
sábado, noviembre 20, 2010
Escribir la Vida, según el Viejo Indecente

sábado, noviembre 13, 2010
DFW y la magia de la lectura

La literatura según Murakami

Aira: La literatura, los jóvenes y el oficio

Hay un reflujo respecto de lo que fueron mis años juveniles, los sesenta, los setenta, donde era casi obligatorio para un joven ser algo de ruptura, algo nuevo, algo distinto. Hoy día puede ser que haya más convencionalismo, resignación a hacer lo que quieren las editoriales, que tienen la obligación de seguir publicando libros para mantener en marcha su máquina y hay gente que les da ese material. A mí me parece que ya hay suficientes libros buenos en todas las bibliotecas como para seguir escribiendo novelas iguales a las que ya hay, por buenas que sean. Por bien hechas que estén, son más libros. Nuestra misión, para darle un nombre un poco más místico, es hacer algo nuevo, algo distinto, y de eso hay poca gente que se ocupe.
domingo, noviembre 07, 2010
La vida y la literatura, según Auster
“Cuando yo tenía su edad, esperaba seguir un camino similar al que mi sobrino había escogido. Como él, en la facultad habia cursado la especialidad de inglés, con la secreta ambición de seguir estudiando literatura o quizá probar suerte con el periodismo, pero me faltó valor para hacer alguna de las dos cosas. La vida se metió por medio –dos años en el ejército, trabajo, matrimonio, responsabilidades familiares, necesidad de ganar cada vez más dinero, toda esa cagada que nos deja empantanados cuando no tenemos los cojones de luchar por lo que queremos- pero nunca perdí el interés por los libros. Leer era mi válvula de escape, mi desahogo y mi consuelo, mi estimulante preferido: leer por puro placer, por la hermosa quietud que te envuelve cuando resuenan en la cabeza las palabras de un autor.”
Paul Auster, Brooklyn Follies. p. 21.
lunes, octubre 18, 2010
Sergio Pitol: El lenguaje, la vocación, el escritor

domingo, octubre 17, 2010
Todorov: Sin arte estaríamos perdidos

Considerado uno de los pensadores esenciales de la Europa de las dos últimas décadas, Todorov, búlgaro de nacimiento y francés de adopción, ha sido distinguido con la medalla de la Orden de las Artes y de las Letras en Francia y con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2008. El jurado español destacó, a la hora de la concesión de esta última distinción, que este filósofo e historiador que imparte ciclos docentes en las universidades de París, Yale, Nueva York, Columbia, Harvard y California, "representa el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia".
Decía el músico alemán Richard Wagner que el fin supremo del hombre es el fin artístico, que el arte es la más alta actividad del ser humano, lo que culmina su existencia en la Tierra, y que el arte verdadero es la cima de la libertad… Bueno, son palabras que para algunos pueden considerarse excesivas y que provienen de un gran artista que se significó por equiparar arte, libertad y dignidad humana. El arte es en la actualidad un fenómeno de múltiples formas y manifestaciones diversas. Ahí radica su riqueza. Creo que el arte tiene una connotación negativa cuando se observa desde un único prisma, desde una fórmula única. El arte es parte importante de la sociedad en general y del individuo en particular. La expresión artística nos acerca a la libertad, a la verdad si se quiere, pero no es sinónimo de una ni de otra. Conozco a muchos artistas que no son libres y también a no pocos que no tienen en la verdad su principal objetivo.
Desde la época romántica el arte adquiere papel protagonista, ya que se considera que proporciona un modo de conocimiento superior y representa la actividad más elevada a la que pueden dedicarse los seres humanos. Ha pasado el tiempo con todos sus vaivenes y la historia nos enseña que el sueño romántico, aunque infinitamente menos mortífero que la utopía política, también alberga una buena porción de decepción. Pero sin arte y sin artistas estaríamos perdidos.
Durante décadas ha estudiado los totalitarismos en Europa. ¿Considera que es posible que se extiendan en el próximo futuro y con carácter general posturas antidemocráticas?
Una de las características del fascismo, y del nazismo, es que tienen un componente nacionalista muy fuerte. Vemos que, en este sentido, en la Europa actual se están desarrollando de una forma inquietante algunos comportamientos y tomas de postura que podrían ser considerados como reminiscencias del pasado. Me refiero a la xenofobia y a la desconfianza hacia el extranjero y hacia el inmigrante. Esto hace pensar en la posibilidad, aunque creo que remota, de que se produzca un renacimiento de estas inaceptables posturas totalitarias. Algunos parecen defender Europa como si fuera una especie de fortaleza que preservase lo “puro” frente a lo de fuera.
El comunismo también puede llegar a constituir un riesgo en este sentido pues esta ideología adopta una doctrina de salvación que promete grandes mejoras en el plano de la igualdad de los seres humanos, aunque sepamos y la realidad haya demostrado sobradamente, su absoluto fracaso. La caída del muro de Berlín supuso el final, el hundimiento del comunismo. Nació entonces como sólida la esperanza de un nuevo orden mundial más armónico. Pero hoy, apenas 20 años más tarde, si miramos a la realidad constatamos que esa esperanza era ilusoria y que ciertos rasgos del ultraliberalismo democrático proyectan inquietantes sombras marcadas por el mesianismo y el totalitarismo. Hay que estar atentos ante estos signos.
¿Qué le impulsó a estudiar los totalitarismos y sus formas de represión?
Procedo de un país que vivió una fuerte represión. Nací en Bulgaria en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Mi país pasó a la zona de influencia soviética en septiembre de 1944. Hasta que me fui a Francia cuando tenía 24 años viví el calvario de una férrea dictadura. En Sofía, en donde nací y estudié Letras, comencé a valorar de forma cada vez más negativa el régimen en el que vivía. Sólo dentro del seno familiar y de los amigos más próximos podía expresar mis opiniones. Tras la terrible represión en Hungría en 1956, en Bulgaria la disidencia y la expresión pública de lo que pensabas era una mera utopía pues se reprimía de forma despiadada la más mínima expresión de protesta. Como he dejado escrito en mi libro La experiencia totalitaria, en un primer momento se corría el riesgo de ser expulsado de la universidad, del trabajo e incluso de la ciudad en la que uno vivía. Si se reincidía, no era difícil acabar en uno de los remotos campos de prisioneros, que eran auténticas colonias de reclusión y represión de las que a menudo no se salía vivo.
¿Qué mueve a los dictadores y a quienes los secundan?
Su finalidad es, como es obvio, conquistar y conservar el poder, y el medio del que se valen no son más que bonitas y falsas construcciones ideológicas. El fondo, sea cual sea la supuesta ideología que sustenta una dictadura, es apropiarse del poder. Naturalmente, esto convierte a los individuos que viven en un país totalitario en personas “sin opinión”. En su momento, en la sociedad de los países de la Europa del Este la adhesión a la ideología comunista desempeñó un papel de simple ritual. Todos, o muchos, la reivindican, pero nadie, o casi nadie, cree en ella.
Por otra parte, es indispensable someterse incondicionalmente al jefe. Los que secundan al dictador, y esto es aplicable a cualquier tipo de dictadura, en general no son unos fanáticos, sino arribistas cínicos que hacen lo que hacen para acceder a una posición privilegiada y asegurarse una vida mejor. El motor de la vida social en una dictadura no es la fe y la creencia en un ideal, sino la voluntad de poder.
Ha señalado usted que a veces los intelectuales se sienten tentados por estas ideologías…
Sí, así es y es un fenómeno curioso. Cuando llegué a Francia, proveniente de un país sin libertades, me llamó la atención que no eran pocos los que defendían el régimen que a mi me horripilaba, me había privado de la libertad de expresar mis pensamientos y, por supuesto, de actuar. Era un enigma para mí. Después comprendí que aquellas personas, aquellos intelectuales que defendían aquello, lo hacían desde un plano meramente ideológico y alejado de la realidad. Las ideas eran muy atractivas, pero la realidad de una crueldad incontestable. Creo que el intelectual, como motor del pensamiento de una colectividad, tiene la obligación de no moverse sólo en el mundo de las ideas, sino de descender a la realidad, comprobarla y, después, juzgar, tomar posición y actuar.
¿Qué piensa de la polémica sobre la reciente expulsión en Francia e Italia de gitanos procedentes de Rumanía?
Nos choca el modo de vivir de estos colectivos, distinto al de la media. No viven en el centro de las ciudades, no visten con traje y corbata, no llevan a los niños al colegio. Eso se aprovecha y utilizan como elemento arrojadizo contra ellos. Como si todos fueran violentos y pusieran a la comunidad en riesgo. Pero no hay que olvidar que son ciudadanos europeos e integrantes de la Unión. Se les expulsa a Rumania, pero ellos pueden volver al día siguiente. Tienen su derecho como ciudadanos europeos. Dicho esto, todo lo que se ha creado en torno a este tema me parece que es una forma de distraer a la comunidad de problemas mucho más serios. Se habla de esto y así no se habla de algunos de los grandes problemas que estos países viven. Desde ese punto de vista considero que lo que está pasado es una burla a la ciudadanía; una mascarada.
¿Hay medicinas frente al riesgo del sectarismo, tanto a nivel individual como colectivo?
Creo que hay que observar la realidad desde la objetividad. La libertad de información es un elemento esencial. La función del periodismo es de una importancia decisiva. Hablamos de un periodismo libre, no encorsetado. No dependiente o sesgado. La educación en el sentido más amplio es una herramienta clave para evitar estos peligros. Por supuesto, la educación en la escuela, pero también la que pueden ejercer los informadores, los políticos, etc. Una educación basada en el respeto y en la consideración de la diversidad del mundo y de quien en el mundo vive. Que seamos capaces de abrirnos a lo de los demás, a otros mundos, y dejar de considerar lo nuestro como lo único y lo mejor.
¿Y el arte?
Como hemos comentado al principio de esta charla, el arte y lo artístico son elementos fundamentales del ser humano. Escribí hace cuatro años Los aventureros del absoluto, un libro muy centrado en la creación y en lo artístico. Recordaba en aquel texto un editorial de una revista que comenzaba: "La belleza salvará al mundo. La frase de Dostoyesvski nunca ha resultado tan actual. Porque cuando tantas cosas van mal a nuestro alrededor es cuando hay que hablar de la belleza del planeta y del ser humano que lo habita".
Belleza, escribí entonces, no implica pasarse la vida contemplando las puestas de sol o los claros de luna, ni tampoco esforzarse en enriquecerla con elementos decorativos adquiridos en un comercio. Se refiere más bien a la tentativa de ordenarla de una manera que la conciencia individual juzgue armoniosa, de forma que sus distintos ingredientes –vida social, profesional, íntima, material– constituyan un todo inteligible. El arte, en cualquiera de sus expresiones y en el sentido de que implica creación, contribuye de forma clara a logar esa armonía.
viernes, octubre 08, 2010
Pichulita Vargas Llosa o el Nobel para un castrado

Sería preferible hablar de Joao Guimaraes Rosa, de Juan Rulfo y Alejo Carpentier, de José Lezama Lima y Juan Carlos Onetti, ya que es prácticamente imposible pensar que los suecos anteriores a 1959 conocieran la obra inmensa de Alfonso Reyes, como sí es probable que, de paso, hubieran leído traducciones de César Vallejo y Vicente Huidobro.”
Ayer la Academia Sueca actuó en consonancia con sus parámetros, con sus filias y sus fobias, al premiar a un Vargas Llosa en pleno declive intelectual, un escritor cuyas tres últimas novelas están muy lejos de la brillantez alcanzada con La casa verde, La ciudad y los perros o Conversación en la catedral. El autor al que premian, de hecho, ya no se reconoce, ya es imposible identificarlo, con esas obras cuyo signo común es la denuncia penetrante de los vicios de un sistema atroz a través de una narrativa atrevida, cuya estructura de vasos comunicantes era el vehículo perfecto para cuestionar la realidad latinoamericana individualizada en personajes como el Jaguar, el Poeta, Lituma, La Selvática, Zavalita, Ambrosio o Cayo Mierda. Y si nos remitimos a sus ensayos, la realidad es aún más triste, porque pese a la insistencia de Vargas Llosa por reivindicar una supuesta filiación democrática, en el fondo es incapaz de esconder su vocación fascistoide, que resulta imposible de ocultar cuando se leen sus lamentables “reflexiones” alabando el bombardeo inmisericorde y la invasión a Irak, o sus empalagosos y a veces tartamudeantes elogios a Bush y a la Thatcher, que se revela como senil objeto de deseo para este miraflorino con ínfulas de gentleman.
Pero el tema no se agota aquí, porque viene acompañado con una veleidosa tendencia, que ya había sido advertida en la Historia personal del boom, de José Donoso, en cuya página 175 podemos leer: “Mario Super Star”, el vedetismo como acción política. No sé si se siente atraído por el poder en sí. Me parece más probable que sea una actitud deportiva, casi estética por sus dimensiones...”. Y el vedetismo encontró su expresión natural, pero también a su némesis en 1990.
Y es que su protagonista, Pichula Cuéllar, ha sido enmasculado por un perro, Judas, en una escena llena de violencia: "Ahí, encogido, losetas blancas, azulejos y chorritos de agua, temblando, oyó los ladridos de Judas, el llanto de Cuéllar, sus gritos, y oyó aullidos, saltos, choques, resbalones y después sólo ladridos, y un montón de tiempo después el vozarrón del Hermano Lucio, las lisuras de Leoncio, los carambas, Dios mío, fueras, sapes, largo largo, la desesperación de los Hermanos, su terrible susto." Y el narrador añade: "Por ese tiempo, no mucho después del accidente, comenzaron a decirle Pichulita". Las desgracias para Cuéllar continúan hasta culminar con un desenlace anunciado: su muerte: "Entonces Pichula Cuéllar volvió a las andadas. Qué bárbaro, decía Lalo, ¿corrió olas en Semana Santa? Y Chingolo: olas no, olones de cinco metros, hermano, así de grandes”..."Cuéllar ya se había ido a la montaña, a Tingo María, a sembrar café." "... y ya había vuelto a Miraflores, más loco que nunca, y ya se había matado, yendo al norte, ¿cómo?, en un choque, ¿dónde?, en las traicioneras curvas de Pasamayo, pobre, decíamos en el entierro, cuánto sufrió qué vida tuvo, pero este final es un hecho que se lo buscó."
Pero hay un dejo inconfundible de tristeza en cada una de sus acciones, que se tornan un pálido calco de las hazañas con que Pichula Cuéllar intentaba ocultar su miserable condición de eunuco, aquel navega olas y corre en su auto a temerarias velocidades, mientras su creador pugna por acumular premios y honores. Pero en el fondo ambos están conscientes de sus elementales carencias: a uno Judas le comió sus genitales, mientras que al otro, el pueblo peruano le restregó en la cara su atávico desprecio, truncando para siempre su vedetismo más íntimo. A partir de ahora, Pichula Vargas Llosa vagará por el mundo con un talego repleto de dólares, la barriga llena, la conciencia sucia y el Nobel bajo el brazo, con la secreta esperanza de que un buen día por fin deje de escuchar los amenazantes ladridos de Judas, que le persiguen desde aquella noche triste del 10 de junio de 1990.
lunes, septiembre 27, 2010
Juan Domingo Torres vive

25 de septiembre de 2010
jueves, septiembre 16, 2010
Comunicado del CRC Norte A ante el brutal atentado contra el arte y la cultura en San Pedro Sula (15-Sep)
En el comunicado difundido por Café Guancasco se establece con claridad la real dimensión del brutal atentado contra la cultura:
“Informamos que este 15 de septiembre del 2010 fuimos reprimidos brutalmente por la policía y el ejército, mientras ofrecíamos nuestro concierto "¿Cuál independencia?", junto a miles de personas, entre las cuales había niños y niñas, ancianos y ancianas, muchas más que disfrutaban de nuestra presentación en forma pacífica. A poco menos de 10 minutos de comenzada la función, los órganos represores atacaron directamente el espacio en donde nos encontrábamos, lanzando bombas lacrimógenas al escenario y a todo el perímetro en donde se desarrollaba la actividad, seguidamente rociaron con agua y gas todo el equipo de audio y los instrumentos, lanzando de la tarima y robando muchas partes del mismo.
Un integrante de nuestra banda fue brutalmente golpeado en la cabeza y las manos, el compañero es además un integrante de la banda hondureña Montuca Sound System y se había unido a nuestra gira que comenzaba con éste concierto. Otros compañeros de Café Guancasco salieron gravemente intoxicados del perímetro y tuvieron que ser atendidos médicamente. Café Guancasco es una agrupación musical que forma parte del Frente Nacional de Resistencia Popular y en esta ocasión llevábamos a cabo junto a muchas organizaciones locales este concierto que era un regalo para todo el Valle de Sula”.
Finalmente, el Consejo Regional de Cultura Norte A expresa su solidaridad con todos los compañeros que fueron víctimas de la represión y, ante la brutal escalada fascista, exige una investigación exhaustiva y el castigo ejemplar para los responsables de ordenar y ejecutar esta feroz agresión en contra de nuestra comunidad cultural.
San Pedro Sula, a los 16 días del mes de septiembre de 2010
Consejo Regional de Cultura del Norte “A”
Consejo Local de Cultura de San Manuel, Cortés
Consejo Local de Cultura de Cofradía, Cortés
Consejo Local de Cultura de La Lima, Cortés
Consejo Local de Cultura de Masca, Cortés
Consejo Local de Cultura de El Progreso, Yoro
Consejo Local de Cultura de Pinalejo, Santa Bárbara
Consejo Local de Cultura de Macuelizo, Santa Bárbara
miércoles, septiembre 08, 2010
Hotel Postmoderno

Los post de este blog pertenecen a la gestación de la primera novela del grupo, que fue escrita íntegramente en él, firmando todos los autores con el mismo nick para así perder la autoría y no saber nunca quién escribía, borraba, variaba, repasaba... cada texto. El hilo conductor fue el espacio: un hotel, y el estilo se homogeneizó a partir de una receta literaria y una imaginería común (libros, películas, publicidad...) pactada previamente.
No dejen de visitar el blog para ver cómo va la cosa.
Remember Mario Santiago

Remember
Veo bailar a mis zapatos
((empeyotado & lúcido))
Me veo bailar de cráneo a rabo/ desnudísimo
Si ayer fue / todavía es hoy
Hijo de Cri Crí
& Groucho Marx
Jalo la reata azul de mi trapecio
Arcángel freak
Demonio puro
Grifo fierabrás
Manantial alteño
: What ever this means :
En la entrepierna del sueño
vaporosos gemidos nos bautizan
Las líneas de la mano son látigos
Cicatrices de calcinadas amatistas
Ancha boca el espejo de la vulva / trasterrada /
Las escaleras: vacías
& el siseo incesante del glande hipnotizado
la señal de la gacela al Buda
Abeja & ojo son 1 solo helicóptero en ascenso
Ajolote que enamora al musgo
El primer vello brujo
En el pubis de la ígnea Galatea
Despertar es serrucharse
Sacarle la nalga a la jeringa
Preferir la regadera al sudor de la raíz
cuando No hay mayor humedad que la del lodo
jueves, septiembre 02, 2010
Para combatir modas detestables

martes, agosto 17, 2010
Marihuana y literatura (4)

lunes, agosto 09, 2010
Réquiem por la “vieja gran puta de la literatura”

Dublinesque
Down stucco sidestreets,
Where light is pewter
And afternoon mist
Brings lights on in shops
Above race-guides and rosaries,
A funeral passes.
The hearse is ahead,
But after there follows
A troop of streetwalkers
In wide flowered hats,
Leg-of-mutton sleeves,
And ankle-length dresses.
There is an air of great friendliness,
As if they were honouring
One they were fond of;
Some caper a few steps,
Skirts held skilfully
(Someone claps time),
And of great sadness also.
As they wend away
A voice is heard singing
Of Kitty, or Katy,
As if the name meant once
All love, all beauty.
* "Dublinesque" by Philip Larkin, from Collected Poems. © Farrar, Straus, and Giroux, 2004.
Dublinesca
donde la luz es de peltre
y en las tiendas la bruma obliga
a encender las luces sobre
rosarios y guías hípicas,
está pasando un funeral.
La carroza va delante,
pero detrás la acompaña
a pie una tropa de mujeres
con anchos sombreros floreados
vestidos hasta los tobillos
y manguitos de carnero.
Hay un aire de amistad
como si rindieran honra
a una que era muy querida;
algunas se alzan las faldas
diestramente y dan saltitos
(dos palmas marcan el tiempo);
y también de gran tristeza.
Mientras siguen su camino
se oye una voz que canta
para Kitty, o Katy, como
si el nombre hubiese albergado
todo el amor, toda la belleza.
miércoles, agosto 04, 2010
Marihuana y literatura (3)

lunes, agosto 02, 2010
Marihuana y literatura (2)

El haschisch según Baudelaire
Inspirado por Thomas de Quincey y sus Confessions of an English Opium-Eater (1821), Charles Baudelaire escribió Los paraísos artificiales (1860), con el propósito de analizar la tendencia del hombre a buscar un mundo de placer infinito, alejado de las miserias cotidianas. A Baudelaire le interesa analizar las dos vías que el hombre de su tiempo encontró para alcanzar aquel ideal artificial: el hachís y el opio. El autor de Las flores del mal compara las bondades del vino con las miserias del hachís: el vino colma de dicha al hombre, mientras que el hachís aniquila la voluntad humana. La visión que tiene Baudelaire del hachís está signada por el desencanto, pues considera que tan solo exagera al individuo y sus circunstancias.
(...) La segunda fase se anuncia con una sensación de frescor en las extremidades, y con una gran debilidad; uno siente, como se dice vulgarmente, que tiene las manos de trapo, la cabeza pesada y una estupefacción general en todo el ser. Los ojos se agrandan, se sienten como tironeados en todos sentidos por un éxtasis implacable. La cara se llena de palidez, se vuelve marmórea y verdosa. Los labios se retraen, se recogen y parecen querer meterse para adentro. Roncos y profundos suspiros se exhalan del pecho, como si nuestra, naturaleza anterior no pudiera soportar el peso de esta nueva naturaleza. Los sentidos adquieren una finura y una agudeza extraordinarias. Los ojos penetran el infinito. El oído percibe los sonidos más imperceptibles en medio de los ruidos más violentos.
Y las alucinaciones comienzan. Los objetos exteriores adquieren apariencias monstruosas. Se nos revelan bajo formas desconocidas hasta entonces, luego se deforman, se transforman, y finalmente entran en nuestro ser o bien nosotros entramos en ellos. Los equívocos más singulares, las trasposiciones de ideas más inexplicables, se producen y se desarrollan. Los sonidos adquieren color, los colores adquieren música. Las notas musicales son números, y vosotros resolvéis con espantable rapidez prodigiosos cálculos aritméticos a medida que la música penetra vuestro oído. Estas sentado y fumas; pero crees estar sentado en tu pipa y que es tu pipa la que te fuma; y es tu propio ser el que se desvanece bajo la forma de nubes azuladas. Te encuentras allí muy bien, salvo que te preocupa y te inquieta una cosa: ¿Cómo haces para salir de la pipa? Esta fantasía dura una eternidad. Un intervalo de lucidez nos permite con gran esfuerzo mirar el reloj. La eternidad ha durado un minuto.
(...) El vino exalta la voluntad; el haschisch la aniquila. El vino es un apoyo físico; el haschisch es un arma para el suicidio. El vino hace bueno y sociable; el haschisch aísla. El uno es laborioso, por así decirlo; el otro, esencialmente perezoso. ¿Para qué trabajar, en efecto, laborar, escribir, fabricar lo que sea, cuando se puede obtener el paraíso de un solo golpe? En fin, el vino es para el pueblo que trabaja y que merece beberlo. El haschisch pertenece a la categoría de los goces solitarios; está hecho para los miserables ociosos. El vino es útil, produce resultados fructíferos. El haschisch es peligroso e inútil.
(...) Terminaré este artículo con algunas hermosas palabras que no son mías, sino de un notable filósofo poco conocido, Barbereau, teórico musical 94 y profesor del Conservatorio. Yo estaba cerca de él en una reunión donde algunas personas habían tomado el bienaventurado veneno, y me dijo entonces con acento de desprecio indecible: "No comprendo por qué el hombre racional y espiritual se sirve de medios artificiales para llegar a la beatitud poética, puesto que el entusiasmo y la voluntad bastan para elevar lo a una existencia supernatural. Los grandes poetas, los filósofos, los profetas, son seres que, por el puro y libre ejercicio de la voluntad, consiguen llegar a un estado en el que son a la vez causa y efecto, sujeto y objeto, hipnotizador y sonámbulo."
Yo pienso exactamente lo mismo.
miércoles, julio 28, 2010
Marihuana y literatura (1)

lunes, julio 05, 2010
Testamento de la palabra. Nadine Gordimer

El tiempo y los libros confirmaron que yo era escritora, y que la literatura de testimonio, si es un género de circunstancias, de tiempo y lugar, era lo mío. Tenía que encontrar cómo conservar mi integridad frente a la Palabra, la sagrada misión del escritor. Me di cuenta, como creo que hacen muchos escritores, de que en lugar de restringir, inhibir y anular burdamente la libertad estética, la condición existencial de quien da testimonio la amplía e inspira, rompiendo, a través de la necesidad, las limitaciones previas que me imponían el sentido formal y el uso del lenguaje: así es posible crear formas y usarlas de manera novedosa.
Las definiciones de la palabra inglesa “testigo” llenan más de una columna en letra pequeña del Oxford English Dictionary (OED): “Atestación de un hecho, suceso o declaración, prueba, evidencia; alguien que está o estuvo presente y es capaz de dar testimonio a partir de la observación personal”. En esos sentidos de la palabra, las cámaras de televisión y los fotógrafos son testigos principales, cuando se trata de dar testimonio de una catástrofe moderna de impresionante impacto visual. No se necesitan palabras para describirla, ni posibilidad de que las palabras puedan hacerlo. Las noticias de primera mano o el periodismo descriptivo son pálidos testimonios que suceden a la imagen. El análisis del desastre viene luego y se da en términos políticos y sociológicos, a través de enfoques ideológicos, nacionalistas o populistas. Hay quienes afirman gozar de esa esquiva y reducida condición llamada objetividad.
En el caso de los sucesos del 11 de septiembre de 2001, a los contextos políticos y sociológicos hay que agregar el análisis en términos religiosos. La acepción número ocho del OED dice: “Alguien que da testimonio de Cristo o la fe cristiana, en especial con su muerte, un mártir”. Condicionado por la cultura occidental cristiana, el OED toma la curiosa decisión semántica de reducir su definición del término “testigo” solamente a una creencia religiosa. Pero en este sentido, los perpetradores de los ataques terroristas en Estados Unidos también eran testigos de otra fe, una que el diccionario no reconoce: cada uno de esos hombres daba testimonio de la fe del Islam, a través de la muerte y el sacrificio.
La poesía y la ficción son procesos de lo que el OED define como el “testimonio interno” del testigo. La literatura de testimonio encuentra su lugar en las profundidades del significado revelado, en las tensiones de la sensibilidad, la conciencia intensa y la permanente receptividad frente a las vidas de aquellos entre quienes los escritores experimentan la suya propia como fuente de su arte. Kafka escribió que el escritor ve entre ruinas “cosas diferentes (y más que los demás)... es salirse de la fila de los asesinos; es ver lo que realmente está sucediendo”.
Ésa es la naturaleza en cuanto testigos que los escritores pueden y seguramente deben adoptar, y han venido adoptando desde tiempos antiguos, en virtud de la formidable responsabilidad que representa ser receptores del séptimo sentido: la imaginación. El hecho de “ver realmente” qué ha sucedido proviene de lo que parecería una negación de la realidad: la transformación de los hechos, los motivos, las emociones y las reacciones, que pasan de la inmediatez al significado duradero de su sentido.
En el último siglo, así como en el que apenas comienza de manera tan sombría, hay muchos ejemplos de esta cuarta dimensión de la experiencia que es el espacio y el lugar del escritor. “No matarás”: el dilema moral que el patriotismo y ciertas religiones exigen que desaparezca del pensamiento del soldado está en el poema de W. B. Yeats sobre un piloto de la Primera Guerra Mundial: “No odio a aquellos a los que combato, / no amo a aquellos a los que defiendo”. Ésta es una forma de salirse de la fila de los asesinos que sólo puede lograr el poeta.
La marcha Radetzky y El busto del Emperador forman el canto épico en dos partes del novelista austríaco Joseph Roth acerca de la desaparición del viejo mundo con la desintegración del Imperio austrohúngaro, y son testimonio interno del creciente número de refugiados que empezaron a aparecer desde entonces y a lo largo del nuevo siglo, el coro griego de desposeídos que se ahogaban con la música de fondo del consumismo. También son testimonio del caos producido por las consecuencias ideológicas, étnicas, religiosas y políticas –Bosnia, Kosovo, Macedonia– que la visión de Roth nos permite ver.
Las estadísticas del Holocausto son una contabilidad infernal, y sus cifras todavía se pueden ver tatuadas en los brazos de la gente. Pero sólo Si esto es un hombre, de Primo Levi, logra ser testimonio permanente de las condiciones de existencia de aquellos que sufrieron, de una manera que se convierte en parte de nuestra conciencia universal.
La barbarie que culminó con el lanzamiento de bombas atómicas sobre Japón fue descrita por Kenzaburo Oe en la novela corta La presa, sobre la Segunda Guerra Mundial, en la cual un soldado americano negro sobrevive a la caída de un avión de guerra en un distrito remoto de Japón y es descubierto por gente de la aldea. Nadie ha visto nunca a un negro. Lo encadenan a una trampa para jabalíes y lo encierran en un sótano; encargan a unos chicos para que le lleven comida y desocupen el balde en el que hace sus necesidades. Totalmente deshumanizado, “El soldado negro comienza a existir con el único propósito de llenar la vida diaria de los chicos”.
Los niños sienten fascinación y terror hacia él, hasta que un día lo encuentran tratando de manipular la trampa con una destreza manual que les resulta conocida. “Es como una persona”, dice un niño. Le llevan a escondidas una caja de herramientas. El soldado logra liberar sus piernas. “Nos sentamos junto a él y él nos miró, luego enseñó sus inmensos dientes amarillos y aflojó las mejillas, y quedamos atónitos al descubrir que también podía sonreír. En ese momento entendimos que estábamos unidos a él por un vínculo repentino, profundo y pasional, que era casi ‘humano' ”.
La genialidad de Oe cuando ofrece este testimonio interno es profunda al no olvidarse de las circunstancias aleatorias –con esto me refiero a la otredad, que es definitiva en la guerra–, que terminan en que el cautivo usa al chico como escudo humano cuando los adultos vienen a matarlo.
El nivel de tenacidad imaginativa con el cual el poeta surafricano Mongane Wally Serote da testimonio de los sucesos apocalípticos del apartheid es orgánico en la persistencia de su percepción. Serote escribe: “Quiero ver lo que sucedió./ Hecho esto,/ con tanto silencio como penetran en el suelo las raíces de las plantas/ miro lo que sucedió.../ cuando los cuchillos entraron y salieron de la gente/ como el día y la noche en el tiempo”.
Mucho antes que eso, la grandeza del testimonio interno de Joseph Conrad encontró que el corazón de las tinieblas no estaba en la estación fluvial adornada con calaveras de Kurtz, sitiada por los salvajes congoleses, sino en las oficinas del rey Leopoldo de Bélgica, donde las mujeres se sentaban a tejer, mientras se organizaba el salvaje comercio del caucho, cuya eficiencia se aseguraba cortando las manos de los negros que no cumplían con la cuota.
Éstos son ejemplos de lo que Czeslaw Milosz llama la “fusión de elementos individuales e históricos”, y que Georg Lukács define como “una memoria creativa que atraviesa el objeto y lo transforma” y “la dualidad del mundo interior y el mundo exterior”.
He hablado de la condición existencial del escritor de literatura de testimonio, tal como yo definiría esa literatura. Pero ¿qué tan involucrado debe estar el escritor personalmente, qué tanto se debe arriesgar en los eventos, los levantamientos sociales o las amenazas contra la vida y la dignidad? En un ataque terrorista, cualquier persona presente está en riesgo y se convierte en activista-en-cuanto-víctima. En las guerras u otros conflictos, el escritor puede ser una víctima. Pero, al igual que cualquier otra persona, el escritor también puede elegir ser protagonista, y si elige ser protagonista, indudablemente experimentará la literatura de testimonio definitiva.
Así lo creía Albert Camus. Camus esperaba que entre sus camaradas de la Resistencia Francesa, que habían sufrido tantas cosas física y espiritualmente devastadoras pero también fortalecedoras, surgiera un escritor que lo plasmara todo en literatura para llevarlo a la conciencia de los franceses como no podría hacerlo ningún otro testigo. Pero Camus esperó en vano el surgimiento de ese escritor. Las experiencias humanas extremas no hacen a un escritor. Oe sobrevivió a la explosión atómica; a Dostoievsky le conmutaron la pena de muerte en el último momento frente al pelotón de fusilamiento; pero el gusto por escribir tiene que estar ahí, tal como un cantante posee el don de tener magníficas cuerdas vocales, o un boxeador posee talento de agresión. Primo Levi podría estar hablando de otros escritores cuando, interno en Auschwitz, se dio cuenta de que las historias de los cautivos tenían cada una un tiempo y una condición que no podían ser comprendidos “excepto del modo en que... entendemos los eventos de las leyendas”.
La dualidad del mundo interior y el mundo exterior: ésa es la condición existencial esencial del escritor como testigo. La mayor parte de la gente tal vez considera a Marcel Proust el escritor famoso menos afectado por los eventos públicos, pero los críticos parecen pasar por alto que el cuarto de trabajo forrado en corcho en el que lo confinaron no impidió sus brillantes revelaciones sobre el antisemitismo que reinaba entre los privilegiados y poderosos. Así que acepto de Proust, sin ninguna reserva, esta indicación: “La marcha del pensamiento en el solitario trabajo de la creación artística avanza hacia abajo, hacia las profundidades, en la única dirección que no nos está vedada, por la cual podemos avanzar libremente, hacia la meta de la verdad”.
Los escritores no pueden permitirse el hybris de creer que plantan la bandera de la verdad en un territorio ineluctable. Pero no podemos dejar por fuera nada en nuestro trabajo solitario hacia el significado. Tenemos que buscarlo en aquellos que cometen actos de terrorismo, tal como lo hacemos en la vida y la muerte de sus víctimas. Tenemos que reconocer su existencia. A partir de su interpretación de la fe cristiana, el sacerdote de Los comediantes, de Graham Greene, dice: “La Iglesia condena la violencia, pero condena con más severidad la indiferencia”. Otro de sus personajes, el doctor Magiot, declara: “Prefiero tener sangre en las manos y no agua, como Pilatos”.
¿Se pierde la libertad artística en la literatura de testimonio? Picasso dio una airada respuesta a la pregunta acerca de la libertad creativa en nombre de los artistas de todos los campos. “¿Qué creen que es un artista? ¿Un imbécil que sólo tiene ojos si es pintor, u oídos si es músico, o una lira en el corazón si es poeta? Muy por el contrario, un artista es, al mismo tiempo, un ser político, que tiene conciencia permanente de lo que sucede en el mundo, ya sea desgarrador, amargo o dulce, y no puede evitar ser moldeado por eso”. Tampoco el arte. Y así surge el Guernica . Como le escribió una vez Flaubert a Turgeniev: “Siempre he tratado de vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda golpea sus muros y amenaza con minarla”.
En los cincuenta me propuse dar un testimonio interno en Seis pies de tierra, una historia escrita casi de forma anecdótica sobre cómo se le negaba la posesión del suelo africano a su legítimo propietario negro, que no podía ser dueño ni siquiera de un pedazo tan pequeño como una tumba. En los setenta, cuando la expropiación de los africanos llegó a su trinchera final bajo el apartheid, me encontré escribiendo una novela, El conservador, en la cual una forma combinada de lirismo y su antítesis, la ironía, trata de transmitir el significado de la tierra, que está enterrado junto con el cadáver de un hombre negro desconocido en la finca de descanso de un hombre blanco; el cuerpo se levanta con la creciente del río para reclamar la tierra. El regreso obsesivo al tema –las bases mismas del colonialismo en el cual viví– es expresión subconsciente de mi enamoramiento de siempre con las posibilidades de la Palabra y, al mismo tiempo, un reconocimiento del imperativo de ser testigo.
Después escribí la novela La hija de Burger, y fue, en cuanto literatura testimonial, una exploración del testimonio interno de la dedicación política revolucionaria entendida como una fe similar a cualquier credo religioso, con dogmas que no deben ser cuestionados por los creyentes, y que pasa de padre a hija y de madre a hijo. El lirismo y la ironía no servían allí, donde la supervivencia interna de la personalidad de una hija dependía de que recuperara la vida de sacrificio voluntario de su padre, su amorosa relación con ella y las exigencias que le impusieron las aspiraciones más altas del padre, su fe política. En esta novela, los documentos sirvieron para descifrar el testimonio interior. Tenía que cuestionar esta historia con muchas voces internas, contarla de una forma en que pudiera alcanzar su significado, sumergido bajo la ideología pública y la acción. Sin embargo, no era una búsqueda psicológica sino estética.
No hay ninguna torre de marfil que pueda impedir que la realidad golpee los muros, como anotaba Flaubert. En lo que respecta al testimonio, la imaginación no es irreal: es una realidad más profunda. Sus exigencias nunca permiten transar con la sabiduría cultural convencional y con lo que Milosz llama las “mentiras oficiales”. Ese intelectual que no hacía concesiones, Edward Said, pregunta: ¿quién, si no el escritor, debe “dilucidar los debates, los desafíos y las esperanzas, derrotar el silencio autoritario y la calma normalizada del poder?”. No obstante, la última palabra sobre la literatura de testimonio la tiene Camus: “Cuando no sea más que un escritor, dejaré de ser escritor".
Nadine Gordimer (Sudáfrica, 1923), es premio Nobel de Literatura 1991. Este texto fue leído en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2006.
lunes, junio 28, 2010
Sobre La casa del cementerio, por Sara Rolla

por Sara Rolla
León Leiva Gallardo, según la reseña biobibliográfica, nació en Amapala, Honduras, en 1962, y se educó y vive fuera de este país. Sin embargo, La casa del cementerio (Tusquets, 2008) puede, a mi juicio, considerarse un aporte sustancial a la narrativa hondureña. Este juicio suena especulativo y hasta descabellado, pero quien lea la novela y esté familiarizado con su referente, reconoce, desde las primeras líneas, el habla, el ambiente, la problemática social y cultural de Honduras y, por qué no, una especie de tributo implícito (por amargo, por irónico que resulte) a las raíces del autor. Hay, inclusive, un sentimiento de extranjería en el protagonista que, paradójicamente, también resulta muy representativo de la cultura local (“… siempre guardé distancia, y nunca logré sentirme netamente hondureño”, dice en la página 89). Para quienes procedemos de culturas impregnadas de nacionalismo, es patente ese sentimiento de desapego al ámbito propio que campea aquí.
No hay gratuidad ni ludismo, no hay humor inocente y ligero en ninguna línea del texto. Hay, en cambio, tensión y dramatismo, y denuncia hábil, jamás panfletaria, del papel jugado por Honduras como peón del imperio , con todo el horror que eso conlleva.
Hay una estructura habilidosa y mucha sutileza poética en los títulos de los capítulos, así como abundantes alusiones literarias incluidas en forma sobria y natural. Y, sobre todo, hay un clima opresivo muy logrado, con una visión desesperanzada que entronca con la mejor vertiente de la novela hispanoamericana contemporánea. (Un autor que vino, no sé si arbitrariamente, a mi memoria, en muchas páginas, es Onetti, por esa carga de frustración, agobio y soledad que recorre el texto, por ese ambiente pueblerino asfixiante que enmarca las acciones y, en definitiva, por ese vacío existencial en que está inmerso el protagonista).
En lo estilístico, encontré, al principio, algunos giros idiomáticos que me parecieron “infelices”, por cierta propensión a la retórica (por ej.: “cuando ya había abatido los deslindes del insomnio”, p. 31); pero después, andando el texto, supe perdonarlos (ah, la maestra incorregible, ya olvidada de la genialidad de muchos desprolijos, como Arlt), máxime al encontrar expresiones tan precisas e ingeniosas como ésta: “La cena, provisionalmente, veló los pensamientos”( p. 82).
Excelente novela ésta que, repito, enriquece notablemente la narrativa de este suelo.