco una cirugía estética se consideraba exitosa cuando nadie la notaba. Pero como solo un mínimo porcentaje de las reconstrucciones faciales o corporales son imperceptibles, los mercenarios del bisturí tuvieron que crear un ambiente favorable a los cuerpos y los rostros artificiales. Surgió así la moda del fake look, en la que el objetivo de la cirugía ya no es corregir pequeños defectos anatómicos, sino rediseñar nalgas, pechos, abdómenes o caras en el quirófano, aunque el resultado sea un adefesio retadoramente sexy.

Descargue el texto completo de Enrique Serna.


miércoles, marzo 16, 2011

Las mujeres de Ciudad Juárez


Roberto Bolaño la ubicó como el epicentro del mal en su novela 2666, lo cierto es que en Ciudad Juárez, en la frontera norte de México, el peligro consiste en estar vivo. Más de cinco mil personas han muerto desde que en el 2008 comenzó la guerra del presidente de México y el Ejército contra el narcotráfico.

En un paisaje de edificios incendiados y negocios abandonados están cinco mujeres: una forense, un obrera que perdió a sus dos hijos, una mesera que se niega a servir a los militares, una joven enamorada de un narco y una periodista que regresó a trabajar en la ciudad cuando miles huían. ¿Cuánto cuesta despertarse todos los días en una ciudad en guerra? No deje de leer esta crónica de Judith Torrea, autora del blog Ciudad Juárez, en la sombra del narcotráfico.

lunes, febrero 28, 2011

La ciudad de Bolívar en la obra de Piglia. Sara Rolla


La literatura tiene, entre sus muchos encantos, el poder de transformar la realidad en un espacio mítico, lleno de resonancias psicológicas. Recordemos unos pocos ejemplos, un tanto clásicos en su mayoría: los molinos de la Mancha nos remiten a Cervantes; Dublín, a Joyce; New York, a Auster; el paisaje de Jalisco, a Rulfo; el Caribe colombiano, a García Márquez; el campo argentino, a la gauchesca. En Francia, Illiers (la Combray de Proust, donde el autor, de niño, mojaba la “magdalena” en el té que le daba su tía) se convirtió en un sitio de peregrinación turística (esa virtud de la gran literatura genera dividendos que muchos autores hubieran deseado, en algún momento, para sustentarse).

La obra de Ricardo Piglia -cuya importancia en el panorama de la narrativa contemporánea, en la Argentina y mucho más allá, es incuestionable- nos remite, muy frecuentemente, a un escenario particular, asociado a la biografía del autor: la provincia de Buenos Aires. La mención del campo bonaerense y sus ciudades es permanente en sus ficciones. Está claro, sin embargo, que no debemos buscar una correspondencia fiel, especular, entre los espacios ficticios y sus referentes reales, ya que se trata siempre de una reelaboración mítica. El mismo Piglia se encarga de explicarnos esa diferencia sustancial entre la realidad y el texto, en una entrevista incluida en su obra Crítica y ficción (Barcelona, Anagrama, 2006). Ante la pregunta “¿Hace falta conocer la Argentina para conocer a Piglia?”, responde:

No hace falta, creo. La literatura se construye sobre las ruinas de la realidad. Las ciudades de la literatura existen pero ya están destruidas. Todas son como la Ítaca de Odiseo, lugares reales que se han perdido (…). Todo es más nítido en la literatura, todo parece más amplio y más misterioso. (p. 126)

En los cuentos y novelas de este autor, como ya señalamos, se mencionan (y adquieren, a veces, protagonismo espacial) numerosas localidades reales de la provincia de Buenos Aires. En la ambientación y el sentido último de las acciones, se percibe cierto parentesco con Onetti y, en definitiva, con Faulkner, esa gran fuente de ambos narradores rioplatenses.

Entre las ciudades nombradas reiteradamente por Piglia en sus relatos, ocupa un lugar preponderante Bolívar. Veamos algunos ejemplos, que no agotan el repertorio pero demuestran esa recurrencia. En la novela Respiración artificial (Barcelona, Anagrama, 2001), encontramos las siguientes menciones:

…y sacó el revólver que le habían dado para disparar una salva en homenaje a la presencia del embajador inglés que había viajado expresamente a Bolívar invitado por el viejo, que era dueño de casi todo el partido, y le metió un tiro. (p. 21)

“En el año 1902 se había comprado medio partido de Bolívar a veinte pesos la hectárea en un remate judicial amañado por la gavilla de Ataliva Roca.” (p. 22)

Las citas anteriores nos remiten a la temática del caudillismo y el latifundio, dos constantes de la historia argentina que Piglia enfoca. Como él mismo ha dicho de su admirado Arlt, podríamos decir que sus novelas son, en gran medida, “el doble microscópico y delirante del Estado nacional.” (Crítica y ficción, p. 107).

Continuando con los ejemplos textuales del tema enfocado, leemos en el libro de cuentos La invasión (Barcelona, Anagrama, 2006):

Tener amigos porteños, ir con ellos a mi pueblo, a Bolívar, algún fin de semana y presentárselos a Nilda…. (“Una luz que se iba”, p. 104)

Como cuando te dije: “Yo soy de Bolívar y me vine a Buenos Aires porque quiero hacer algo y en Bolívar no hay ninguna posibilidad y si uno tiene las cosas claras no se puede baratear, por eso vine. Además si no estás en Buenos Aires no hay forma de hacer nada en este país.” Te lo dije despacito, para ver si entendías. Y lo único que se te ocurrió decir fue: “Así que sos del interior.” Y yo no soy del interior, nací en Bolívar, provincia de Buenos Aires, a 330 km.” (Ibid., p. 106)

Explicarle que a Bolívar no puedo volver (…) y entonces yo tengo que caminar (…) por esas calles angostas, parecidas a las de Bolívar…. (Ibid., p. 109)

….no quiero volver a Bolívar…. (Ibid., p. 111)

Empleando un enfoque sociológico, se observa, en el cuento citado, el “contraste entre el imaginario provinciano, para el cual todavía las megalópolis son horizontes de modernidad y progreso”, y la otra cara de esos espacios, signada por la “sobrepoblación, contaminación y violencia.” (Néstor García Canclini, La globalización imaginada, Bs. As., Paidós, 2001, p. 176)

En La ciudad ausente (Barcelona, Anagrama, 2008) -obra que combina admirablemente la metaficción, el relato fantástico y la alegoría política-, en medio de la atmósfera extraña y alucinante que se despliega, Bolívar ocupa un lugar importante. De Macedonio Fernández, personaje clave de la novela, se dice:

La desesperación le había hecho abandonar todo, incluso a sus hijitos queridos, y se vino al campo. Anduvo vagando con los linyeras en los cargueros que iban al sur. Vivió un tiempo en la estancia de los Carril, en 25 de Mayo, y por fin bajó a Bolívar y se vino con un auto de alquiler hasta la casa. La máquina se terminó de armar en ese lugar…. (p. 116)

La máquina a la que hace referencia este fragmento es el centro de la novela y está inspirada en una idea de Macedonio: la de inmortalizar a su amada en un artefacto parlante.

También en Blanco nocturno (Barcelona, Anagrama, 2010) asoma Bolívar, en una mención un tanto irónica. Hablando del formidable sentido de intuición que posee el comisario Croce, quien lleva a cabo la investigación en esta auténtica “novela negra”, el narrador aporta la siguiente anécdota:

… Otra vez descubrió a un cuatrero porque lo vio tomar el tren a la madrugada para ir a Bolívar. Y si va a Bolívar es porque quiere vender la hacienda robada, dijo. Dicho y hecho. (p. 27)

Es evidente, entonces, que Bolívar es un referente insoslayable en gran parte de la producción de Piglia. Podríamos, quizás, considerarlo –en el marco general de los ambientes en que se ubican sus relatos– como una especie de lugar alegórico, con sus componentes positivos de “espíritu provinciano”, tradición y belleza natural, pero no exento de las lacras que derivan de la injusta distribución de la riqueza.

Y hay, finalmente, un dato psicológico tal vez decisivo en esa predilección, que el propio autor señala en un reportaje (y que, si se nos permite personalizar, comparte esta humilde analista, alejada de su querida ciudad natal, por circunstancias “de la vida”, desde hace más de treinta años):

Mi experiencia en el campo refiere a la infancia, a los veranos que pasaba en Bolívar, donde vivía una hermana de mi padre. Era una experiencia maravillosa, y evidentemente me han quedado situaciones que luego, al tratar de reconstruirlas, me di cuenta de que estaban muy firmes y muy frescas…. (http://www.lanacion.com.ar/1311877-policial-a-lo-piglia)

San Pedro Sula, Honduras, 22 de febrero de 2011

domingo, febrero 13, 2011

El verano de J. M. Coetzee

Lo primero que leí de J. M. Coetzee fue Desgracia, y de inmediato me sedujo su prosa directa y sin concesiones, el vehículo ideal para recrear las desventuras del profesor David Lurie, víctima de la hipocresía de un sistema universitario basado en la premisa de lo políticamente correcto. A ese encuentro lo siguieron otros, todos igualmente gratificantes, aunque debo aceptar que Vida y época de Michael K y La edad de hierro me han impresionado hasta el grado de “obligarme” a releerlos. Después conocí su no menos importante obra crítica, y consulto con asiduidad Costas extrañas y Contra la censura. Diario de un mal año me pareció extraordinaria, sobre todo en la medida que resultaba evidente la forma en que el autor intentaba alejarse de un cierto estilema narrativo que ya se había convertido en un hábito para su legión de sus lectores

Después de un breve receso, Coetzee, una persona tímida y poco amiga de la fama y el protagonismo, se describe a sí mismo en Verano. Lo hace en tercera persona, como en su discurso de agradecimiento por el Premio Nobel en 2003. Antes de que escribieran su biografía decidió coger el toro por los cuernos, jugar a estar muerto y contarnos su vida a través de personajes y situaciones en las que resulta imposible deslindar cuánto hay de realidad y cuánto de ficción.

Un resumen apresurado de Verano puede comenzar por decir que se trata de la vida del escritor contada por quienes le conocieron con relativa profundidad, partiendo de la idea de que Coetzee ha muerto. Elemento central de esta historia es el biógrafo Vincent, enfrascado en una investigación acerca de la vida de Coetzee. Para tal fin entrevista a cinco personas que tuvieron un papel importante en la vida del escritor. Una amante, un amor de infancia, una familiar con la que compartió algo más que juegos y un par de amigos de la universidad. ¿Suena a Coetzee, no creen?

Y para abrir un poco el apetito, no dejen de leer este fragmento.

sábado, febrero 05, 2011

Aira, golpes y otros juegos sangrientos


Leyendo a César Aira me encuentro con un párrafo que viene como anillo al dedo para referirse a la grotesca pantomima urdida por los reyes del oportunismo seudocultural: el turco maloliente con aspiraciones poéticas y el patepluma vividor y acomodado, quienes intentaron darle carta de legitimidad convenciendo al poeta paradisíaco y borrachín (por cierto, sus acólitos resistentes persisten en acomodado silencio sobre la participación “destacadísima” de su gurú en tan deplorable tinglado, salvo la honrosa excepción de los Poetas del Grado Cero) a “contribuir” en calidad de jurado con el lavado de imagen que el alcalde golpista por indecencia ha emprendido con miras a su futura candichatura presidencial. Para mayor información pueden hacer click aquí.

Pero, por favor, no dejen de leer este fragmento de la novela de Aira, que sirvió de punto de partida a este comentario:

“Así siguieron un rato. Era una reunión de escritores disidentes de un Estado totalitario, amargados y desalentados, pero con la llama de la creación todavía encendida. No querían rendirse, a pesar de todo. Se sucedieron los poemas, los cuentos, los capítulos de novela, que a pesar del fervor con que eran leídos y escuchados no podían disimular su precariedad y provincianismo. Eran grises, anticuados, muy de Juegos Florales y autoedición, como si el detestado Régimen los hubiera contaminado con su burocracia melancólica y su ideología pasada de moda.”

César Aira, El mago, p. 81.

viernes, febrero 04, 2011

Deleuze: La literatura, la vida


Este texto —cuya extensión quizás resulte excesiva para la brevedad que se supone debiera caracterizar a las entradas de un blog— no exige, de ninguna manera, ser precedido por unas palabras introductorias; sin embargo, no está demás expresar una súplica para no desanimarse ante el estilo "rizomático" de su autor y persistir en su lectura, empecinados en descubrir las claves que llevaron a Deleuze a afirmar que “para escribir, tal vez haga falta que la lengua materna sea odiosa, pero de tal modo que una creación sintáctica trace en ella una especie de lengua extranjera, y que el lenguaje en su totalidad revele su aspecto externo, más allá de la sintaxis”.

La literatura y la vida
Gilles Deleuze


Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera.
—PROUST, Contre Sainte–Beuve


Escribir indudablemente no es imponer una forma (de expresión) a una materia vivida. La literatura se decanta más bien hacia lo informe, o lo inacabado, como dijo e hizo Gombrowicz. Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida. Es un proceso, es decir un paso de Vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir; escribiendo, se deviene–mujer, se deviene–animal o vegetal, se deviene–molécula hasta devenir–imperceptible. Estos devenires se eslabonan unos con otros de acuerdo con una sucesión particular, como en una novela de Le Clézio, o bien coexisten a todos los niveles, de acuerdo con unas puertas, unos umbrales y zonas que componen el universo entero, como en la obra magna de Lovecraft. El devenir no funciona en el otro sentido, y no se deviene Hombre, en tanto que el hombre se presenta como una forma de expresión dominante que pretende imponerse a cualquier materia, mientras que mujer, animal o molécula contienen siempre un componente de fuga que se sustrae a su propia formalización. La vergüenza de ser un hombre, ¿hay acaso alguna razón mejor para escribir? Incluso cuando es una mujer la que deviene, ésta posee un devenir–mujer, y este devenir nada tiene que ver con un estado que ella podría reivindicar. Devenir no es alcanzar una forma (identificación, imitación, Mimesis), sino encontrar la zona de vecindad, de indiscernibilidad o de indiferenciación tal que ya no quepa distinguirse de una mujer, de un animal o de una molécula: no imprecisos ni generales, sino imprevistos, no preexistentes, tanto menos determinados en una forma cuanto que se singularizan en una población. Cabe instaurar una zona de vecindad con cualquier cosa a condición de crear los medios literarios para ello, como con el áster según André Dhôtel. Entre los sexos, los géneros o los reinos, algo pasa. El devenir siempre está «entre»: mujer entre las mujeres, o animal entre otros animales. Pero el artículo indefinido sólo surge si el término que hace devenir resulta en sí mismo privado de los caracteres formales que hacen decir el, la(«el animal aquí presente»...). Cuando Le Clézio deviene–indio, es siempre un indio inacabado, que no sabe «cultivar el maíz ni tallar una piragua»: más que adquirir unos caracteres formales, entra en una zona de vecindad.[1] De igual modo, según Kafka, el campeón de natación que no sabía nadar. Toda escritura comporta un atletismo. Pero, en vez de reconciliar la literatura con el deporte, o de convertir la literatura en un juego olímpico, este atletismo se ejerce en la huida y la defección orgánicas: un deportista en la cama, decía Michaux. Se deviene tanto más animal cuanto que el animal muere; y, contrariamente a un prejuicio espiritualista, el animal sabe morir y tiene el sentimiento o el presentimiento correspondiente. La literatura empieza con la muerte del puerco espín, según Lawrence, o la muerte del topo, según Kafka: «nuestras pobres patitas rojas extendidas en un gesto de tierna compasión». Se escribe para los terneros que mueren, decía Moritz. La lengua ha de esforzarse en alcanzar caminos indirectos femeninos, animales, moleculares, y todo camino indirecto es un devenir mortal. No hay líneas rectas, ni en las cosas ni en el lenguaje. La sintaxis es el conjunto de caminos indirectos creados en cada ocasión para poner de manifiesto la vida en las cosas.
Escribir no es contar los recuerdos, los viajes, los amores y los lutos, los sueños y las fantasías propios. Sucede lo mismo cuando se peca por exceso de realidad, o de imaginación: en ambos casos, el eterno papá y mamá, estructura edípica, se proyecta en lo real o se introyecta en lo imaginario. Es el padre lo que se va a buscar al final del viaje, como dentro del sueño, en una concepción infantil de la literatura. Se escribe para el propio padre–madre. Marthe Robert ha llevado hasta sus últimas consecuencias esta infantilización, esta psicoanalización de la literatura, al no dejar al novelista más alternativa que la de Bastardo o de Criatura abandonada. Ni el propio devenir–animal está a salvo de una reducción edípica, del tipo «mi gato, mi perro». Como dice Lawrence, «si soy una jirafa, y los ingleses corrientes que escriben sobre mí son perritos cariñosos y bien enseñados, a eso se reduce todo, los animales son diferentes... ustedes detestan instintivamente al animal que yo soy». Por regla general, las fantasías de la imaginación suelen tratar lo indefinido únicamente como el disfraz de un pronombre personal o de un posesivo: «están pegando a un niño» se transforma enseguida en «mi padre me ha pegado». Pero la literatura sigue el camino inverso, y se plantea únicamente descubriendo bajo las personas aparentes la potencia de un impersonal que en modo alguno es una generalidad, sino una singularidad en su expresión más elevada: un hombre, una mujer, un animal, un vientre, un niño... Las dos primeras personas no sirven de condición para la enunciación literaria; la literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder de decir Yo (lo «neutro» de Blanchot).[2] Indudablemente, los personajes literarios están perfectamente individualizados, y no son imprecisos ni generales; pero todos sus rasgos individuales los elevan a una visión que los arrastran a un indefinido en tanto que devenir demasiado poderoso para ellos: Achab y la visión de Moby Dick. El Avaro no es en modo alguno un tipo, sino que, a la inversa, sus rasgos individuales (amar a una joven, etc.) le hacen acceder a una visión, ve el oro, de tal forma que empieza a huir por una línea mágica donde va adquiriendo la potencia de lo indefinido: un avaro..., algo de oro, más oro... No hay literatura sin tabulación, pero, como acertó a descubrir Bergson, la tabulación, la función fabuladora, no consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias.
No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso, como en el «caso de Nietzsche». Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud: no forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles.[3] De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros? Pues la salud pequeñita de Spinoza, hasta donde llegara, dando fe hasta el final de una nueva visión a la cual se va abriendo al pasar.
La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta. Es propio de la función fabuladora inventar un pueblo. No escribimos con los recuerdos propios, salvo que pretendamos convertirlos en el origen o el destino colectivos de un pueblo venidero todavía sepultado bajo sus traiciones y renuncias. La literatura norteamericana tiene ese poder excepcional de producir escritores que pueden contar sus propios recuerdos, pero como los de un pueblo universal compuesto por los emigrantes de todos los países. Thomas Wolfe «plasma por escrito toda América en tanto en cuanto ésta pueda caber en la experiencia de un único hombre». Precisamente, no es un pueblo llamado a dominar el mundo, sino un pueblo menor, eternamente menor, presa de un devenir–revolucionario. Tal vez sólo exista en los átomos del escritor, pueblo bastardo, inferior, dominado, en perpetuo devenir, siempre inacabado. Un pueblo en el que bastardo ya no designa un estado familiar, sino el proceso o la deriva de las razas. Soy un animal, un negro de raza inferior desde siempre. Es el devenir del escritor. Kafka para Centroeuropa, Melville para América del Norte presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor, o de todos los pueblos menores, que sólo encuentran su expresión en y a través del escritor.[4] Pese a que siempre remite a agentes singulares, la literatura es disposición colectiva de enunciación. La literatura es delirio, pero el delirio no es asunto del padre–madre: no hay delirio que no pase por los pueblos, las razas y las tribus, y que no asedie a la historia universal. Todo delirio es histórico–mundial, «desplazamiento de razas y de continentes». La literatura es delirio, y en este sentido vive su destino entre dos polos del delirio. El delirio es una enfermedad, la enfermedad por antonomasia, cada vez que erige una raza supuestamente pura y dominante. Pero es el modelo de salud cuando invoca esa raza bastarda oprimida que se agita sin cesar bajo las dominaciones, que resiste a todo lo que la aplasta o la aprisiona, y se perfila en la literatura como proceso. Una vez más así, un estado enfermizo corre el peligro de interrumpir el proceso o devenir; y nos encontramos con la misma ambigüedad que en el caso de la salud y el atletismo, el peligro constante de que un delirio de dominación se mezcle con el delirio bastardo, y acabe arrastrando a la literatura hacia un fascismo larvado, la enfermedad contra la que está luchando, aun a costa de diagnosticarla dentro de sí misma y de luchar contra sí misma. Objetivo último de la literatura: poner de manifiesto en el delirio esta creación de una salud, o esta invención de un pueblo, es decir una posibilidad de vida. Escribir por ese pueblo que falta («por» significa menos «en lugar de» que «con la intención de»).
Lo que hace la literatura en la lengua es más manifiesto: como dice Proust, traza en ella precisamente una especie de lengua extranjera, que no es otra lengua, ni un habla regional recuperada, sino un devenir–otro de la lengua, una disminución de esa lengua mayor, un delirio que se impone, una línea mágica que escapa del sistema dominante. Kafka pone en boca del campeón de natación: hablo la misma lengua que usted, y no obstante no comprendo ni una palabra de lo que está usted diciendo. Creación sintáctica, estilo, así es ese devenir de la lengua: no hay creación de palabras, no hay neologismos que valgan al margen de los efectos de sintaxis dentro de los cuales se desarrollan. Así, la literatura presenta ya dos aspectos, en la medida en que lleva a cabo una descomposición o una destrucción de la lengua materna, pero también la invención de una nueva lengua dentro de la lengua mediante la creación de sintaxis. «La única manera de defender la lengua es atacarla... Cada escritor está obligado a hacerse su propia lengua...»10 Diríase que la lengua es presa de un delirio que la obliga precisamente a salir de sus propios surcos. En cuanto al tercer aspecto, deriva de que una lengua extranjera no puede labrarse en la lengua misma sin que todo el lenguaje a su vez bascule, se encuentre llevado al límite, a un afuera o a un envés consistente en Visiones y Audiciones que ya no pertenecen a ninguna lengua. Estas visiones no son fantasías, sino auténticas Ideas que el escritor ve y oye en los intersticios del lenguaje, en las desviaciones de lenguaje. No son interrupciones del proceso, sino su lado externo. El escritor como vidente y oyente, meta de la literatura: el paso de la vida al lenguaje es lo que constituye las Ideas.
Estos son los tres aspectos que perpetuamente están en movimiento en Artaud: la omisión de letras en la descomposición del lenguaje materno (R, T...); su recuperación en una sintaxis nueva o unos nombres nuevos con proyección sintáctica, creadores de una lengua («eTReTé»); las palabras–soplos por último, límite asintáctico hacia el que tiende todo el lenguaje. Y Céline, no podemos evitar decirlo, por muy sumario que nos parezca: el Viaje o la descomposición de la lengua materna; Muerte a crédito y la nueva sintaxis como lengua dentro de la lengua; Guignol's Bandy las exclamaciones suspendidas como límite del lenguaje, visiones y sonoridades explosivas. Para escribir, tal vez haga falta que la lengua materna sea odiosa, pero de tal modo que una creación sintáctica trace en ella una especie de lengua extranjera, y que el lenguaje en su totalidad revele su aspecto externo, más allá de la sintaxis. Sucede a veces que se felicita a un escritor, pero él sabe perfectamente que anda muy lejos de haber alcanzado el límite que se había propuesto y que incesantemente se zafa, lejos aún de haber concluido su devenir. Escribir también es devenir otra cosa que escritor. A aquellos que le preguntan en qué consiste la escritura, Virginia Woolf responde: ¿Quién habla de escribir? El escritor no, lo que le preocupa a él es otra cosa.
Si consideramos estos criterios, vemos que, entre aquellos que hacen libros con pretensiones literarias, incluso entre los locos, muy pocos pueden llamarse escritores.

NOTAS
[1] Le Clézio, Haï, Flammarion, pág. 5. En su primera novela, Le proces–verbal, Ed. Folio– Gallimard, Le Clézio presentaba de forma casi ejemplar un personaje en un devenir–mujer, luego en un devenir–rata, y luego en un devenir–imperceptible en el que acaba desvaneciéndose.
[2] Blanchot, La part du feu, Gallimard, págs. 29–30, y L'entretien infini, págs. 563–564: «Algo ocurre (a los personajes) que no pueden recuperarse más que privándose de su poder de decir Yo.» La literatura, en este caso, parece desmentir la concepción lingüística, que asienta en las partículas conectivas, y particularmente en las dos primeras personas, la condición misma de la enunciación.
[3] Sobre la literatura como problema de salud, pero para aquellos que carecen de ella o que sólo cuentan con una salud muy frágil, vid. Michaux, posfacio a «Mis propiedades», en La nuit remue, Gallimard. Y Le Clézio, Haï, pág. 7: «Algún día, tal vez se sepa que no había arte, sino sólo medicina.»
[4] Vid. las reflexiones de Kafka sobre las literaturas llamadas menores, Journal, Livre de poche, págs. 179–182 (Diarios. Lumen, 1991); y las de Melville sobre la literatura norteamericana, D'oü viens–tu, Hawthorne?, Gallimard, págs. 237–240.

jueves, enero 27, 2011

¿Son siempre odiosas las comparaciones?


Mientras reviso El País, en su edición online del 28 de enero de 2011, me encuentro con la carta de un lector llamado Joaquín Guadaño, publicada bajo el título “Islandia, una democracia real”. La leo y releo y pienso en el tema de las comparaciones: la H y Túnez, o la H e Islandia, como usted quiera. Pero mejor reproduzco la carta y así acaban los misterios; y por aquello de las dudas también pueden verla en el sitio original haciendo clic aquí.

Islandia, una democracia real
Islandia es, probablemente, el único país del mundo, junto con Túnez, que ha visto caer su Gobierno a causa de la crisis, y en ambos casos por la reacción del pueblo en la calle.
Los islandeses, además de conseguir la dimisión del Gobierno en pleno, también a base de caceroladas, han logrado un referéndum en el que han mostrado un rotundo "no" a las condiciones que el Gobierno pactó con sus acreedores para la devolución de su deuda (solo el 1,8 de los votantes se mostró favorable a las condiciones pactadas). Y para culminar este renacimiento de una democracia real, el país está inmerso en un proceso constituyente en el que participan directamente los ciudadanos.
Y todo gracias a la pacífica presión popular. Si finaliza el proceso, será la primera Constitución en la historia que no es redactada por una élite relacionada con el poder dominante. Quizá sea un iluso, pero a lo mejor algo está cambiando. ¿Será necesario llegar a la bancarrota o estar sumidos en una dictadura opresiva para que se imponga el sentir común de la ciudadanía? ¿Pasará la crisis sin pena ni gloria, o nos servirá para dar un paso adelante deseado por todos?

domingo, enero 23, 2011

Los “hombres huecos”

“Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De este tipo de gente que T. S. Eliot llama “hombres huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad, soltando, una tras otra, palabras huecas…Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son estas cosas las que a mi, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito.”

Haruki Murakami, Kafka en la orilla. pp. 281-283.

martes, enero 18, 2011

1Q84, el mundo según Murakami

Ya me había decidido a redactar algo, a reiterar las virtudes de una de las propuestas narrativas más originales de nuestro tiempo, pero mejor les dejo con el resumen que preparó Tusquets para presentar 1Q84, la última novela de Haruki Murakami:

“En japonés, la letra q y el número 9 son homófonos, los dos se pronuncian kyu, de manera que 1Q84 es, sin serlo, 1984, una fecha de ecos orwellianos. Esa variación en la grafía refleja la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes de esta novela, que es, también sin serlo, el Japón de 1984. En ese mundo en apariencia normal y reconocible se mueven Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos rondan los treinta años, ambos llevan vidas solitarias y ambos perciben a su modo leves desajustes en su entorno, que los conducirán de manera inexorable a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen: la bella Aomame es una asesina; el anodino Tengo, un aspirante a novelista al que su editor ha encargado un trabajo relacionado con La crisálida del aire, una enigmática obra dictada por una esquiva adolescente. Y, como telón de fondo de la historia, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el narrador escarba con precisión orwelliana.”

Y si se deciden a leer un adelanto, mientras consiguen el libro -que saldrá a la venta en febrero, y en Honduras lo esperamos para marzo, LISER mediante- sólo hagan click aquí.

lunes, enero 03, 2011

De antologías y decepciones


Apenas recibo el aviso de que está disponible el último número de Letras libres correspondiente al mes de diciembre 2010 y, luego de revisar el índice y comprobar con alivio que la presencia de los textos en honor a Vargas Llosa ha disminuido notablemente, me enfrasco en su lectura: un nuevo cuento de Villoro, el infaltable artículo de Zaid, un poema de Ashbery, y un par de trabajos sobre el “presente, pasado y futuro del español”, de los que disfruto especialmente el que suscribe el maestro Alatorre. En la edición mexicana el plato fuerte lo constituye La mirada extranjera, un mosaico de relecturas sobre siete autores extranjeros que vivieron en carne propia la Revolución mexicana y dejaron su testimonio en sendos libros. Un verdadero deleite.
Hasta ahora no hay sorpresas, pero más adelante me llama la atención, en la sección “Libros”, la reseña dedicada a Cuerpo plural, antología de la poesía hispanoamericana contemporánea, donde se consignan poemas de nada menos que 58 autores reunidos por Gustavo Guerrero (Caracas, 1957). La reseña la firma Daniel Saldaña, quien arranca su escrito con esta definición: “Un cuerpo plural, sí: de temas, de recursos formales, de registros, de procedencias. Pero, con todo, Gustavo Guerrero rastrea un argumento en la diversidad: “es éste, en su conjunto, el primer grupo de poetas hispanoamericanos que se forma y se da a conocer en el período inestable de rupturas y transiciones que sigue a la caída del paradigma moderno”. La principal característica del nuevo modelo: no existe ya un concepto unitario de poesía. En el prólogo se habla, una y otra vez, de una “atomización y diversificación” de ese concepto. Aunque a pesar de esta atomización se pueden encontrar algunas confluencias. Por ejemplo, la “crítica de la sacralización moderna de la poesía”, intención que predomina en buena parte del volumen.”
Pero es hasta unos párrafos más adelante, cuando la reseña cobra interés para los lectores nacionales: “Tiene Cuerpo plural algunos nombres que son casi obligados para entender la poesía en español de los últimos años (Antonio José Ponte, Fabián Casas, Damaris Calderón, Germán Carrasco, Luis Felipe Fabre) y otros que por la escasa difusión de su obra era casi imposible haber leído antes; entre estos últimos, hay lo mismo decepciones (el hondureño Fabricio Estrada) que hallazgos importantes (el dominicano Frank Báez). No sorprende encontrar más poetas (y con más textos cada uno) de Chile, Perú y Argentina, países cuya lírica se adelantó, en cierto modo, al cambio de paradigma.”
Y aquí creo que es necesaria la reflexión, en primer lugar porque este juicio sobre el paisano Fabricio Estrada es, sin duda, el más descarnado y transparentemente negativo que aparece en la reseña. Y es aún más llamativo porque Saldaña deja entrever que se trata de una oportunidad fallida, porque al nivel decepcionante que le adjudica al trabajo de Estrada se suma el hecho que se encuentra asociado al escaso reconocimiento y difusión que ha tenido la poesía hondureña de los últimos años, situación que se resuelve con mayor claridad en la frase: “otros que por la escasa difusión de su obra era casi imposible haber leído antes”...En suma, aparecer en dicha antología era una excelente oportunidad para situar a la poesía hondureña de los últimos veinte años en el contexto hispanoamericano, precisamente porque los libros que publican con notable constancia nuestros poetas difícilmente serán leídos por alguien más allá de los límites patrios.
Está claro que en esta ocasión la poesía nacional no tuvo la suerte de otros años, cuando autores como Roberto Sosa, Oscar Acosta, José Luis Quesada, Livio Ramírez, Rigoberto Paredes, José Antonio Fúnes, por mencionar algunos nombres, aparecieron en antología compiladas en otros ámbitos y sus poemas fueron reseñados con entusiasmo, obteniendo un reconocimiento a nivel hispanoamericano que, en algunos casos, trascendió a España, Francia, Italia o Alemania. A excepción de Fúnes, estos poetas pertenecen a un canon anterior al de Fabricio Estrada, cuya vida y obra se enmarcan en un "movimiento" que, en su notable empeño por encontrar lectores hasta debajo de la mesa, se ha caracterizado por una incontinencia editorial que era concelebrada con singular benevolencia y camaradería desde el proyecto denominado Paíspoesible, cuyo círculo fundador e iniciático pronto cosechó adeptos entre los escribidores de provincia afanados por encontrar un nicho en ese boom editorial pletórico de il miglior fabbro y peces dulces a la hora siguiente. Si bien es cierto que algunas voces sensatas advirtieron sobre el tema de la calidad en la obra de estos autores self edited, finalmente se impuso el alegato que reivindicaba su derecho inalienable a publicar cuanto verso pasara por sus cabezas de laurel coronadas, así como su rechazo ante cualquier aproximación crítica que cuestione en lo más mínimo lo que consideran su “derecho a crear”, incluso Estrada ha llegado a afirmar en su blog: “Así deben ser las cosas ¡crear! ¡crear! los para qué escribimos dejémoslo a los peritos mercantiles de la crítica!!!”
Aunque más adelante Fabricio Estrada se alejó de tan demagógico proyecto, que privilegiaba el volumen editorial y la gestión cultural por encima de la calidad literaria; su obra, finalmente, no puede distanciarse de sus premisas fundacionales, de su elemental arte poética. Y esto se hace patente al momento de la evaluación objetiva que supuso esta lectura de Saldaña, desprejuiciada de los intereses del terruño, de las visiones telúricas y socialmente simplonas que impone un provincianismo que no ha encontrado su enmienda en la aldea cibernética, por el contrario, ha enrarecido los afanes de “capitalina” centralización y su dialéctica del conciliábulo, en la medida que se aprovechan contactos virtuales para persistir en mostrarse como factótum de la actual poesía nacional, cuando sus valedores no hacen más que sacarse las pulgas de sus anacrónicos chalecos de costumbristas posmodernos.
En resumen, con esta decepción, como la ha calificado el “perito mercantil” Saldaña en Letras libres, se perdió la oportunidad de mostrar al mundo la obra de una nueva generación de poetas hondureños como Rebeca Becerra, Mayra Oyuela, José Antonio Fúnes, Marco Antonio Madrid. Samuel Trigueros, Jorge Martínez, Giovanni Rodríguez y Gustavo Campos, cuyos trabajos ya han pasado por el tamiz de la apreciación crítica más allá de los círculos vernáculos y bien pudieron quebrar un par de lanzas en favor de nuestra poesía nacional.
Si quiere descargar completa la reseña de Saldaña haga click aquí.

viernes, diciembre 31, 2010

Lecturas 2010


Aunque intento sustraerme de las modas de portnoyes y cerdos hermanados, no dejaré pasar la oportunidad de enumerar mis lecturas del 2010: las más significativas, sobre las que vale la pena dejar constancia de su paso. Al igual que otros, debo aclarar que no todos fueron publicados en 2010; en fin, el tercermundismo cultural en un país manejado por fascistas infames se manifiesta, entre otras cosas, por la ausencia de verdaderos libros en esos antros del mal gusto que cuatro gatos insisten en llamar librerías, cuando en realidad no son más que cinco estantes llenos con las mierdas de Coelho & Co. que los periodejos e imbéciles del patio compran con fruición.
Pero mejor entremos en materia y, cómo no, hay que empezar por la producción nacional, así salimos más rápido:
En materia narrativa, aunque se publicaron, y premiaron, tres que cuatro cosas, lo más relevante que se pudo conseguir fue Ficción hereje para lectores castos (Giovanni Rodríguez) y Los inacabados (Gustavo Campos), dos muestras de lo que se está produciendo en la zona norte en el marco de un singular proceso cultural que ya ha sido cartografiado, entre otros, por críticos competentes como Helen Umaña, Sara Rolla y Hernán Antonio Bermúdez.
La poesía fue singularmente prolífica, pero los aportes más sustanciosos provienen de visiones que abrevan de la vieja receta de la antipoesía, pero a través de un proceso de apropiación libresca y reinvención que se materializaron en textos como el de Magdiel Midence: Autorretrato de un payaso adolescente, y La piel de la ternera, de Otoniel Natarén, así como en una de las propuestas más sólidas y definidas de los últimos años: Las causas perdidas, de Jorge Martínez, que finalmente apareció en edición artesanal presentada a fines de año en Costa Rica. Y en su línea clásica, pero esta vez con un toque definitivamente más íntimo, Marco Antonio Madrid nos trajo La secreta voz de las aguas. Mención aparte merece Antes de la explosión, donde Samuel Trigueros apuesta por convocarnos al “desasosiego de la insurrección”.
En ensayo la propuesta más interesante salió de la pluma de Jorge Amaya: Historia de la lectura en Honduras 1876-1930, quien de nueva cuenta apuesta por escribir historia a partir de temas y puntos de vista más originales y menos acartonados que los que generalmente escogen sus pares del oficio, empeñados en escribir historia que nadie lee, por farragosa y falta de interés.
Más allá de la H, en narrativa no se puede dejar para después la mención a un par de novelas imprescindibles sobre el narco en México (y en EUA y en Colombia y en Honduras, por supuesto), empezando por la magistral obra de Don Winslow: El poder del perro, en una edición extraordinaria pese al prólogo aniñado de Fresán, y su correlato norteño: Entre perros, de Alejandro Almazán. Aira volvió a sorprenderme con Los misterios de Rosario, y lo de Iván Thays con Un lugar llamado Oreja de Perro fue una experiencia significativa, pero quizás lo mejor del año corresponde a las lecturas de Los ejércitos de Evelio Rosero y a la del paisano León Leiva Gallardo con La casa del cementerio. Una experiencia feliz fue el reencuentro con Auster a través de Brooklyn Follies.
En poesía confieso que disfruté largamente con Anne Carson y La belleza del marido así como de la relectura de los cuates inimitables: Jeta de santo, de Mario Santiago, y La Universidad desconocida, de Roberto Bolaño. Y en ensayo todavía ando inmerso en esa propuesta maravillosa de Homi Bhabha: Nación y narración, así como en los múltiples vericuetos de la pretenciosa, pero válida, Postpoesía, de Fernández Mallo.

domingo, diciembre 26, 2010

La savia popular revitaliza al arte hondureño. Helen Umaña


El pasado viernes 10 de diciembre viajamos a Trinidad, Santa Bárbara, junto a Helen, Rocío y Armando. Después de la "escala técnica" en El Galopa, llegamos al filo de las 9:00 de la noche y fuimos recibidos, con la cálida hospitalidad triniteca, por Delmer López, Samuel Trigueros, Mega y los compas de La Siembra. Todos estaban inmersos en la actividad previa al día de la quema. Esa misma noche vimos algunas de las chimeneas, pero fue hasta la mañana siguiente cuando pudimos apreciarlas cabalmente; también conversamos con los pobladores, quienes se han identificado totalmente con la actividad a lo largo de estos años. Nadie mejor que Helen Umaña para describir esta maravillosa experiencia en las líneas que siguen a continuación; además, puede complementar su lectura con las imágenes captadas por Armando García, Gustavo Campos y Mario Gallardo haciendo click aquí.

La savia popular revitaliza al arte hondureño.
Helen Umaña

El portal, a la entrada, con símbolos teatrales sobre la simulada y gris pared, nos pone sobre aviso: entramos a una región en donde, por algunas horas, la imaginación y la creatividad imperan. Estamos en un espacio público ganado al boicot oficial que las desterró del centro de la ciudad.
La tortuga es inmensa y sobre su bien delineado caparazón porta un mapa de Honduras: «Representa al país porque su desarrollo es muy lento, como el paso de la tortuga», nos explica un niño que no va más allá de los doce años.
Otra escultura reproduce a un conocido personaje de las series infantiles televisivas. El amarillo intenso refulge al espléndido sol de la mañana triniteca. La larga cola simula mortífero rayo: «Este es PicaEneeChú: sólo perdona las deudas de los ricos pero no las de los pobres», indica el pequeñín.
«Juan Pueblo» se lee sobre la alta cruz. Como balanza, del brazo horizontal cuelgan dos bandejas: una, llena de gorilas de peluche, domina con su peso; la otra contiene paquetes de alimentos y granos básicos y se ha ido hacia arriba. Al pie, la pala, el martillo, el serrucho y la piedra de moler recuerdan la precariedad de las armas con las cuales Juan Pueblo libra su cotidiana batalla contra el hambre. En la base del fiel-cruz, una peana. «Se puede subir el que quiera», anuncia un joven. Una hermosa mujer vence el miedo y acepta el reto. «Estire los brazos»; «incline la cabeza», dicen algunas voces. El largo cabello le cubre parte del rostro. Eva crucificada, susurra una voz dentro de mí. A sesenta años de distancia, la obsesión del novelista Toño Rosa parece corporizarse. Un cuadro vivo dentro de la mejor tradición del teatro de evangelización. De sopetón, el arte dramático, había irrumpido en forma espontánea provocando la analogía. Las cámaras, afortunadamente, atraparon la belleza del instante.
Reproduciendo el deformado y esquelético cuerpo de Sméagol, el infrahumano personaje de «El señor de los anillos», la enorme caricatura-escultura es la efigie burlesca del gobernante actual. Enormes orejas y dientes enormes. Sonrisa estereotipada. Frente a él: tres calaveras y sus correspondientes cruces chorreando sangre. Sentado sobre el mundo, sus deposiciones manchan la tierra.
¿Y el león?, le pregunté al muchacho que custodiaba la gigantesca mole. «Es el sistema —me contestó con seguridad apabullante— y allí está, chiquitito pero valiente, un muñequito que representa a Morazán y al pueblo; por eso lleva la bandera de Honduras», concluye. ¿Cuántos trabajaron?, pregunto. «Como treinta o cuarenta. Algunos iban por la tarde, o por la noche». ¿Pertenecen al teatro La Siembra? «No, lo hicimos con los de nuestro barrio». ¿Y es así con todas las chimeneas? «Sí, todas se elaboran por quienes deseamos hacerlo». Un sentimiento de alegría me invade: Aquí está surgiendo arte desde las profundas necesidades del pueblo. Lo que esto anuncia hacia el futuro es imparable, pensé.
El monumento a «la prensa vendida» se realizó con escrupuloso realismo. Siguiendo minuciosamente el diseño de antiguas imprentas, a manera de ruedas de muerte, de sus entrañas salen, maquiavélicamente aderezadas, las portadas de periódicos expertos en el camuflage y la mentira. El color terrible de la sangre —ese, el que jamás se olvida— salpica toda la estructura.
El monstruoso Minotauro se eleva por encima de las demás esculturas. Quizá unos seis o siete metros. En tierra santabarbarense ha revivido el antiguo mito griego del devorador de hombres. De sus fauces y de sus garras cuelgan girones de la bandera nacional. Alegoría de aquello que ha hecho del país uno de los últimos de Latinoamérica: el salvaje sistema de explotación y opresión; la violencia represiva; el golpe de Estado; el conflicto agrario en el Aguán; la maquila… Tal, la riqueza polisémica del símbolo.
«Santísimo Ventura». Vestido de elegante traje azul, a sus pies, a manera de pisoteo, cerca de sus zapatos, descansa un blanco libro en cuya pasta se lee: Estatuto del Docente. La autoridad, enemiga de las conquistas laborales del magisterio.
Una grácil llama. Su pata aplasta al águila que, ornada con la enseña de las barras y las estrellas, yace sobre el suelo. «La hicieron un niño y su madre», explica nuestro cicerone: «Son los países de América del sur que se oponen al imperialismo», concluye. El nombre de la pequeña chimenea esconde una sugestiva propuesta de acción: «La llama que vuela».
La araña es de acabado perfecto. Inmensa. Cubre todo lo ancho de la calle. La noche anterior, iluminada, parecía un engendro escapado de una siniestra película de terror. Título: «La viuda negra del capitalismo». Esa mañana, un muchacho agregaba los toques finales de pintura. Se estaba a pocas horas de quemarla y el afán de perfección indicaba algo básico, presente en el discurso total de la «Feria del Paseo Real de las Chimeneas Gigantes»: el gran respeto a los espectadores; el sentido de dignidad con el cual debe tratarse al pueblo en función de receptor de cualquier mensaje.
La loba, sencillamente fabulosa. Gigante entre las gigantes. Como los míticos Rómulo y Remo, a sus tetas, prendidas con voracidad infinita, grandes serpientes le succionan hasta la última gota de energía: las organizaciones empresariales; los burócratas; los golpistas, el bipartidismo… ¿Nombre? «Matria en nido de sierpes».
Soberbio es el gesto del águila imperial. En sus garras, un cuerpo destrozado. La cabeza sangra sobre el suelo. Como terrífico bosque, manos gorilescas se alzan en demanda de artefactos de muerte… Evocando a Pedro Magdiel, Róger Iván, Wendy, Isis Obed, Walter y otros y otras como ellos, y pensando en lo que en ese momento está ocurriendo en el Aguán, la siniestra alegoría provoca escalofríos. Su nombre: «Ave dando de comer a sus gorilas».
«La partida del ángel» tiene una tónica distinta. La grácil mujer-mariposa, de brazos levantados que sostienen al mundo, casi está a punto de alzar el vuelo. Su relajante y vertical diseño sugiere una realidad distinta, una tierra más humana y menos perversa. ¿Símbolo de los hombres y mujeres que, a costa de sí mismos, han luchado por un mundo más amable? ¿Es asimilable a la esperanza que quedó en la caja de Pandora? ¿Un ser de nuevo cuño buscando el porvenir? La amplitud interpretativa es señal inequívoca del logro estético de sus creadores.
¿Y la enorme vagina que parece haber escapado de una página rabelesiana o de una película surrealista? Desprejuicio total al trabajar los detalles anatómicos. Sus autores corrieron el riesgo de enfrentarse al sentimiento pudibundo de algunos. Al final, «La gran revelación» fue apoteósica. Una oda a la vida que se inicia y se renueva. En el recorrido que el espectador podía realizar al interior del mega vientre, en las fotografías exhibidas, un propósito: inculcar respeto al cuerpo femenino. En conjunto, enseñar que en la anatomía humana no existe nada vergonzante porque es tan natural como la flor, el árbol o el pájaro. Conducir a la reflexión sobre el tema del aborto. Fomentar el rechazo a la violencia doméstica. Los aplausos finales, cuando el fuego consumió las entrañas de la chimenea, indican cuál fue el veredicto popular: aceptación unánime de la propuesta conceptual.
Si costaron tanto, ¿por qué quemarlas?; ¿por qué gastar dinero y esfuerzos en algo que las llamas destruirán en segundos?, dicen los pragmáticos. Porque en la vida no todo es dinero, contestaría Délmer López, el gestor principal de las chimeneas. Más importante que el brillo fatuo del oro es la milenaria lección del fuego, le confirmaría, en un hipotético diálogo, Gastón Bachelard. Quemar —purificar, a manera de ceremonia sacrificial— todo lo que, a nivel personal o colectivo, denigre y pisotee la dignidad humana. Lección que, una vez asimilada y aprendida, no se borra nunca de una recta conciencia.
¡Cuántas enseñanzas desprendidas de la «Feria del Paseo Real de las Chimeneas Gigantes!» de Trinidad, Santa Bárbara. Ratificación de lo que fue evidente a raíz del golpe de Estado: el surgimiento de un fuerte despertar artístico y cultural al margen de la cultura canónica. Un movimiento, punto de encuentro entre artistas de extracción popular y otros que han pasado por la academia y las escuelas de arte. De esa interacción, ambos grupos han salido beneficiados. Lo comprueba la majestuosidad de las chimeneas alineadas en medio de la calle. Cada una, la pieza de un discurso cerebralmente concebido. Obedientes a un diseño inteligente y a una ejecución rigurosa. Ello posibilitó leerlas como un discurso integral, coherente y pleno de sugerencias interpretativas
Punto de singular importancia es la masividad implícita en su elaboración (y también en su disfrute): cada chimenea surgió de la participación de colaboradores de los diferentes barrios. Infantes, amas de casa, jóvenes… Cada quien aportó lo que pudo (inclusive, baleadas repartidas a media noche para que los artistas repusiesen fuerzas). En conjunto, según cómputo realizado por estimado amigo, el costo humano total equivale a catorce meses de trabajo.
Otro detalle digno de tomarse en cuenta: la quema de las chimeneas, en Trinidad, convoca a artistas procedentes de diferentes lugares del país. Cantautores, poetas, pintores, músicos, teatristas, narradores, fotógrafos… han hecho el viaje en varias oportunidades. Pero en las dos últimas ediciones (2009 y 2010), hubo una meta específica: insertar el discurso artístico dentro del marco sociopolítico surgido a raíz del golpe de Estado.
Lo anterior corrobora lo apuntado en más de una ocasión: la magnitud del golpe de Estado determinó un momento de fractura y de crisis que se proyectó a todo nivel. En el terreno intelectual y artístico, sin neutralidad posible, se abrieron las opciones de apoyo o de rechazo al accionar golpista. Para los de este último sector, las circunstancias demandaron la fusión con el gran movimiento de resistencia popular. El acto ilegal contra Manuel Zelaya Rosales y la violencia represiva que desencadenó les exigió un acto volitivo de recomposición y cambio de ruta: el inicio de una etapa que, superando la torre de marfil, apostase todas sus baterías al esclarecimiento, interpretación y apoyo al esfuerzo con el cual el pueblo, día a día, con altas cuotas de dolor y sangre, escribe su propia y digna canción.

San Pedro Sula, 14 de diciembre de 2010