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martes, mayo 31, 2011

Adiós a un amigo. Por Eduardo Bähr



La amistad
(Para Roberto Sosa)
Eduardo Bähr
Amigo nuevo, como el vino nuevo:
deja que se haga añejo y entonces
lo beberás con deleite.
Eclesiastés.

Hermano, amigo:

Con ocasión del homenaje “Sosa Para Siempre”, que te estaban preparando tus amigos (para un poeta que tiene nombre de escuela), y en el que yo tenía parte, se me vinieron a la mente algunos de los momentos de la amistad que hemos pasado juntos y que, por condiciones peculiares dejaron de ser sitios comunes dragados por el tiempo.

Ahora, que tengo esta caja cubierta de flores frente a mí, con este execrable agujero –oscuridad en el centro de la tierra-; con tu presencia eterna e inasible, se me vienen hacia todos los sentidos:

Recuerdo que, recién iniciada nuestra amistad (1965), hace cuarenta y seis años, llegó hasta la puerta principal de la Escuela Superior del Profesorado un sabio mexicano llamado Juan Octavio Valencia Perla preguntando por vos. No había más persona que yo en varios metros y esa circunstancia cambió mi vida para siempre en relación con el que ha sido, junto con la solidaridad, uno de mis valores preferidos y constantes: la amistad. “¿Conoce usted a Roberto Sosa?”, me dijo, al tiempo que fijaba en mí la mirada más dulce y suave que he recibido. “Lo conozco. Es mi amigo”, contesté con un deje ufano… Me contó que era catedrático de la Universidad de Cincinnati y que practicaba terapias alternativas en Long View para mágicos individuos residentes de la luna. Me pareció increíble que una terapia para alienados se pudiese ejercer ¡con poemas de Roberto Sosa!, mas era cierto; y el doctor Valencia Perla lo hacía. Al llevarlo a casa de Sosa comenzó también nuestra amistad indestructible con el hombre sabio.

Recuerdo –entre muchísimos- un hecho de amistad que me conmovió profundamente; y fue la vez en que, hace cuarenta y pico de años, vos y yo discurríamos, acerca de la literatura, la literapura y la literacura en una cantina cercana al cementerio de San Pedro Sula cuando, de pronto, echando una lágrima en el vaso lleno de cerveza, decidiste ir a buscar la tumba de “un amigo”.

Nos adentramos a medianoche en punto en la oscurana herida por los fuegos fatuos que emitían los difuntos hacia la superficie de su rescoldo –desventurado- y, mientras tratábamos de leer en la fosforescencia de la cruces y las flores algún nombre que nos tocara el corazón, nos precipitamos, sin comedimiento y sin desearlo en el hoyo que más recientemente habían abierto manos piadosas para enterrar a un ser querido al día siguiente.

Hubo chillidos y gritos de espanto, pero ninguno era nuestro. Tan sólo por el viento que aullaba y los movimientos despavoridos que provocaron sus sombras al huir, nos enteramos –más tarde- de que habíamos terminado sobre un grupo de bolos consuetudinarios que dormía plácidamente la mona y que, tan de repente y en medio del azufre de la espesa noche, supusieron que el mismísimo Satanel y todos los demonios del averno al mando de Belcebot, con su cohorte de Erinias, les había caído encima…

Como no encontramos lo que buscábamos regresamos a la bodega de los nepentes cerveciles y nos atacamos de la risa. Esa vez, entre lágrimas, nunca supimos cuánto llanto correspondía a la hilaridad del sin par suceso y cuánto a la pena de no haber rezado un poema de beodo impenitente frente a la lápida que buscabas, la de tu amigo, de tu padre…

Por aquello pasado y por tu homenaje-despedida actual, decidí decir estas líneas, que te dedico con mi abrazo y mi cariño fraterno:

Preocupado Sócrates por precisar el sentido y alcance de algunas palabras cotidianas, decide  su intención, su esfuerzo, por saber en qué consiste ser amigo. Así que en la bulliciosa atmósfera de la Palestra, con  cuatro jóvenes atenienses dialoga acerca de la amistad.

Discuten agitadamente; recurren al paradigma social de parejas históricas o legendarias para ponderarla: Aquiles y Patroclo, Diómedes y Ulises, Teseo y Piríteo, Orestes y Pílades, Damón y Pitias. “Amigos son, dice alguien, los que caminan juntos”. Siguen discutiendo,  hasta que llegan a considerar a la amistad como la virtud y el motor de la actitud ética. De pronto, otro dice:

«Hay algo que yo deseo desde muy niño. Algunos desean muchas cosas... poseer caballos, perros; otros ansían oro, honores... A mí, por lo contrario, todas esas cosas me dejan frío; pero tener amigos me apasiona. Tener un buen amigo me gustaría más que la mejor codorniz o el mejor lechón del bosque e, incluso, por Zeus, más que disponer del mejor caballo o del mejor perro creo que preferiría, con mucho, tener un amigo a disponer de todo el oro de Darío y los elefantes guerreros de la India. ¡Tan amigo de los amigos soy!»

Los demás contestan, con una interrogante colmada de subjetividad: Pero, ¿quién es amigo de quién? Para esta pregunta no hallan respuesta. Sócrates  piensa que los contertulios  no la han encontrado porque el camino, el método de búsqueda, no es el correcto. Se preguntan: ¿Habrá que buscar la afinidad de los amigos en la bondad? Amistad y bondad ¿Será éste el horizonte adecuado para la indagación acerca de la amistad? Asumen que la amistad apunta a lo más propio y próximo y no acontece sin reciprocidad. ¡Cuántas interrogantes!, (dicen  en voz alta).

Entonces el más viejo, de manera inesperada, concluye: ¿Será porque no vale la pena razonar acerca de la amistad y, simplemente, lo más importante, lo crucial, es hacerse amigos al caminar? Esta sencilla parábola es propicia para  hacer unas breves reflexiones acerca de este tema, no sin antes preguntarnos, sin esperar respuesta, por qué existen férreas e indisolubles amistades, que los demás no entienden:

Cómo es posible, dice la gente,  que Gabriel García Márquez, quien a través de sus novelas ha descrito con maestría a personajes de generales, tiranos y caudillos, fascinado por sus mundos y artificios y ridiculizado de manera sangrienta sus palacios dictatoriales en cuyas escaleras de mármol se cagan las vacas, por un lado;  y por otro, Fidel, estadista experimentado, con más de medio siglo en absoluto ejercicio del poder, acostumbrado a lidiar con estrategias, embargos y atentados, y a hacer uso de cuantos instrumentos y recursos sean posibles para defender su revolución, hayan podido conducir su amistad, dirigir un barco, del que valientes marineros como Saramago han desertado mediante duras admoniciones como: “Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, ¡yo me quedo!”.  Por qué, se preguntan. Mientras el propio Gabo parece responder con la sencillez de quien defiende la amistad por sobre todos los valores: “¡Soy de los que se entierran con los amigos!”.

Por qué la amistad eterna entre mujer y hombre, real o ficticia, en camino hacia la posteridad, cuando pudieron haber sido sólo amantes: Bolívar y Manuela, Napoleón y Josefina, Morazán y Josefa, Julieta…  Aquí es donde recuerdo que de manera general, la amistad ha sido dilucidada por el pueblo, por la gente sencilla,  muchas veces con desconfianza: Amigos verdaderos, un palo y un perro. A mi amigo soy leal, hasta el umbral. Amigo mientras te lo digo, que una hora después, otra cosa es. Antes burro con cuernos que amigo perfecto… A veces asociándola con el interés: Quien a pobreza viene, amigos no tiene. Cuentas claras, amistades largas.

Sin embargo, desde su propio signo, la amistad ha permanecido casi siempre idealizada. Sus más cercanos sinónimos suelen ser: lealtad, fidelidad, adhesión, perseverancia y solidaridad. Por fe, se dice que un amigo es permanente en los buenos y en los malos tiempos, cuando nos defiende del mundo. En definitiva, todos hemos vivido la experiencia de encontrar a un viejo amigo después de muchos años y descubrir que somos capaces de renovar nuestra amistad como si el tiempo sólo hubiese durado unos minutos.

No debe ser por nada que las frases más agradables del pensamiento universal pertenezcan al concepto de la  amistad: La amistad resplandece mejor cuando todo ha oscurecido. Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo será siempre un hermano. Amigo, el que se ríe de tus chistes, aunque sean pésimos; y le duelen  tus problemas, aunque no sean graves.
O, como las dicen eternos autores: Paul Bourget: Amistad noble, obra maestra a dúo. Aristóteles: Amigo fiel,  un alma en dos cuerpos. Lord Byron: La amistad es el amor, pero sin sus alas. Jorge Guillén: Amigos, nadie más, el resto es selva. O ésta, que me dijo en cierta ocasión el trovador cubano Amaury Pérez, no sin cierto desparpajo: Un amigo es un amigo, chico, hasta que  se demuestre lo contrario… Las hay que rebosan lealtad universal (fe de Humanofilia), como proclama en esta selva llamada Honduras el doctor Juan Almendares, como la de Alfredo Bryce Echenique: Mi patria son los amigos…
Por todo lo anterior, querido Roberto, resulta cierto que: Un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta, porque cuando estamos con un amigo no estamos solos, ni somos dos.
Quizá el tema de la amistad sea inagotable, aunque vos estés en esa caja y llorando yo enfrente; y nunca podamos entender su cercanía con el amor, la lealtad y el respeto, así como sus inherentes contradicciones; pero de algo esta vez, ante esta caja, sí podremos estar seguros:
Cuando se prodiga a favor de la humanidad.  Cuando se firma con sangre como contrato ad perpetuam con los menos protegidos de la sociedad.  Cuando se lanza con ira para que su presencia abofetée a los explotadores y su concepto avergüence a los poderosos. Cuando trasciende y llega a ser de lo poco digno que representa nuestro país. Cuando defiende a los indefensos.  Cuando hostiga a los tiranos. Cuando denuncia y desnuda a los corruptos…

Cuando induce a responder con otro un fuerte abrazo. O, simplemente, cuando se posa en las manos de los seres queridos y se vuelve canción para un gato muerto: Estamos en presencia de la amistad: La amistad de Roberto Sosa.

Tegucigalpa. 23 de mayo, 2011.

domingo, febrero 13, 2011

El verano de J. M. Coetzee

Lo primero que leí de J. M. Coetzee fue Desgracia, y de inmediato me sedujo su prosa directa y sin concesiones, el vehículo ideal para recrear las desventuras del profesor David Lurie, víctima de la hipocresía de un sistema universitario basado en la premisa de lo políticamente correcto. A ese encuentro lo siguieron otros, todos igualmente gratificantes, aunque debo aceptar que Vida y época de Michael K y La edad de hierro me han impresionado hasta el grado de “obligarme” a releerlos. Después conocí su no menos importante obra crítica, y consulto con asiduidad Costas extrañas y Contra la censura. Diario de un mal año me pareció extraordinaria, sobre todo en la medida que resultaba evidente la forma en que el autor intentaba alejarse de un cierto estilema narrativo que ya se había convertido en un hábito para su legión de sus lectores

Después de un breve receso, Coetzee, una persona tímida y poco amiga de la fama y el protagonismo, se describe a sí mismo en Verano. Lo hace en tercera persona, como en su discurso de agradecimiento por el Premio Nobel en 2003. Antes de que escribieran su biografía decidió coger el toro por los cuernos, jugar a estar muerto y contarnos su vida a través de personajes y situaciones en las que resulta imposible deslindar cuánto hay de realidad y cuánto de ficción.

Un resumen apresurado de Verano puede comenzar por decir que se trata de la vida del escritor contada por quienes le conocieron con relativa profundidad, partiendo de la idea de que Coetzee ha muerto. Elemento central de esta historia es el biógrafo Vincent, enfrascado en una investigación acerca de la vida de Coetzee. Para tal fin entrevista a cinco personas que tuvieron un papel importante en la vida del escritor. Una amante, un amor de infancia, una familiar con la que compartió algo más que juegos y un par de amigos de la universidad. ¿Suena a Coetzee, no creen?

Y para abrir un poco el apetito, no dejen de leer este fragmento.

viernes, febrero 04, 2011

Deleuze: La literatura, la vida


Este texto —cuya extensión quizás resulte excesiva para la brevedad que se supone debiera caracterizar a las entradas de un blog— no exige, de ninguna manera, ser precedido por unas palabras introductorias; sin embargo, no está demás expresar una súplica para no desanimarse ante el estilo "rizomático" de su autor y persistir en su lectura, empecinados en descubrir las claves que llevaron a Deleuze a afirmar que “para escribir, tal vez haga falta que la lengua materna sea odiosa, pero de tal modo que una creación sintáctica trace en ella una especie de lengua extranjera, y que el lenguaje en su totalidad revele su aspecto externo, más allá de la sintaxis”.

La literatura y la vida
Gilles Deleuze


Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera.
—PROUST, Contre Sainte–Beuve


Escribir indudablemente no es imponer una forma (de expresión) a una materia vivida. La literatura se decanta más bien hacia lo informe, o lo inacabado, como dijo e hizo Gombrowicz. Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida. Es un proceso, es decir un paso de Vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir; escribiendo, se deviene–mujer, se deviene–animal o vegetal, se deviene–molécula hasta devenir–imperceptible. Estos devenires se eslabonan unos con otros de acuerdo con una sucesión particular, como en una novela de Le Clézio, o bien coexisten a todos los niveles, de acuerdo con unas puertas, unos umbrales y zonas que componen el universo entero, como en la obra magna de Lovecraft. El devenir no funciona en el otro sentido, y no se deviene Hombre, en tanto que el hombre se presenta como una forma de expresión dominante que pretende imponerse a cualquier materia, mientras que mujer, animal o molécula contienen siempre un componente de fuga que se sustrae a su propia formalización. La vergüenza de ser un hombre, ¿hay acaso alguna razón mejor para escribir? Incluso cuando es una mujer la que deviene, ésta posee un devenir–mujer, y este devenir nada tiene que ver con un estado que ella podría reivindicar. Devenir no es alcanzar una forma (identificación, imitación, Mimesis), sino encontrar la zona de vecindad, de indiscernibilidad o de indiferenciación tal que ya no quepa distinguirse de una mujer, de un animal o de una molécula: no imprecisos ni generales, sino imprevistos, no preexistentes, tanto menos determinados en una forma cuanto que se singularizan en una población. Cabe instaurar una zona de vecindad con cualquier cosa a condición de crear los medios literarios para ello, como con el áster según André Dhôtel. Entre los sexos, los géneros o los reinos, algo pasa. El devenir siempre está «entre»: mujer entre las mujeres, o animal entre otros animales. Pero el artículo indefinido sólo surge si el término que hace devenir resulta en sí mismo privado de los caracteres formales que hacen decir el, la(«el animal aquí presente»...). Cuando Le Clézio deviene–indio, es siempre un indio inacabado, que no sabe «cultivar el maíz ni tallar una piragua»: más que adquirir unos caracteres formales, entra en una zona de vecindad.[1] De igual modo, según Kafka, el campeón de natación que no sabía nadar. Toda escritura comporta un atletismo. Pero, en vez de reconciliar la literatura con el deporte, o de convertir la literatura en un juego olímpico, este atletismo se ejerce en la huida y la defección orgánicas: un deportista en la cama, decía Michaux. Se deviene tanto más animal cuanto que el animal muere; y, contrariamente a un prejuicio espiritualista, el animal sabe morir y tiene el sentimiento o el presentimiento correspondiente. La literatura empieza con la muerte del puerco espín, según Lawrence, o la muerte del topo, según Kafka: «nuestras pobres patitas rojas extendidas en un gesto de tierna compasión». Se escribe para los terneros que mueren, decía Moritz. La lengua ha de esforzarse en alcanzar caminos indirectos femeninos, animales, moleculares, y todo camino indirecto es un devenir mortal. No hay líneas rectas, ni en las cosas ni en el lenguaje. La sintaxis es el conjunto de caminos indirectos creados en cada ocasión para poner de manifiesto la vida en las cosas.
Escribir no es contar los recuerdos, los viajes, los amores y los lutos, los sueños y las fantasías propios. Sucede lo mismo cuando se peca por exceso de realidad, o de imaginación: en ambos casos, el eterno papá y mamá, estructura edípica, se proyecta en lo real o se introyecta en lo imaginario. Es el padre lo que se va a buscar al final del viaje, como dentro del sueño, en una concepción infantil de la literatura. Se escribe para el propio padre–madre. Marthe Robert ha llevado hasta sus últimas consecuencias esta infantilización, esta psicoanalización de la literatura, al no dejar al novelista más alternativa que la de Bastardo o de Criatura abandonada. Ni el propio devenir–animal está a salvo de una reducción edípica, del tipo «mi gato, mi perro». Como dice Lawrence, «si soy una jirafa, y los ingleses corrientes que escriben sobre mí son perritos cariñosos y bien enseñados, a eso se reduce todo, los animales son diferentes... ustedes detestan instintivamente al animal que yo soy». Por regla general, las fantasías de la imaginación suelen tratar lo indefinido únicamente como el disfraz de un pronombre personal o de un posesivo: «están pegando a un niño» se transforma enseguida en «mi padre me ha pegado». Pero la literatura sigue el camino inverso, y se plantea únicamente descubriendo bajo las personas aparentes la potencia de un impersonal que en modo alguno es una generalidad, sino una singularidad en su expresión más elevada: un hombre, una mujer, un animal, un vientre, un niño... Las dos primeras personas no sirven de condición para la enunciación literaria; la literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder de decir Yo (lo «neutro» de Blanchot).[2] Indudablemente, los personajes literarios están perfectamente individualizados, y no son imprecisos ni generales; pero todos sus rasgos individuales los elevan a una visión que los arrastran a un indefinido en tanto que devenir demasiado poderoso para ellos: Achab y la visión de Moby Dick. El Avaro no es en modo alguno un tipo, sino que, a la inversa, sus rasgos individuales (amar a una joven, etc.) le hacen acceder a una visión, ve el oro, de tal forma que empieza a huir por una línea mágica donde va adquiriendo la potencia de lo indefinido: un avaro..., algo de oro, más oro... No hay literatura sin tabulación, pero, como acertó a descubrir Bergson, la tabulación, la función fabuladora, no consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias.
No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso, como en el «caso de Nietzsche». Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud: no forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles.[3] De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros? Pues la salud pequeñita de Spinoza, hasta donde llegara, dando fe hasta el final de una nueva visión a la cual se va abriendo al pasar.
La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta. Es propio de la función fabuladora inventar un pueblo. No escribimos con los recuerdos propios, salvo que pretendamos convertirlos en el origen o el destino colectivos de un pueblo venidero todavía sepultado bajo sus traiciones y renuncias. La literatura norteamericana tiene ese poder excepcional de producir escritores que pueden contar sus propios recuerdos, pero como los de un pueblo universal compuesto por los emigrantes de todos los países. Thomas Wolfe «plasma por escrito toda América en tanto en cuanto ésta pueda caber en la experiencia de un único hombre». Precisamente, no es un pueblo llamado a dominar el mundo, sino un pueblo menor, eternamente menor, presa de un devenir–revolucionario. Tal vez sólo exista en los átomos del escritor, pueblo bastardo, inferior, dominado, en perpetuo devenir, siempre inacabado. Un pueblo en el que bastardo ya no designa un estado familiar, sino el proceso o la deriva de las razas. Soy un animal, un negro de raza inferior desde siempre. Es el devenir del escritor. Kafka para Centroeuropa, Melville para América del Norte presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor, o de todos los pueblos menores, que sólo encuentran su expresión en y a través del escritor.[4] Pese a que siempre remite a agentes singulares, la literatura es disposición colectiva de enunciación. La literatura es delirio, pero el delirio no es asunto del padre–madre: no hay delirio que no pase por los pueblos, las razas y las tribus, y que no asedie a la historia universal. Todo delirio es histórico–mundial, «desplazamiento de razas y de continentes». La literatura es delirio, y en este sentido vive su destino entre dos polos del delirio. El delirio es una enfermedad, la enfermedad por antonomasia, cada vez que erige una raza supuestamente pura y dominante. Pero es el modelo de salud cuando invoca esa raza bastarda oprimida que se agita sin cesar bajo las dominaciones, que resiste a todo lo que la aplasta o la aprisiona, y se perfila en la literatura como proceso. Una vez más así, un estado enfermizo corre el peligro de interrumpir el proceso o devenir; y nos encontramos con la misma ambigüedad que en el caso de la salud y el atletismo, el peligro constante de que un delirio de dominación se mezcle con el delirio bastardo, y acabe arrastrando a la literatura hacia un fascismo larvado, la enfermedad contra la que está luchando, aun a costa de diagnosticarla dentro de sí misma y de luchar contra sí misma. Objetivo último de la literatura: poner de manifiesto en el delirio esta creación de una salud, o esta invención de un pueblo, es decir una posibilidad de vida. Escribir por ese pueblo que falta («por» significa menos «en lugar de» que «con la intención de»).
Lo que hace la literatura en la lengua es más manifiesto: como dice Proust, traza en ella precisamente una especie de lengua extranjera, que no es otra lengua, ni un habla regional recuperada, sino un devenir–otro de la lengua, una disminución de esa lengua mayor, un delirio que se impone, una línea mágica que escapa del sistema dominante. Kafka pone en boca del campeón de natación: hablo la misma lengua que usted, y no obstante no comprendo ni una palabra de lo que está usted diciendo. Creación sintáctica, estilo, así es ese devenir de la lengua: no hay creación de palabras, no hay neologismos que valgan al margen de los efectos de sintaxis dentro de los cuales se desarrollan. Así, la literatura presenta ya dos aspectos, en la medida en que lleva a cabo una descomposición o una destrucción de la lengua materna, pero también la invención de una nueva lengua dentro de la lengua mediante la creación de sintaxis. «La única manera de defender la lengua es atacarla... Cada escritor está obligado a hacerse su propia lengua...»10 Diríase que la lengua es presa de un delirio que la obliga precisamente a salir de sus propios surcos. En cuanto al tercer aspecto, deriva de que una lengua extranjera no puede labrarse en la lengua misma sin que todo el lenguaje a su vez bascule, se encuentre llevado al límite, a un afuera o a un envés consistente en Visiones y Audiciones que ya no pertenecen a ninguna lengua. Estas visiones no son fantasías, sino auténticas Ideas que el escritor ve y oye en los intersticios del lenguaje, en las desviaciones de lenguaje. No son interrupciones del proceso, sino su lado externo. El escritor como vidente y oyente, meta de la literatura: el paso de la vida al lenguaje es lo que constituye las Ideas.
Estos son los tres aspectos que perpetuamente están en movimiento en Artaud: la omisión de letras en la descomposición del lenguaje materno (R, T...); su recuperación en una sintaxis nueva o unos nombres nuevos con proyección sintáctica, creadores de una lengua («eTReTé»); las palabras–soplos por último, límite asintáctico hacia el que tiende todo el lenguaje. Y Céline, no podemos evitar decirlo, por muy sumario que nos parezca: el Viaje o la descomposición de la lengua materna; Muerte a crédito y la nueva sintaxis como lengua dentro de la lengua; Guignol's Bandy las exclamaciones suspendidas como límite del lenguaje, visiones y sonoridades explosivas. Para escribir, tal vez haga falta que la lengua materna sea odiosa, pero de tal modo que una creación sintáctica trace en ella una especie de lengua extranjera, y que el lenguaje en su totalidad revele su aspecto externo, más allá de la sintaxis. Sucede a veces que se felicita a un escritor, pero él sabe perfectamente que anda muy lejos de haber alcanzado el límite que se había propuesto y que incesantemente se zafa, lejos aún de haber concluido su devenir. Escribir también es devenir otra cosa que escritor. A aquellos que le preguntan en qué consiste la escritura, Virginia Woolf responde: ¿Quién habla de escribir? El escritor no, lo que le preocupa a él es otra cosa.
Si consideramos estos criterios, vemos que, entre aquellos que hacen libros con pretensiones literarias, incluso entre los locos, muy pocos pueden llamarse escritores.

NOTAS
[1] Le Clézio, Haï, Flammarion, pág. 5. En su primera novela, Le proces–verbal, Ed. Folio– Gallimard, Le Clézio presentaba de forma casi ejemplar un personaje en un devenir–mujer, luego en un devenir–rata, y luego en un devenir–imperceptible en el que acaba desvaneciéndose.
[2] Blanchot, La part du feu, Gallimard, págs. 29–30, y L'entretien infini, págs. 563–564: «Algo ocurre (a los personajes) que no pueden recuperarse más que privándose de su poder de decir Yo.» La literatura, en este caso, parece desmentir la concepción lingüística, que asienta en las partículas conectivas, y particularmente en las dos primeras personas, la condición misma de la enunciación.
[3] Sobre la literatura como problema de salud, pero para aquellos que carecen de ella o que sólo cuentan con una salud muy frágil, vid. Michaux, posfacio a «Mis propiedades», en La nuit remue, Gallimard. Y Le Clézio, Haï, pág. 7: «Algún día, tal vez se sepa que no había arte, sino sólo medicina.»
[4] Vid. las reflexiones de Kafka sobre las literaturas llamadas menores, Journal, Livre de poche, págs. 179–182 (Diarios. Lumen, 1991); y las de Melville sobre la literatura norteamericana, D'oü viens–tu, Hawthorne?, Gallimard, págs. 237–240.