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lunes, agosto 05, 2013

El Wild West según Kerouac



Luego de unos días locos en la casa de W. Burroughs, los felices viajeros del Hudson: Louanne, Neal y Jack, cruzan Texas y se imaginan como personajes del Viejo Oeste. La parodia es genial, y el ritmo de la narración se recupera -luego de las gachupinerías de Martín Lendínez- en la traducción de Jesús Zulaika para la versión de En la carretera. El rollo mecanografiado original (Anagrama, 2009).
Neal sería un forajido, "pero uno de esos forajidos chalados que galopan por las praderas y entran en los saloons pegando tiros." Louanne sería "la bella bailarina del salón de  baile local." "Bill Burroughs sería un coronel confederado retirado; viviría en las afueras del pueblo, en una gran mansión con todos los postigos cerrados, y sólo saldría una vez al año con la escopeta para encontrarse con su proveedor de droga en un callejón chino." Mientras que Jack sería el hijo del dueño del periódico local, que de vez en cuando saldría "a galopar con una panda de locos para pasarlo en grande". En tanto que Allen Ginsberg sería "el afilador de tijeras que bajaba de las montañas una vez al año en su carreta, y predeciría incendios, y los tipos que llegaran de la frontera le harían bailar con rápidos disparos dirigidos hacia el suelo."
El final de semejante ensoñación contempla a Allen Ginsberg bajando de la montaña con una poblada barba, "ya no volvería a afilar tijeras nunca más (sólo canciones de catástrofe)." Louanne "dispararía contra Neal cuando saliera borracho de su cabaña", después "heredaría el salón de baile y se convertiría en una madama, en una fuerza viva de la ciudad." Jack desaparecería en Montana y nunca volvería a saberse más de él. Mientras que Bill Burroughs "se volvería loco un día y empezaría a disparar contra todo el pueblo desde su ventana; los vecinos prendería fuego a su vieja mansión y todo ardería y Pecos City quedaría reducida a cenizas (y a partir de entonces sería un pueblo fantasma en medio de las rocas color naranja)."

NOTA: Todas las citas están tomadas de En la carretera. El rollo mecanografiado original (Anagrama, 2009).

domingo, septiembre 16, 2012

Sobre “Formas de volver a casa”. Sara Rolla




Con su habitual perspicacia, Sara Rolla nos ofrece en esta reseña sobre Formas de volver a casa, la última novela publicada por Alejandro Zambra, un recuento de las obsesiones del escritor chileno así como los recursos que emplea para dar forma a su relato: la trama combina con sutileza diferentes planos de ficción, lo autobiográfico se amalgama hábilmente con lo ficticio, en el marco de un sutil juego de espejos que nos obliga a releer y comparar. 

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es un poeta, narrador y ensayista chileno que, junto a otros escritores de su generación (como el colombiano Juan Gabriel Vásquez y el guatemalteco  Eduardo Halfon), muestra, en su última novela (Formas de volver a casa, Anagrama, 2011), una gran calidad expresiva en un contexto histórico similar (una Latinoamérica que no se libra, aún, de los traumas generados, en lo social y político, en las últimas décadas del siglo XX).

La trama combina con sutileza diferentes planos de ficción. Lo autobiográfico se amalgama hábilmente con lo ficticio. El protagonista, evidente “alter ego” del autor, está inmerso en un excelente juego de espejos que nos obliga a releer y comparar. Hay agudas metarreflexiones, como las siguientes: “O es que me gusta estar en el libro. Es que prefiero escribir a haber escrito.” (p. 55); “pienso (…) en este oficio extraño, humilde y altivo, necesario e insuficiente: pasarse la vida mirando, escribiendo.”(p. 164).

El estilo, ágil y epigramático, nace, sin duda, del oficio poético del autor. Véase este pasaje que evidencia la calidad de la prosa (fluida, armoniosa y exquisitamente nihilista):
“Los padres abandonan a los hijos. Los hijos abandonan a los padres. Los padres protegen o desprotegen pero siempre desprotegen. Los hijos se quedan o se van pero siempre se van. (…) Queremos ser actores que esperan con paciencia el momento de salir al escenario. Y el público hace rato que se fue.” (p. 73)

No faltan las referencias al cine y la música y la inclusión de personajes “reales”, como escritores amigos del autor (al modo de Vila-Matas). Desde luego, la literatura misma se constituye en tema, como en las referencias a la lectura “obligatoria” de Madame Bovary en la adolescencia del protagonista. Y hay reflexiones tan bellas e ingeniosas como ésta: “Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla”. (p. 66)

El contexto histórico evocado (la dictadura de Pinochet) se presenta de un modo sesgado, muy inteligentemente: “Mientras el país se caía a pedazos nosotros aprendíamos a hablar, a caminar, a doblar las servilletas en forma de barcos, de aviones.” (p. 56)

Sutilmente,  esta novela parece querer demostrar una verdad que está siempre en el fondo de la buena literatura: que el oficio de escribir (el registro del desajuste, a la vez doloroso y fecundo, del autor con su ambiente) da sentido a la existencia.

domingo, julio 10, 2011

Bolaño: Sinsabores post mortem



¿Cómo afrontar los enredos editoriales y las intrincadas manipulaciones que sufren, post mortem, los “papeles” de Roberto Bolaño? Tal vez el mejor consejo sea mantener a toda costa la cordura, el sentido común, antes de caer cual vulgares “lectores hembras” en las garras de la trinca integrada por la viuda Carolina López, y los editores realmente viscerales Herralde & Wylie, decididos a publicar cualquier hoja surgida de la máquina de escribir y/o el ordenador del malogrado escritor chileno.

El último caso es la “novela” Los sinsabores del verdadero policía, publicada por Anagrama en enero de 2011. Antes de analizar el texto en sí, hay que empezar por los marginales: Según informa la viuda del escritor, Carolina López, en una nota editorial al final del libro, la novela está integrada por tres escritos: “Los sinsabores del verdadero policía” y “Asesinos de Sonora”, de 50 y 100 páginas respectivamente, localizados en el ordenador del escritor. Además, hay un escrito, en parte mecanografiado con una máquina de escribir eléctrica y en parte impreso desde un ordenador sin archivo informático, de 135 páginas. Este último texto mecanografiado, y cuyo título es también “Los sinsabores del verdadero policía”, es “una novela completa de 283 páginas, clasificada en siete carpetas, cinco de las cuales se encontraban en la mesa de trabajo del autor, junto con otros materiales relativos a 2666, en tanto que las otras dos partes se descubrieron al organizar su legado”.

Mientras que en la contraportada se insiste en que ya aparecen su estilo y su territorio literario pese a su carácter de obra de juventud y que “sus historias y personajes transitan por otras novelas de Bolaño como Estrella distante, Llamadas telefónicas, Los detectives salvajes y 2666, cuyo centro oculto quizás podría estar constituido por la presente novela. Además, comparten algunos de los personajes, como Amalfitano, su hija Rosa y Arcimboldi.”

Por su parte, el editor Jorge Herralde ha asegurado en declaraciones a Efe que “la lectura de la novela nos convence de que estamos ante una obra de una calidad literaria extraordinaria, en el territorio de 2666 y Los detectives salvajes, es decir, del Bolaño en su mejor forma”. Un territorio literario en el que, como puntualiza Herralde, ya aparece “el gran Bolaño de la madurez” y persiste “el joven Bolaño poeta”.

Y en el prólogo de la obra, el crítico Juan Antonio Masoliver Ródenas señala que Los sinsabores del verdadero policía, como 2666, es “una novela inacabada, pero no una novela incompleta, porque lo importante para su autor no ha sido completarla sino desarrollarla”. La gran aportación de Bolaño a la literatura es la “provisionalidad”, sostiene Masoliver, “una escritura visionaria, onírica, delirante, fragmentaria y provisional” que rompe con la realidad tal como se había entendido hasta el siglo XIX.

No es necesario ahondar demasiado para detectar la endeble consistencia del galimatías que opone "inacabada" a "incompleta" y "completar" a "desarrollar", pero lo cierto es que la tal tesis de la “provisionalidad” rápidamente pierde validez para cualquier lector medianamente familiarizado con el universo narrativo de Bolaño, al que resultará más que evidente que  estos “sinsabores” no son más que notas, fragmentos y capítulos apartados de esa opus magna denominado 2666. Para el lector de 2666 es obvio que estas páginas fueron apartadas para que esta novela de novelas tuviera la mínima unidad necesaria ante el riesgo inminente de la dispersión. De hecho, el hipotético hilo central de Los sinsabores que bien pudiese ser la historia de Amalfitano, al ser contrastado con la segunda sección de 2666, revela que esas páginas no son más que una suerte de elementos no cardinales que debieron ser relegados de la versión final a fin de que 2666 mantuviera esa condición de “tejido sutil de motivos recurrentes”, como la define en la “Nota a la primera edición” el crítico Ignacio Echevarría.

En cuanto a la mini saga de Pancho Monje, hijo de la dinastía de las Expósito, que aparece como centro narrativo del capítulo “Asesinos de Sonora”, resulta claro que se trata de un apéndice edulcorado y provisional en el que apenas se puede entrever la escalofriante densidad de “La parte de los crímenes”, verdadero descenso a los infiernos de Santa Teresa donde Bolaño despliega uno de los acercamientos más descarnados al tema del mal, uno de los ejes de su narrativa más lograda.

Para cerrar este brevísimo e incompleto (¿o inacabado?) comentario, no se puede pasar por alto este fragmento que queda como anillo al dedo para “El discreto encanto de la H”:

“Después de cincuenta solicitudes de trabajo y de molestar a los pocos amigos que le quedaban, la única universidad que se interesó por los servicios de Amalfitano fue la de Santa Teresa. Durante una semana entera Amalfitano dudó si si aceptar o esperar junto al buzón la llegada de una oferta mejor. En lo relativo a la calidad sólo eran peores una universidad guatemalteca y otra hondureña, aunque ninguna de estas  dos se dignó siquiera a rechazar por escrito su candidatura.”
(R. Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía. p. 51.)