domingo, febrero 24, 2008

El nuevo shandy

En plena forma, luego de volver al relato breve en Exploradores del abismo, Vila-Matas sigue engrosando el listado de shandys. En este caso, y partiendo de una recomendación implícita en un texto de Monterroso, nos revela la figura del escritor irlandés Brendan Behan, quien solía describirse a sí mismo como "alcohólico con problemas de escritura". Nueva York, el hotel Chelsea y Dylan Thomas coinciden en esta crónica, donde destaca la exacta noción que Behan tenía de la existencia, “donde lo único importante es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera". Salud y a buscar el libro de este conspirador.

Ebrio de Nueva York
Enrique Vila-Matas
Me perseguía el enigma desde que Monterroso dijera en Viaje al centro de la fábula que "crónicas de viaje como New York de Brendan Behan son la máxima felicidad". Durante largo tiempo estuve preguntándome quién diablos sería aquel Behan y dónde encontrar su libro. Y recuerdo que, siempre que veía a Monterroso, me olvidaba de preguntárselo. Y recuerdo también que, un día, cuando menos lo esperaba, hallé el nombre de Brendan Behan en una nota periodística sobre huéspedes famosos del hotel Chelsea de Nueva York. Pero allí de Behan decían tan sólo que había sido un brillante escritor irlandés que solía describirse a sí mismo como "alcohólico con problemas de escritura". Tan escasa información agrandó aún más el enigma de aquel santo bebedor, hasta que un día descubrí a Behan camuflado tras el personaje del charlatán Barney Boyle en la barra de un pub en El secreto de Christine, novela escrita por John Banville con el seudónimo de Benjamin Black. Aún sorprendido por el hallazgo, me dediqué a espiar el ambiente en el que se movía aquel Boyle, contrafigura de Behan: atmósfera de niebla, estufas de carbón, vapores de whisky y humo viciado de cigarrillo. Y me llegó la impresión de que cada vez estaba más cerca del auténtico Behan. No me equivocaba. La semana pasada entré en una librería y, como si hubiera estado allí esperándome toda la vida, di de pronto con Mi Nueva York.
Ingenioso monólogo, el libro de Brendan Behan es un soliloquio tan emotivo como humorístico sobre la ciudad de Nueva York, a la que el autor consideraba el lugar más fascinante del mundo. Nada podía compararse a esa eléctrica ciudad, el centro del universo. El resto era silencio, flagrante oscuridad. "Después de haber estado en Nueva York", decía Behan, "cualquier persona que regrese a casa forzosamente tendrá que encontrar bastante oscuro su lugar de origen". Y así Londres, por ejemplo, tenía que parecerle al londinense, llegando de Nueva York, "una gran tarta aplastada de suburbios de ladrillo rojo, con una pasa en medio que sería el West End".
Mi Nueva York, que Behan escribió al final de su vida, es un recorrido por el infinito genio del paisanaje de una ciudad de felices destellos humanos. Behan escribió su libro en el hotel Chelsea, cuando ya estaba muy alcoholizado, a principios de los sesenta. Eran días de twist y madison, pero también de incipiente revolución. Unos años antes, el galés Dylan Thomas se había presentado en el Chelsea en la noche del 3 de noviembre de 1953 anunciando que había tomado dieciocho whiskies seguidos y que aquello le parecía todo un récord (murió seis días después). Pasados unos diez años, como si del mismísimo "barco ebrio" del poema de Rimbaud se tratara, "arrojado por el huracán contra el éter sin pájaros", el irlandés Behan iba a presentarse también en aquel hotel en condiciones tan beodas como las del galés, y sería auxiliado por Stanley Bard, el dueño del Chelsea, que le daría alojamiento a él y a su mujer, aun sabiendo que al escritor le habían echado de todos los hoteles. El gran Stanley Bard sabía que si había algún lugar donde Behan podría volver a escribir era el Chelsea. Y así fue. El hotel de la calle veintitrés, que siempre fue considerado un lugar propicio para la creatividad, se reveló crucial para Behan, cuyo libro fue redactado -sospecho que en realidad fue dictado- en la misma galería en la que viviera Dylan Thomas.
El libro habla de la ebriedad natural que le provocaba a Behan aquella enérgica ciudad en la que, al caer la tarde -seguramente la tarde de su propia vida-, se le hacía siempre patente que a fin de cuentas lo único importante en este mundo es "tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera". En cuanto al estilo del libro, podría sintetizarse así: escribir y olvidar. Los dos verbos suenan como un eco de la conocida relación entre beber y olvidar. El propio Behan, que tenía muy poco de administrador de palabras, dice haberse decantado por esta opción-express: "Habré olvidado este libro mucho antes de que vosotros hayáis pagado vuestro dinero por él".
Aunque irlandés, Behan no era administrador de nada, si acaso la excepción a la regla de aquella afirmación de Paul Morand de que Nueva York pertenece a los judíos, los irlandeses la administran, y los negros la gozan. Porque lo último que Brendan Behan deseaba hacer era administrar algo de su amada ciudad. Tal vez por eso su estilo en Mi Nueva York está hecho de opiniones que son como disparos sin ánimo de ser administrados más allá del disparo mismo, de descargas o juicios deliberadamente furtivos acerca de todo el personal humano que tenía a su alcance: los negros, escoceses, camareros, homosexuales, judíos, taxistas, beatniks -no tiene desperdicio su amable disparo sobre Kerouac-, financieros, latinos, chinos y, por supuesto, los irlandeses, que andaban en clanes familiares por toda la ciudad vigilándose los unos a los otros y creando una sensación única de vida, como si ésta fuera tan sólo una balada sobre la lluviosa tierra natal.
A lo largo de Mi Nueva York, en ningún momento olvida la energía de sus maestros literarios: "Shakespeare lo dijo todo muy bien, y lo que se dejó por decir lo completó James Joyce". Precisamente, su forma de acercarse a cada uno de los bares de Nueva York recuerda a esa escena de la biblioteca en el Ulises de Joyce, cuando declina el día y el decorado y las personas externas a Stephen empiezan a disolverse en su percepción, tal vez porque las bebidas que ha tomado en el almuerzo y la excitación intelectual de la conversación, entre trivial y anodina, de la biblioteca, las va haciendo alternativamente más nítidas o más borrosas. Así también, con alternativas diáfanas o difusas, van apareciendo en el libro de Behan, según el grado de su entusiasmo privado, los bares del Nueva York de principios de los años sesenta. Y los nombres, a modo de fascinante y perturbadora letanía sagrada, van cayendo, inexorables, legendarios: McSorley's Old Ale House, Ma O'Brien's, Oasis, Costello's, Kearney's, Four Seasons, y el Metropole de Broadway, donde nació el twist.
Con tan esencial y sacra letanía, ¿cómo no acompañar felices el monólogo de este gran enamorado, de este gran ebrio de Nueva York, a lo largo de su recorrido por las calles de la ciudad adorada? Yo leí el libro como si estuviera en una mesa junto a la puerta de hierro del asombroso Oakland, el bar de la esquina de Hicks con Atlantic de Llámame Brooklyn, la novela de Eduardo Lago. Y hacia al final, al caer la tarde, hasta creí vivir con Brendan Behan ese momento irrepetible y oscuro que no se olvida, ese instante entre joyceano y elegiaco en el que los ensueños del escritor absorben paulatinamente el mundo que tiene alrededor mientras se desvanece la luz diurna y se acumulan las impresiones del día en una armonía de sonidos urbanos y una mezcla conmovedora de sentimientos y luz declinante que llega hasta las mismas puertas del Chelsea, donde nunca apagan la luz.

Un daguerrotipo de Virginia Woolf

Se adelantó a Joyce al especular con el monólogo interior, una forma de regurgitar el pensamiento como los rumiantes. Fue la primera en oír voces superpuestas, las mismas que vulneraban su mente hasta llevarla a la claridad del sol entre la niebla. Lo cierto es que este preciso daguerrotipo de Virginia Woolf, delineado sin prisas ni remordimiento por Manuel Vicent, retoma -más allá de las estridencias feministas que en algunos casos la reducen a la versión femenina del póster del Ché- las circunstancias vitales que marcaron una de las obras más revolucionarias de la narrativa del siglo XX

Virginia Woolf: una forma de cazar mariposas
Manuel Vicent
Los antepasados de Virginia Woolf fueron comerciantes y contrabandistas, gente de hierro, de lejana estirpe irlandesa, con pecas rojizas en los rudos antebrazos. Uno de ellos, un tal William Stephen, al final del siglo XVIII, hizo una gran fortuna en las Antillas. Compraba a la baja esclavos enfermizos, los curaba y los revendía al alza a buen precio. Gracias a este detalle piadoso uno de sus descendientes, Leslie Stephen, cien años después, ya pudo ser un hombre honorable, crítico e historiador de gran reputación, padre de cuatro hijos de renombre: Vanessa, pintora posimpresionista; Adrian, médico; Virginia, escritora, y Thoby, que pese a haber muerto muy joven de tifus, aun tuvo tiempo de fundar, con algunos amigos de la universidad, una sociedad esotérica, llamada Los Apóstoles de Cambridge, conocida después como el Grupo de Bloomsbury. ¿A quién no le gustaría tener un negrero en el árbol genealógico y haber heredado su dinero purificado por varias generaciones para poder ser un rico y divertido esnob, estéticamente malvado e ingresar en la aristocracia de la inteligencia después de pasar por el Trinity College?
Largarse de este mundo tan sucio parecía ser su objetivo principal, que ensayó con un vaivén más o menos místico, una vez arrojándose por una ventana y otra tomando cinco gramos de veronal en un espléndido desayuno sobre la hierba
Julia Duckworth, con quien contrajo segundas nupcias el señor Leslie Stephen, había aportado a la familia tres hijos de su matrimonio anterior, George, Stella y Gerald. Instalados en el 22 de Hyde Park Gate, en Kensington, barrio elegante de Londres, hermanos y hermanastros, junto con los amigos tronados de Cambridge, formaron una camada excéntrica, neurótica y promiscua, de la que Freud pudo haber sacado traumas a la intemperie con una pala. Se trataba de demostrar quién entre ellos estaba más pasado de rosca. Ganó Virginia, a quien todos llamaban la Cabra, un mote que lució con gran coherencia hasta ahogarlo definitivamente en las aguas del río Ouse. Sus padres murieron pronto y estos golpes del destino habían liberado en la adolescente Virginia una niebla en su cerebro, cercana a la locura. Largarse de este mundo tan sucio parecía ser su objetivo principal, que ensayó con un vaivén más o menos místico, una vez arrojándose por una ventana y otra tomando cinco gramos de veronal en un espléndido desayuno sobre la hierba.
La familia dejó atrás la vieja mansión de Kensington para quemar el pasado, pero los fantasmas acompañaron a los hijos a la nueva casa, el 46 de Gordon Square, en el barrio de Bloomsbury, que enseguida se hizo famosa porque en ella celebraban tertulias los jueves por la noche aquellos seres que Thoby había recolectado en Cambridge, cada cual más moderno, frívolo e inane. Cazaban lepidópteros en los jardines de sus casas de campo vistiendo de forma vaporosa y con sombreros blandos; viajaban a Grecia y a Constantinopla con muchos baúles forrados de loneta y allí compaginaban la visión de Fidias o de la Mezquita Azul con la contemplación de niños andrajosos, lo que les permitía ser a la vez estetas y elegantemente compasivos; luego, bajo un humo de pipa con sabor a chocolate, en Gordon Square, discutían de psicoanálisis, de teoría cuántica, de los fabianos, de la nueva economía y de Cézanne, Gauguin, Van Gogh y Picasso. Aquellos seres parecían felices a mitad de camino entre la inteligencia y la neurosis en una trama alambicada de relaciones cruzadas más allá del bien y del mal, pero sus telas color manteca cubrían las mismas pasiones grasientas del común de los mortales. Al final toda su filosofía se reducía a celebrar fiestas caseras disfrazados de sultanes.
Mientras cazaban mariposas y se hacían los lánguidos en las blancas hamacas de las praderas de Asham, de Monk's Hause o en la playa, George llegó a violar a su hermanastra Virginia cuando todavía era una adolescente y desde ese momento ella ya no pudo reconciliarse con el sexo. Las jaquecas y las crisis nerviosas de su mente bipolar se unieron muy pronto a la histeria de enamoramientos precoces y siempre frustrados que la aprendiz de escritora vertía en un diario íntimo junto con las sensaciones de viajes, de paisajes y de personas que la rodeaban. En la casa de 46 Gordon Square, entraban y salían los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, el crítico de arte Clive Bell, que se casaría con su hermana Vanessa, el economista John Maynard Keynes, el escritor Gerald Brenan, el novelista E. M. Forster, la escritora Katherine Mansfield y los pintores Dora Carrington y Duncan Grant. Algunos, los más talentosos, se desperdigaron pronto. Al final el grupo de Bloomsbury quedó sólo en un retén de mediocres que debió la posteridad al genio de Virginia cuando sus novelas: La señora Dalloway, Al faro, Orlando, Las olas, fueron aceptadas por el público y finalmente los críticos admitieron que esta escritora había revolucionado el arte de narrar.
No tuvo ninguna oportunidad que se les regalaba a los vástagos varones. Como a todas las mujeres de entonces le fue prohibida la universidad; Virginia estudió griego y latín por su cuenta en casa; se bebió toda la biblioteca familiar; se casó con Leonard Woolf, uno del grupo, también escritor; en su luna de miel por España tomó leche de cabra y atravesó la miseria del sur en trenes lentos y sucios o anduvo a lomos de una mula por un paisaje abrupto de la serranía de Málaga en busca de su viejo amigo Gerald Brenan. En el equipaje traía también sus depresiones. El marido aceptaba con toda normalidad que ella le dijera que Eduardo VII la espiaba entre las azaleas o que los pájaros cantaban en griego. Nunca se ha dado el caso de un hombre tan paciente y enamorado de una neurótica cuyo talento literario iba por delante de su locura. Leonard la llevaba al campo o al manicomio siguiendo las mareas de su cerebro; llegó a fundar una imprenta elitista, la Hogarth Press, para imprimir y encuadernar a mano sus propios libros junto con los de T. S. Eliot, Freud y Katherine Mansfield. Y en las fotografías aparece a su lado resignado, sonriente y admirado.
En aquel tiempo de moral victoriana ponerse pantalones de hombre, ser sufragista, fumar en público cigarrillos egipcios, dar charlas en un círculo obrero siendo una señorita de alta sociedad y enamorarse de su amiga la poeta Vita Sackville West, esposa de un lord, y vivir con ella una relación lésbica no fue para Virginia Woolf un juego estético como el que ejercían sus amigos sino una forma de romper el dogal de hierro que la ahogaba, una actitud radical que la convertiría en una bandera del feminismo.
Rodeada de enfermeras y doncellas, de maletas para viajes y regresos, de fiestas e invitados, Virginia Woolf comenzó a labrar una literatura desestructurada en la que el tiempo se convertía en un fluido de la conciencia. En este sentido se adelantó a James Joyce a la hora de especular con el monólogo interior, una forma de regurgitar el pensamiento como los rumiantes. Virginia Woolf fue la primera en oír voces superpuestas, las mismas que vulneraban su mente hasta llevarla a la claridad del sol entre la niebla. Al final fue consecuente y se permitió el lujo de suicidarse. Esta vez no podía fallar. Sucedió el 29 de marzo de 1941, en Susex. Llenó de piedras los bolsillos del abrigo y se adentró en el río Ouse hasta quedar sumergida. Unos niños encontraron su cadáver 15 días después.

martes, febrero 12, 2008

Imprescindible Castillo


Con su acostumbrada concisión, y desde la certeza de la amistad compartida, el crítico Hernán Antonio Bermúdez nos regala esta aproximación al recordado Roberto Castillo, "voz imprescindible cuya ausencia empobrece a las letras hondureñas y centroamericanas". Y que mejor compañía que un texto similar del narrador Horacio Castellanos Moya, donde destaca que "era un placer escucharlo: tenía la sabiduría del hombre ajeno a la jactancia y las vanidades fáciles, la sabiduría de aquellos pocos para quienes el conocimiento es placer, asombro, misterio; y también tenía un humor agudo, pícaro, pero sin resentimientos, el humor de quien ya se ha resignado ante la tontería del género humano."


Una voz imprescindible
Por Hernán Antonio Bermúdez
Roberto Castillo nació en San Savdor en 1950 y murió en Tegucigalpa el pasado 2 de enero, después de una vida dedicada a la literatura y al pensamiento. Las letras hondureñas y centroamericanas se ha empobrecido tras su muerte. Estudió filosofía en Costa Rica, pero su auténtico aprendizaje lo obtuvo en sus lecturas. Era un fervoroso lector, devoto de la buena literatura. La lectura fue, ante todo, un ejercicio placentero que luego supo transformar en arsenal técnico: la herramienta del magnífico narrador que llegaría a ser.
Para Roberto “falta fortalecer la tradición propia hasta hacer de ella el punto de referencia desde el cual se midan todas las distancias, se tracen los sentidos y se haga realidad el ecumenismo cultural…”. “En una tradición tal –dijo- las ideas que hoy vagan sin respaldo ni acomodo, tendrán el soporte que les permitirá descargar toda su riqueza…” (cf. Del siglo que se fue, p. 316). Y, enfático, anota: “el conocimiento de nuestras peculiaridades es una vía de acceso, y la mejor, al pensamiento universal” (ibid. p. 322).
Sus relatos agrupados en Subida al cielo y otros cuentos, Figuras de agradable demencia y Traficante de ángeles, y su gran novela La guerra mortal de los sentidos, son verdaderos en el sentido en que una obra de ficción debe ser verdadera: a partir de las partículas dispersas que el escritor absorbe, combina y moldea, convirtiéndola en una nueva y vívida creatura.
Proust intimaba a los críticos a que no juzgaran su obra por su persona. Su persona de verdad estaba en su obra. Sólo en su obra. Sin embargo, es menester añadir algo sobre Roberto en su costado más personal.
Él detestaba la falsedad, es decir, el acartonamiento, el tono ampuloso, el desborde sentimental. Así, en la poesía admiraba el rigor, el laconismo y la emoción contenida que descubrió, por ejemplo, en los libros de Roberto Sosa y que atribuyó a su integridad, a su rechazo del facilismo y de la pedantería.
El autor de El corneta podía operar en, al menos, tres niveles: como narrador y literato, como pensador y filósofo y, en el plano social, como amigo entrañable. Y esa especie de vida tripartita es de orden ciceroniano.
En efecto, algo romano había en su capacidad de trabajar con similar ahínco en el campo literario y en el de la reflexión, y, por otra parte, saber disfrutar la compañía de los amigos. Jamás renunció a la amistad honesta y diáfana. Nada hace la vida más gratificante y me refiero a la convergencia de creencias, dudas y certidumbres mentales, cuyo agente más efectivo es la conversación.
Roberto practicaba la conversación como el arte de una época dorada, tal y como la definió alguna vez Evelyn Waugh: el chiste apto, la confidencia compartida, la construcción bilateral (o multilateral, según el caso) de una fantasía verbalizada en privado.
Era enteramente estoico –romano, otra vez-, sin ningún atisbo de auto-conmiseración. De mente abierta, nada le chocaba, pocas cosas le sorprendían. Tenía, por supuesto, un par de bestias negras. Como cierto aspirante a escritor, jactancioso y pedestre, de los que se desviven por figurar a toda costa. Con su sentido crítico, Roberto procuraba mantener a raya al “animalero” en las sombras.
Poseía un ojo de novelista para el detalle revelador, y la curiosidad acerca de los seres humanos propia de todo buen fabulador. No es gratuito que al leer su obra narrativa quede la impresión de desplazarnos a una realidad análoga a aquella en que vivimos pero más compleja, más rica, más ambigua y del todo inteligible.
Si bien era puntilloso y exigente con sus amigos, le recuerdo por su desprendimiento y la ausencia de rencor, por la amplia tolerancia de todos los puntos de vista, y el goce de los placeres deleitosos de la buena mesa, del humor y del ingenio.Su muerte ha dejado un inmenso vacío.

Quito, 10 de febrero del 2008


Sobre Roberto Castillo, un recuerdo precipitado
Por Horacio Castellanos Moya
Como presagio fatídico del año que comienza, Roberto Castillo murió en la mañana del 2 de enero. Tenía 57 años. Un día de septiembre pasado le descubrieron un tumor en el cerebro, hubo cirugía, pero enseguida le ganó la muerte.
Era el narrador hondureño de mayor reciedumbre.
Nació en San Salvador, en el Hospital de Maternidad. La explicación que daba a este hecho era sencilla: en 1950, desde la población de Erandique, en el occidente de Honduras, donde vivían sus padres, era más fácil llegar a la capital salvadoreña que a la hondureña.
Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica. Y a eso se dedicó durante muchos años: a enseñar rudimentos filosóficos a los alumnos de nuevo ingreso en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).
Así lo conocí, un día de marzo de 1980: yo llegaba desde San Salvador, de huída, y busqué la ayuda del poeta Roberto Sosa, entonces director de la Editorial Universitaria, y el poeta Sosa me contactó con el cuentista Eduardo Bähr, y éste con el crítico Tony Bermúdez. Tony me dio trabajo en la UNAH y me presentó a Roberto Castillo.
En aquellos días, cuando comíamos casi a diario en un cafetín universitario, Roberto ya tenía la barba que siempre usaría, los lentes de aro de carey y la incipiente barriga; también el tacto y las buenas maneras. Era siete años mayor que yo, y había leído muchísimo más: se movía a través de las diversas literaturas con pasión, gozo, contundencia; yo lo escuchaba con sed de aprendiz. Y caminábamos, entusiastas, un día sí y el otro también, hacia los talleres de la Editorial Universitaria, donde imprimían su primer libro, Subida al cielo y otros cuentos, la salida del cual pronto celebraríamos. En las noches, a veces, me llevaba de gira por lupanares y cantinas de mala muerte en la vieja Comayagüela; su consigna era beber una sola cerveza y al camino.
Ese primer semestre de 1980 fue de mucha agitación en Centroamérica, incluso en Tegucigalpa. Roberto, Tony y el poeta Rigoberto Paredes fundaron la revista Alcaraván y luego la editorial Guaymuras, donde sería publicada, un año más tarde, la primera novela de Roberto, El corneta, un texto que marcaría un hito en Honduras. Yo ya no estuve para celebrarlo; sólo permanecí tres meses en esa ciudad, pues el dios de la guerra me puso de nuevo en la ruta.
En 1984, Roberto obtuvo el Premio de Cuento de la Revista Plural en México. Como muy pocas veces sucede en esas latitudes, lo ganó a las limpias, sin padrinos ni "grillas", sólo gracias a la calidad de su obra. Lo recuerdo en una habitación de hotel en las cercanías de la Alameda en la Ciudad de México, rebosante de contento, impresionado por la magnitud de la metrópoli. En esa ocasión ya venía acompañado por Leslie, quien sería su mujer el resto de su vida. Generoso como siempre, me traía ejemplares de mi primer libro de relatos, publicado por Guaymuras, gracias a su apoyo y al de los otros amigos. El cuento que ganó ese premio, "La laguna" (si mi memoria no me falla), lo incluyó luego en el volumen Figuras de agradable demencia, publicado en 1985.
En los últimos años de la década de los 80, lo vi con alguna frecuencia. Vivía con Leslie en El Hatillo, en la cumbre de la montaña, en una especie de cabaña grande escondida entre los pinares, a un par de kilómetros de la casa donde yo pernoctaba cuando visitaba Honduras. En las tardes, bebíamos un par de copas en la terraza de la cabaña y luego salíamos a caminar por el bosque, bajo la niebla y el zumbido del viento. Era un placer escucharlo: tenía la sabiduría del hombre ajeno a la jactancia y las vanidades fáciles, la sabiduría de aquellos pocos para quienes el conocimiento es placer, asombro, misterio; y también tenía un humor agudo, pícaro, pero sin resentimientos, el humor de quien ya se ha resignado ante la tontería del género humano. En esos años, trabajaba con pasión en su novela mayor, La guerra mortal de los sentidos, que sería publicada finalmente en 2002, luego de varias peripecias.
A principios de la década de los 90 hubo un cambio de look en Roberto: empezó a vestir formalmente, con saco y corbata, sin importar el día ni la circunstancia, como los escritores de la generación anterior, formados en el oficio del funcionariado. Yo me burlaba, le decía que parecía diputado hondureño; él sólo sonreía y enseguida aprovechaba para hacer escarnio de la cultura de provincia que tan bien conocía. Su vestimenta formal no varió en lo mínimo su carácter jocundo, perspicaz; su risa contagiosa; su comentario punzante, demoledor, dicho al vuelo, como si apenas importara.
Releo el último email que me envió y decía: "Lamento ser el que te da tan triste noticia: ayer murió nuestro querido amigo Enrique Ponce Garay". Enrique había sido librero, crítico de cine, censor cinematográfico, pero sobre todo un gran lector. No sabía Roberto que su turno pronto vendría.
Escribe el poeta Adam Zagajewski en recuerdo de Zbigniew Herbert: "En las primeras semanas y los primeros meses después de haber perdido a un gran amigo la memoria repite: aún es demasiado pronto, todavía no veo nada, esperemos". Este es pues un recuerdo precipitado, apenas unas líneas balbuceantes del retrato que Roberto merece.

domingo, enero 27, 2008

Bolaño y México por Domínguez-Michael




El crítico mexicano Christopher Domínguez-Michael mantiene un blog en Letras Libres y hace unos días analizó, con su característica lucidez, el elemento mexicano en la obra de Roberto Bolaño bajo el sugestivo título de "Apuntes sobre la Patagonia mexicana", donde apunta una supuesta paradoja: "México se convierte en el inverosímil país de la vanguardia (el estridentismo y el infrarrealismo, esa pinta que Bolaño se inventa como matriz) y Chile queda reducido a ser una remota y provinciana capitanía, un cuartel conservador poblado por curas literatos, abogados, torturadores".


México es el centro de la obra de Roberto Bolaño (1953–2003), una vasta zona planetaria en la que ocurren, sucesivamente, la educación sentimental de los poetas (en Los detectives salvajes), la imagen pionera y desenfocada del exilio latinoamericano (con Auxilio Lacouture en Amuleto) y, en 2666, el feminicidio como la herida a través de la cual se drena el planeta. Bolaño termina 2666 con la palabra “México”, gesto cabalmente aquilatado por Juan Villoro en el prólogo de Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas (Universidad Diego Portales, Santiago, 2006).
(Relectura de Amuleto. Es una novela cursi sobre una heroína fatalmente cursi. El relato funciona como una introducción escolar al universo de Bolaño. Está escrita con la facilidad de las “novelitas burguesas” de José Donoso, comentario que a Bolaño, supongo, le hubiese enfurecido. O intrigado: quizá era demasiado inteligente como para dejar pasar la angustia de la influencias sin comentarla. Terapéuticamente.)
El legado mexicano de Bolaño, quien vivió en México una década decisiva, la que va de la adolescencia a la juventud parece muy distinto al dejado por los novelistas anglosajones. D.H. Lawrence, Lowry, Greene, o Aldous Huxley abrieron, cada uno con una llave distinta, puertas a la percepción de la nueva y la vieja religión (el tema de la resurrección de los ídolos), el jardín del Edén (en Bajo el volcán), la parodia del martirio cristiano (El poder y la gloria) o de cierta espiritualid pre–hippie (Ciego en Gaza, de Huxley). A Bolaño lo tienta una visión total (propósito imposible) y la frontera de su México imaginario coincide con los límites de su obra. Me da la impresión, vaguedad que debo explicar, que Bolaño como “extranjero” se asemeja a los pintores de origen alemán que se volvieron mexicanos en la segunda mitad del siglo XX (Paalen, Gerszo, Von Gunten). Un México que en el fondo no tiene anécdota, un país verdadero al que se le ha sustraído lo que la identidad tiene invariablemente de folclórica. México, en Bolaño, es menos que un relato, una superficie pintada, una visión. Esta impresión mía quizá se deba (como ocurre con frecuencia en la lectura más comprometida) al efecto de ciertos párrafos que funcionan como acceso a toda una obra, en este caso, lo mucho que me impresionaron aquellos que Bolaño dedica a los retardados atardeceres en el Distrito Federal, lo cual me permite imaginar Los detectives salvajes bajo la forma de un eterno crepúsculo.
El asunto (o tan sólo la palabra) del crepúsculo me lleva al mérito de Bolaño al conciliar lo que se contrapone. Pocas literaturas del siglo pasado en América Latina tan distintas como la chilena y la mexicana. Chile es la poesía chilena y ésta siempre se presenta como de vanguardia. El poeta chileno casi siempre pasa por vanguardero (como dice Gonzalo Rojas): su pose, su parada en el campo, tiende naturalmente al manifiesto, al espectáculo, al happening, a la instalación. Como ninguna otra de nuestras literaturas, la chilena, vive de la tradición de la ruptura y, en el peor de los casos, allá el vanguardismo es un academicismo. Neruda (más o menos) y Gabriela Mistral pesan lo suficiente como para equilibrar la balanza contra Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Gómez Correa, Enrique Lihn, Raúl Zurita, Juan Luis Martínez y otros tantos locos, a veces geniales, tantas veces tiranizados por la rutina de épater.
La poesía mexicana (que es lo que más le interesaba a Bolaño de nuestra literatura) tiene reputación de ser cerebral, filosófica, funcionaril, crepuscular, como se desprende de aquel comentario de Pedro Henríquez Ureña en Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1925). Ejemplo: no es extraño así que el gran Montes de Oca, el poeticista, sea acusado de producir metáforas surrealistas con la regularidad venal del artesano. Bolaño trabaja esa oposición y la voltea de cabeza: México se convierte en el inverosímil país de la vanguardia (el estridentismo y el infrarrealismo, esa pinta que Bolaño se inventa como matriz) y Chile queda reducido a ser una remota y provinciana capitanía, un cuartel conservador poblado por curas literatos, abogados, torturadores. En México, además, el crimen puede estetizarse (en 2666). En Chile (veáse Estrella distante), no del todo.
Buen conocedor de la historia literaria, Bolaño sabe que la vanguardia mexicana propiamente dicha se “rindió” de inmediato ante las prebendas revolucionarias del gobierno del general Adalberto Tejeda en Veracruz. Me encanta que Manuel Maples Arce, el vanguardista que no fue, el autor de unas memorias que compiten cerradamente con las de Torres Bodet en aburrición y en celo anticlimático, aparezca rehabilitado en Los detectives salvajes y diciendo de los visceralistas (p. 177) que “todos los poetas, incluso, los más vanguardistas necesitan un padre. Pero ellos eran huérfanos de vocación.”
En Bolaño, México es, por un lado, el país de los poetas jóvenes y el DF la ciudad de su iniciación. El tema de la vida literaria en México, en los años setenta, sería materia de una edición anotada de Los detectives salvajes. Saliendo del DF todo es el Norte, el desierto, la inmensidad que fragua la oposición con la isla chilena, reducida entre el mar y la cordillera. México acaba por ser, para Bolaño, la Patagonia mexicana y con Ciudad Juárez al fondo, el Far West del siglo XXI, como se nota cruzando los artículos reunidos en Entre paréntesis (2004), que van de su recuerdo de los cronicones de la Guerra del Pacífico que su madre le regalaba a la devoción por Chatwin. Hasta donde sé, en cambio, Bolaño no menciona a Francisco Coloane, el llamado Conrad austral.
Los héroes de Bolaño, lo han dicho todos sus buenos lectores, están construidos sobre arquetipos al estilo del detective, del buscador de oro, del cowboy. Sin apreciar ese lado aventurero (y a veces literal, no siempre irónico) es difícil entenderse con Bolaño.

Los poetas, el iPod y la vida




¿Qué lugar ocupa la poesía en la vida cotidiana? ¿Cómo le va ante competidores tan poderosos como el rock o el fútbol? ¿Se transformará ante la masificación de los medios? En su artículo “Ovidio en el iPod” (publicado en la edición de Letras Libres correspondiente a enero de 2008), el escritor mexicano José Emilio Pacheco analiza las múltiples paradojas de un género que, hoy día, es pura resistencia. Y finaliza señalando que: “La paradoja final de la poesía, que acaso explique su aislamiento, es ser mala conductora de la dicha y el placer, y en cambio receptáculo privilegiado de la negatividad del mundo. Sus topoi, o lugares comunes o temas privilegiados, son los mismos siempre en todas las lenguas, en todas las épocas, en todas las culturas: el dolor, la muerte, el paso del tiempo, lo efímero de nuestra experiencia de la vida. Y sin embargo, por obra y gracia del arte, el sufrimiento se transforma en un goce que sólo puede dar la poesía y gracias al verso se logra decir lo que nada más es posible expresar en un poema”. Recomiendo su lectura a todos los poetas, especialmente a mis amigos Jorge Martínez y Marco Antonio Madrid, con quienes hemos compartido largas conversaciones sobre el tema.

Escribir/actuar




No conozco su obra, apenas se que Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958) es autor de novelas como El comprador de aniversarios (Seix Barral) y Autómata (Bruguera). Pero los juicios que expresa en esta breve nota –extraída de la la edición de Babelia correspondiente al domingo 27 de febrero de 2008- me parecen justos, precisos, en la medida que nos impulsan a reflexionar sobre el verdadero sentido de la “práctica de la escritura”. La foto que acompaña a esta entrada es del autor del Tractatus Logico-Philosophicus, Ludwig Wittgenstein.

En literatura, uno de los más duros aprendizajes que lleva a la madurez es el del día en que uno cae en la cuenta de que es una actividad sin padre, sin origen. En literatura uno mismo es su propio padre. Aprende de su propio modelo, de la reflexión sobre su propia experiencia. Y sin embargo, el escritor es incapaz de escribir sobre lo que le pasa "realmente". Como mucho, lo mixtifica en la fábrica de la literatura. La ficción pasa a ser, así, liberación o venganza de la propia vida, salpicada por aquí y por allá en sus novelas y poemas.
La vida del escritor es, pues, un emerger tortuoso hacia la acción. Es la conquista de algo aún no logrado del todo, pero que se encuentra in progress. Una de las obras obsesivas de mi vida ha sido el difícil Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgenstein, y tardé mucho tiempo (veinticinco años) en comprender que la lectura de esa obra inaugural puede ser, por su intensidad, una gran revelación en el campo literario. Enseña ideas, provoca revelaciones, intuiciones, asume planteamientos, forma moldes de conocimiento aplicables a la vida y a la literatura, aparte del objetivo intencional de su autor: la lógica, el pensamiento. Lo primero y básico que revela es una determinación activa. Enseña la acción, que es una obsesión del escritor: hacer acción, no estar en la pasividad; quizás porque ser escritor es algo en esencia pasivo: mirar, escrutar, describir las acciones de los otros, de lo otro, ser, por tanto, otro. Todo el arranque del Tractatus es fundamental para entender la vida como actividad. Y la literatura, para casi todos los escritores, es el hecho y el lugar de ese tránsito a la acción, a la actividad. Pero, ¿quién transita? Lo anónimo, es decir, nadie. O quizá Dios, el No-Existente por excelencia, que es un imitador del escritor, que a su vez es un imitador de Dios.
Roland Barthes lo expresa en S/Z cuando escribe acerca de la base de la literatura como una no-respuesta a la pregunta de "¿quién habla?". Dice Barthes: "Flaubert opera un malestar saludable en la escritura: no se sabe nunca si es responsable de lo que escribe (si hay un sujeto detrás de su lenguaje); pues el ser de la escritura (el sentido del trabajo que la constituye) es impedir que se responda a esta pregunta: ¿quién habla?". Esto recuerda a lo que decía Forster acerca de lo anónimo como base de lo literario.
Al escritor de verdad sólo le interesa la revelación. Lo que de pronto aflora de la realidad y siempre ha estado en ella, esperando el momento de revelarse. La literatura, entonces, sirve para dar respuestas, como aspiraba Wittgenstein encontrar en la filosofía. La lectura, por obvia derivación, es una búsqueda de respuestas, que se agudiza con la edad.
Quizá proceda todo esto de la lección de Leibniz acerca de la analogía entre el orden del mundo, la realidad en suma, y el orden gramatical de los símbolos en el lenguaje, algo que está muy presente en el Tractatus y en toda la obra de Wittgenstein. Leibniz/Wittgenstein: una muy interesante mezcla para la reflexión del escritor sobre su propia práctica de escritura. Baudelaire la aprobaría.

martes, enero 22, 2008

Vida y muerte de Roberto Castillo



Gracias a la proverbial gentileza de Julio Escoto, quien nos envió la edición virtual de Áncora, suplemento cultural del diario La Nación de Costa Rica, hoy podemos compartir esta nota de Carlos Cortés, donde el escritor tico rememora con nostalgia a su amigo, el narrador hondureño Roberto Castillo. Además, se incluye la imagen de Roberto Castillo en el metro de París, original del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, quien la incluyó en su libro dedicado a los escritores latinoamericanos, El país de las palabras.



El escritor hondureño Roberto Castillo Iraheta murió antes de cumplir los 57 años, en la cúspide de su talento, sin alcanzar el lugar que merecía su narrativa en el contexto centroamericano y siendo casi desconocido en Costa Rica, a pesar de que algunos de sus mejores títulos fueron publicados por editoriales nacionales.
Murió el pasado 2 de enero, como si no quisiera irse del todo del 2007, sin advertir que enero (Januarius) es el mes de Jano, el dios bifronte que ve al mismo tiempo hacia atrás y hacia adelante, y que también es la deidad de las puertas y del tránsito de un mundo a otro.
A pesar de su posición relativamente marginal si la comparamos con la literatura de Nicaragua o la de Guatemala, la hondureña dio, en el siglo XX, dos narradores excepcionales: Julio Escoto (La balada del pájaro herido o la novela Rey del albor Madrugada) y, por supuesto, Roberto Castillo.
En 1996, la Editorial de la Universidad de Costa Rica (EUCR) publicó su mejor volumen de relatos, Traficante de ángeles, “vidas, opiniones y sentencias de genios provisionales”, como él mismo lo llamó, culminación del bestiario personalísimo que inició en 1980 con Subida al cielo y otros cuentos y, en especial, de la notable colección Figuras de agradable demencia (1985). En este libro incluyó las narraciones por las que obtuvo el Premio Latinoamericano de Cuento Plural, en México.
En 1981 se hizo famoso en Honduras con una novela breve, El corneta, su libro más reeditado, y traducido al inglés. Es una parodia exquisita del mal hondureño por excelencia: el ejército y su vinculación tentacular con la sociedad civil.
En 1995 concluyó su segunda novela y su obra narrativa más importante, La guerra mortal de los sentidos. Por avatares editoriales en España, que no vale la pena recordar, tardó siete años en publicarse y no obtuvo la resonancia que él esperaba y que un texto de esa magnitud demandaba, al menos en Centroamérica.
En el 2005, la EUCR recopiló sus mejores ensayos filosóficos, artículos literarios y crónicas bajo el título Del siglo que se fue, y la Editorial Costa Rica publicó, el año pasado, un libro de cuentos que apenas está circulando, La tinta del olvido, y que va de lo real maravilloso a la ciencia ficción apocalíptica. Son ellos dos títulos premonitorios que, a la postre, terminaron siendo sus últimas obras publicadas en vida.
El otoño en París. Conocí a Roberto hace diez años, en París, en días más felices. Desde ese momento me sorprendió su personalidad austera y volcada hacia el interior de sí mismo, características que parecían hacerlo el reverso del escritor centroamericano. Como otros hondureños distantes del Caribe, revelaba el aire formal, un poco español, de un jesuita o del reconcentrado profesor de filosofía que supo ser durante años.
Su afabilidad desconcertante y su carácter amable y pausado, que lo volvían sospechoso de pecados inconfesables para un escritor, parecían incompatibles con la buena literatura. Pero no, no lo era.
Como él mismo decía, nunca pudo despojarse del todo de sus años de infancia y juventud en la ciudad colonial de Erandique, perdida no sólo en el sudoeste hondureño sino en el tiempo, y que le concedió para siempre una pátina de vetusta severidad.
Esos rasgos, un tanto retraídos y –si se quiere– adustos, contrastan con una narrativa pletórica de ironía, sátira social, exploraciones literarias y juegos temporales, al corriente tanto de la evolución del relato contemporáneo y de la novela latinoamericana como del lenguaje coloquial y la esencia de lo que significa ser hondureño.
El argentino Daniel Mordzinski, el famoso fotógrafo de escritores, lo retrató en París: con saco y corbata, chaleco y un impermeable contra la descarnada certeza del otoño. Posa en una estación de metro delante de un tren que no se sabe si llega o si se marcha, con un bosquejo de sonrisa apenas vislumbrada, sin permitirse un dejo de burla, pero tampoco de empatía, más bien contenido, como la única presencia definitiva en un cuadro evanescente.
Roberto se inventó a sí mismo a partir de la literatura clásica de la biblioteca de su abuelo y de la filosofía que cursó en la década de 1970 en la Universidad de Costa Rica.
Provenía de la Honduras profunda, en la que el tiempo circular de los rituales anacrónicos y la violencia más despiadada se dan la mano en formas retorcidas.
Historias de apocalipsis. Un importante escritor francés, Patrick Deville, dedica a Castillo varios capítulos de su novela Pura vida. Vida & muerte de William Walker (2004), y completa el retrato: “Fina barba negra de marino, pelo negro y rostro sonriente, severas gafas de cura, Roberto Castillo manipula con precisión y calma de letrado, filósofo en la universidad de Tegucigalpa y erudito narrador, un enorme Mitsubishi equipado con brújula y altímetro, y un indicador de inclinación del vehículo cuya aguja observamos por las serpenteantes callejuelas del barrio de El Bosque al norte de la ciudad”.
Roberto no fue un escritor de cuentos aislados, sino de libros de cuentos de largo aliento. Desde su primer libro adquirió el tono apocalíptico y el hálito profético que destila su mejor narrativa. Su primer libro, Subida al cielo , contiene su relato más famoso y antologado, “Anita, la cazadora de insectos”, que en el 2002 llevó al cine, sin fortuna, su compatriota Hispano Durón.
En el 2004 nos vimos en Madrid con su esposa, Leslie Jiménez, una mujer extraordinaria como son casi todas las mujeres de los escritores, y desde entonces nos “emiliamos” con frecuencia y compartimos un asiento virtual en el consejo de redacción de una revista también virtual.
La noticia de su muerte, y el tardío antecedente de un tumor cerebral incurable, y la nostalgia, me llegaron de golpe el 2 de enero. Sigo viéndolo bajo la luz indecisa del otoño en París, en un metro que se va para siempre, sin decir adiós.

jueves, enero 17, 2008

Julio Escoto y el Jonás


Prometo buscar el libro en mis bibliotecas, debo tenerlo. Yo lo edité (imprimí) en EDUCA tras leerlo juntos con Edilberto en mi casa de San José, licencia que como viejo amigo desde la ESProfesorado me concedió. Ambos además estudiábamos metafísica, por lo que no me extraña que el texto se me esconda en casa cada vez que lo busco, Edilberto nunca estuvo definitivamente satisfecho. Una vez lo prometí a Helen, lo tomé del librero y se lo dí. Ella se sorprendió, este no es, dijo. No era. Otra vez la familia autorizó prestarlo a estudiantes, no lo he vuelto a hallar, pero debe estar allí, entre mil libros y papeles. Si hay alguien que desea rescatar esta obra excepcional soy yo, en memoria de quien siempre me prodigó la más limpia amistad. Este año lo hago.

Julio Escoto, en correo electrónico dirigido al editor

lunes, enero 14, 2008

Adiós a mimalapalabra


"Hartos de las pobres y malas palabras, pero sin perder el hábito de la carcajada...". Así comenzó, hace ya algunos años, una aventura ético-literaria llamada mimalapalabra. Y mantuvimos la imprescindible integridad necesaria para sobrevivir con dignidad en un medio tan pendejo como el nuestro, donde cualquier indigente mental se cree compelido a cumplir un destino natural al proclamarse como el único salvador posible de la poesía.

Y nos reímos a carcajada batiente de tanto palurdo aspirante al Nóbel, de tanto publicista confundido entre el verso y el eslógan, de tanto epíteto bancario, de la poesía macdonald para llevar, de versos a-fónicos, de papeles sin arte ni oficio, de idiotas anónimos y de amargos peces trasnochados...

Luego vino la etapa en La Prensa, donde tratamos de mantener nuestro ideario ético-estético y, hasta hace muy poco, todo marchó bien, con disensos y asperezas que fueron sorteadas con cierta gracia, con sentido común y solidaridad. Pero el retiro de uno de los editores responsables y una infausta manipulación provocaron que la última edición de mimalapalabra fuera usurpada por las opiniones de un diletante -apenas disfrazadas por los tímidos balbuceos de un anónimo partenaire- celebrador de los antivalores literarios que hemos combatido desde siempre.

Por esa razón hemos optado por abandonar la nave de la mala palabra mimada, al menos en su actual formato impreso, donde no tenemos la garantía de que los ideales que dieron vida al grupo puedan sobrevivir en medio de las absurdas presiones mediáticas y una cierta ingenuidad colindante con la abulia malsana. Tal vez en fechas próximas tengamos lista una agradable sorpresa.
Hasta entonces, adiós...

domingo, noviembre 25, 2007

Escribir poesía en el pais de los imbéciles


por Mario Gallardo


“Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro
Para verme a mí mismo:
Como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
Con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
Pero escribiendo.”

Roberto Bolaño, fragmento del poema hasta entonces inédito titulado “Mi carrera literaria” y con fecha “octubre de 1990”.
La Universidad Desconocida, pp. 7-8.



Agosto 27 de 2007
Escribir poesía en el país de los imbéciles. Vaya título, aunque bien pensado es apenas un pretexto, nada más que una línea garrapateada para designar a un diario de navegación. Piensen en el logbook de Rayuela que Julio Cortázar le obsequió, quién sabe con qué avieso propósito, a Ana María Barrenechea. Días y fechas, anotaciones, fragmentos, recetas, lecturas, sobre todo lecturas. Anotaciones sobre los libros que lee. Cortazariano al fin, paciente tibetano, Bardo Thödol y mandala, recoge notas íntimas, tiernas conjeturas sobre una existencia marcada por la literatura. Patético como Ignatius Reilly, con la equívoca e inútil arrogancia de algunos personajes de Coetzee. La reacción opuesta al “preferiría no hacerlo”. Bartleby a la inversa: prefiero decirlo, prefiero escribirlo. Leer y escribir. La vida como una lectura infinita, sumergida entre negro sobre blanco, pero después de haber vivido, con el peso ineludible de seguir viviendo. Tomar notas diarias y ampliarlas durante el fin de semana, corregir y engrosar, los nuevos mandamientos: no eliminar nada, no dejar espacio sin ocupar, horror vacui, barroco posmoderno, el paisaje completo en un haba, la migración de los sentidos, adiós al significante tutor, el espacio estereográfico de Barthes…el placer del texto a ultranza.

Nota imprescindible: Evitar las alusiones, evitar a toda costa que los personajes se parezcan a cualquier insulso con ínfulas suficientes como para sentirse personaje de novela. Desaplicados, díscolos lectores, recuerden que todos los personajes aquí reunidos son absolutamente ficticios, y cualquier parecido con seres que medran en este mundo sublunar es pura coincidencia; además, es imprescindible enfatizar -como dice Fresán: "en una aclaración obvia, pero nunca del todo innecesaria"- que el hecho que algunos pasajes estén narrados en primera persona no implica que el autor comparta ideas, haya protagonizado o justifique las acciones de quienes aquí cuentan sus vidas y sus historias y sus muertes. Evitar la nota al pie de página, “recordar que una historia no es más que el fantasma de una vida”.

26 de agosto de 2007
Me veo al espejo y ¡zas!, ahí está de nuevo la incertidumbre terrible: ¿quién soy?, ¿a quién pertenecen esa nariz superlativa, ese elefante boca arriba, ese par de órbitas inquisidoras? Doppelgänger que te escruta con frialdad, no hay emoción en esa cara, es la de un extraño, un perfecto extraño, pero hay algo en su mirada que reconoces. Más que una información es un sentimiento, un indicio que te traslada, Wells mediante, al día en que platicaste con tus propias células (¡ah Timothy picarón, lástima que no te siguieron con la constancia y el entusiasmo necesarios! ¡cuántas guerras nos hubiésemos saltado!). La tarde feliz, a la orilla de la piscina, blue lagoon en medio de oasis bananero, el regusto amargamente delicioso de la cerveza que inicia su frío recorrido por tu garganta, y los cuentos de Bestiario en la otra mano: la pareja de hermanos, ese “simple y silencioso matrimonio de hermanos”; pero en esa época aun eras ingenuo y no atendiste a la insinuación (ahora, en este preciso instante, te imaginas a Julio, con un Gauloise entre los labios y el vaso de vino en la mano que, irónica sonrisa de por medio, te dice: “pero ché, debiste aplicarle la misma lectura que a “Ciclismo en Grignan”). Misión imposible para ese imberbe lectorcillo de fines de los setenta que aun no había leído la sórdida confesión del Cronopio: “Creo que no he escrito nada más erótico que “La señorita Cora”. Pero volvamos al doppelgänger que te mira. También hubo una noche doblemente fantástica, la noche entre los espejos del serrallo, la doble cara de la luna, arriba y abajo y a los lados, un entrevero de piernas y muslos, una cabellera negra, lujosa, que apenas deja ver un seno, una nariz perfecta, multiplicados hasta el hastío; y tu cara, de placer repetida hasta siempre, hasta nunca, perdida ya en la bruma alcohólica… Pero te gustaba también “Axolotl”. También allí veías al doble, la doble existencia: el hombre y el anfibio, porque el ajolote es un anfibio. No equivocarse, no es un pez, recuerda: siempre investigar a fondo, no existen ideas generales Gregorovius, debes permitir que la Maga te cuente con lujo de detalles cómo la violó el negro en el conventillo. La investigación a fondo: Reino: Animalia, Phylum: Chordata, Clase: Amphibia, Orden: Caudata, Famila: Ambystomatidae, Género: Ambystoma, Especie: A. mexicanum. Ahí está: mexicano tenía que ser el bendito axolotl, aunque a Cortázar nunca lo he sentido muy proclive a lo charro. Aparte de “La noche boca arriba” (y es que este día no salimos del tema del doble) no le recuerdo otro cuento, otro relato ambientado en la “región más transparente del aire”. Sí lo intentó con Nicaragua, enamoramiento tan violentamente inútil, salvo un texto rescatado al ritmo de una proyección fantástica de diapositivas. Pero volvamos a los temas lisérgicos. Fue antes o después; no, primero fue el THC, y la cerveza, y el THC de nuevo. Lasitud, paz consigo mismo y con el mundo. Peace and love. Todo tranquilo. Y la casa que empieza a ser invadida por esos odradeks rioplatenses, porque está claro que fueron odradeks, lo que pasa es que Julio se resistió a ser explícito: la ambigüedad, ante todo la ambigüedad ché. Y para esa fecha ya la influencia kafkiana andaba como demasiado vista, casi casi cliché de oprobio. Pero no hay duda, hay un momento en “Casa tomada” en que resulta insoportable la respiración del odradek que se cuela a través de las revelaciones de los hermanos. Parece demasiado arriesgado, un atrevimiento imperdonable, plantear a Julio como antecedente de Vila-Matas. Confieso que a mi me encanta la idea: Cortázar como miembro de número de la sociedad de los portátiles, Montano y Oliveira tomando una copa y fumando como desesperados en el Café de Flore. Además, ambos vivieron y leyeron y pensaron en París, con todas las posibles implicaciones que este hecho puede tener para un escritor, ya sea argentino o catalán o kurdo. Pero volvamos a los temas lisérgicos. Fue antes o después; no, primero fue el THC, y la cerveza, y el THC de nuevo. Lasitud, paz consigo mismo y con el mundo. Peace and love. Todo tranquilo. Después llegó M y su eterna propuesta de estados alterados. Y esa tarde de viernes en el menú iba incluida una diminuta pastilla, cuya sorprendente dureza resistía a la cuchilla Victorinox con la que intentamos dividirla. Finalmente logramos escindir el átomo y cada uno guardó su electrón, “para más tarde, para cuando estemos en la playa”. La playa, posibilidad remota a las cuatro de la tarde, después de media docena de cervezas y otra ración de THC disolviéndose a gran velocidad en el corriente sanguíneo, fue certeza incuestionable.

Escritores leyendo, escritores que conversan
Basta. A partir de hoy no más fechas. A cuenta de qué tanta precisión. Sustituirlas por el título alusivo, el epígrafe salvador, el guiño al lector cómplice (o la cáscara de banano, una de dos). Pero lo cierto es que acabo de leer a Piglia y descubro varias frases antológicas, incluso parece que fueron escritas para ser recreadas en estas líneas. Y cuando Piglia habla hay que escucharle con atención, entre otras cosas, porque es de los escritores que siempre tienen algo nuevo e inteligente por decir. Contrario a los del boom, que ya parecen disco rayado, cada uno palimpsesto de otro palimpsesto. Lo telúrico en distinto envase: coroneles, generales, madrastras y tías, gallos y bananeras, revoluciones y héroes degradados, ilusiones y desesperanza. América latina, marca registrada. Por eso mejor sigo con Piglia, quien me está contando sobre la conversación y su importancia en la literatura, la conversación como elemento central de la literatura, y lo mejor es que incluye en este contexto a las discusiones en los bares y -quizás por eso- termina afirmando que las amistades entre los escritores son complejas y luego, axiomático, señala que “uno sólo puede ser amigo de un escritor si le gusta lo que éste escribe”. Más de acuerdo no puedo estar, aunque no he sido amigo de ningún escritor, creo que tampoco he sido amigo de nadie, quizás fui amigo de Z, aunque me acosté con ella y compartimos algunas horas de vuelo rasante y dicen que entre los verdaderos amantes no puede existir amistad, pero creo que Z sí fue mi amiga, además nunca me importunó con celos ni aspiraciones de exclusividad o de ejercer soberanía sobre la ínsula barataria. Y conversábamos bastante, y bastante bien. Ella me escuchaba y yo la escuchaba, nos escuchábamos, y luego hacíamos el amor, pero ahora que lo pienso éramos como dos solistas, dos virtuosos que se juntan para tocar una pieza que tiene bien marcadas las distancias entre ambos, y para quien los escucha suena bien, suena muy bien, pero ellos nunca se encuentran, sinuosos jazzistas que se empecinan en sus takes particulares. Aunque quizás fui amigo de S, poeta excelso, gloria universal que fuera inmortalizado en la publicidad de un banco local, tras haber distribuido las 200 páginas de su opera omnia en cinco inmortales cuadernillos de 40 folios, en los cuales, según T, el crítico por excelencia: “el clasicismo rezumaba en unos versos insólitos para la literatura nacional”. Y T había publicado sus juicios en el periódico dirigido por U, quien a su vez era amigo de S. Y hay que decir además que, en forma periódica, S le reenviaba a U por correo electrónico los juicios que desde distintos confines del mundo le remitían sus admiradores, todos expertos en materia de las belles lettres, como el fiscal de Atacama o la periodista nacional que residía en Miami, quienes coincidían de manera absoluta en que sólo la abominable tozudez de los académicos suecos era la línea Maginot que separaba a S del Nobel. Pero lo cierto es que con S conversábamos con notable soltura y humor, quizás atizados por las rondas consecutivas de cerveza, y a mi me gustaban algunas de sus obras, no todas, pero algunas. Pero mejor volvamos a Piglia, quien está explicando a Villoro que por más que los teóricos de la posmodernidad afirmen que se acabaron los grandes relatos, que la verdad se ha retirado de escena, que la significación y el sentido no son la cuestión, hay un empecinamiento en la literatura, en los escritores, por persistir en la búsqueda de ese sentido, y los grandes momentos de la literatura tienen que ver con grandes personajes “que nunca abdican del intento de encontrar el sentido”. Y luego Piglia pasa a enumerar y los nombres de Ahab, Herzog y Don Quijote resuenan en mis oídos. Y pienso, mientras apuro otro trago de cerveza, que yo podría añadir que en el sinsentido también encuentro sentido a lo que dice Piglia, y, émulo indigno, paso a enumerar y los nombres de Bartleby, K, Wakefield y Godot resuenan en mis oídos. Otras voces, otros ámbitos. Pero volvamos a los escritores que conversan y entonces Piglia menciona a Bolaño y yo me remuevo, como preparándome para lo que viene, que no sé a ciencia cierta lo que será, pero intuyo que será inteligente, que será original y entonces Villoro, quien a su vez está conversando con Piglia, recuerda a los detectives salvajes y afirma que se dedican “a investigar poéticamente la realidad” y yo no puedo dejar de pensar en Mario Santiago y pienso que quizás esta frase le haría atragantarse de risa o, en el mejo de los casos, quizás hasta le daría un abrazo a Juan y recordarían el largo viaje que hicieron juntos, cuando cruzaron a bordo de un autobús casi todo el DF rumbo a la presentación de un libro en la UNAM, y al llegar aquí no puedo dejar de pensar que en algún rincón de este fragmento, tan enrevesado y caótico, se dijo que “uno sólo puede ser amigo de un escritor si le gusta lo que éste escribe”, y entonces aprovecho para señalar que coincido con esta frase, que incluso quisiera elevar a axioma, y así es como me siento amigo de Villoro, de Piglia y, cómo no, de Bolaño, y disfruto leyendo sus cosas y leyendo también conversamos y me presentan a sus amigo y así conocí a Vila-Matas y a Pauls y a César Aira y a Castellanos Moya, aunque a Lacho lo conocí antes…pero mejor paro de contar y me pongo a leer, que es lo mismo que escribir y escribir es conversar…

lunes, noviembre 12, 2007

Para llegar a Cardona Bulnes


El título de esta entrada parafrasea a otro del Cronopio Mayor, donde JC reitera su voluntad por acercar a los posibles lectores a la obra de su admirado Lezama Lima (*). Un empeño similar mueve al investigador hondureño Leonel Alvarado, quien se afana en la dura tarea de desvirtuar toda una serie de tonterías que se han urdido en torno a la obra y figura de quien posiblemente sea el último (¿o el único?) de los mitos de la poesía nacional: Edilberto Cardona Bulnes. Con la secreta esperanza de que los literatti vernáculos abandonen el lugar común y se dediquen al "estudio fecundo", me atrevo a revelar el enlace con la tesis de Alvarado, para que sea leída por todos: https://drum.umd.edu/dspace/bitstream/1903/233/1/umi-umd-1339
Y de una vez, aprovecho este espacio para hacer público el llamado que he hecho al ministro de Cultura, para que esta dependencia destruya el mito y publique el Jonás, acabando de una vez por todas con tanta chismografía seudoliteraria que se ha tejido en derredor a este libro. Se suman a esta petición los poetas Jorge Martínez y Gustavo Campos, quien ya ha empezado la cruzada al conseguir una fotocopia del texto (le fue cedida por Helen Umaña), pero le faltan las primeras 17 páginas, por lo que se hace un llamado a Julio Escoto y a José Gonzáles, quienes han aceptado, sotto voce, ser afortunados poseedores de sendas versiones completas, para que nos hagan llegar las hojas restantes y así se pueda emprender el trabajo de edición y difusión de esta obra fundacional.
(*) P. D. Sólo para el archivo:
Cortázar, Julio: "Para llegar a Lezama Lima", La vuelta al día en ochenta mundos, pp. 135-155, Siglo XXI, México, 1967.

sábado, abril 21, 2007

Mario Santiago Papasquiaro



Acá les va un nota breve de Juan Villoro acerca del buenazo de Mario Santiago Papasquiaro, el alma pura del infrarealismo. También les confieso que me conformo con que lo lean, así que no se sientan obligados a dejar comentarios, ni fotos, ni otras cursilerías...Vale


Mario Santiago por Juan Villoro



Hace unos días murió Mario Santiago Papasquiaro. Nos conocimos en 1973, en el legendario taller de cuento Miguel Donoso Pareja. Mario se llamaba entonces José Alfredo Zendejas y era el más brillante alumno del taller de poesía de Juan Bañuelos. Cada dos o tres miércoles visitaba a los narradores en calidad de temible turista. Criticaba con poca piedad y mucho humor. Cuando un autor que había escuchado demasiadas canciones de Mercedes Sosa trató de retratar la pobreza extrema haciendo que todos sus personajes comieran tortas de fideo, Mario le dijo: Lo que te interesa no es contar algo sino demostrarnos que tus personajes tienen muy mala dieta. Pero el fideo es bastante sabroso. Las tortas más pobres están rellenas de migajón. Discípulo de Breton y de su pez soluble, Mario citaba objetos imposibles para apoyar sus argumentos.

A los 18 años había leído todos los libros, visto todas las películas, escuchado todos los discos. Con Héctor Apolinar, Roberto Bolaño y otros iconoclastas fundó la vanguardia infrarrealista. Inspirados en el beat, el surrealismo, la patafísica y, sobre todo, en rebeldías poéticas latinoamericanas como el nadaísmo y el grupo del Techo de la Ballena, los infrarrealistas tomaron por asalto las lecturas y los cocteles de nuestra serenísima república de las letras, rompieron vasos jaiboleros, hicieron happenings de box y corrieron el albur de quemarse en un ambiente donde el escritor, y sobre todo el poeta, debe posar como un gentleman enciclopédico. A propósito de Mario Santiago, el escritor colombiano Eduardo García Aguilar escribió en La Jornada Semanal un texto en el que reflexiona sobre la fobia que nos inspiran los locos literarios. En otros países de América latina, los arrebatos de Mario hubiesen sido normales; en México, su provocación y sus descaradas actitudes de clown lo llevaron al ostracismo. Aunque escribía con furor grafómano, publicó su primer libro en 1995, el delgado volumen Beso eterno en ediciones Al Este del Paraíso. En el colofón puso la fecha de su nacimiento: 24 de diciembre de 1953. El libro era una epifanía y, en cierta forma, el inicio de su despedida.

Mario adoptó como segundo apellido Papasquiaro, en homenaje al pueblo de Durango donde nació su admirado José Revueltas. El alcohol y el riesgo formaron parte inseparable de su experiencia estética. Sus amigos de los años setenta compartimos su pasión por las drogas, pero no nos atrevimos a seguirlo en sus órbitas de cosmonauta psicodélico. Cuando sus poemas me parecían una mafufada, me decía: Eres un pendejo; cuando me gustaban, me los arrebataba furioso: Eres todavía más pendejo. Obviamente, el afecto no impedía que por momentos fuera una lata. Para trabar relaciones con desconocidos recurría al elemental expediente de la injuria; sin embargo, después de un par de mentadas protocolarias se transformaba en un conversador cálido y memorioso. Sus recuerdos eran una inequívoca prueba de lealtad. Con fechas de escabrosa precisión, atesoraba todo lo que habíamos conversado y le gustaba repetir anécdotas con devoción ritual. Durante los trepidantes cierres de edición de La Jornada Semanal, se presentaba a contar el viaje que hizo a Israel en busca de una mujer amada; su voz se alzaba con teatralidad, como si acabara de descubrir la historia que habíamos repasado infinidad de veces. También era un obsesivo recitador de sus poemas. Ante mi incapacidad de escucharlo a las cuatro de la mañana, decidió grabar sus versos en la máquina contestadora hasta agotar el caset.

El autor de Beso eterno solía presumir un recorte del periódico El Financiero en el que se hablaba de él, no tanto como un alarde de vanidad, algo que siempre repudió, sino como un insólito documento de su existencia.

Mario murió atropellado a los 44 años. Su familia encontró un poema escrito unos días antes, que lleva por título sus iniciales y equivale a un testamento poético.

Hace algunos años, nos encontramos en Ciudad Nezahualcóyotl. Los dos teníamos que ir de ahí a la UNAM y compartimos la larga travesía por la ciudad. De nuevo, Mario mostró su parcialidad por el pasado. Me contó de la primera vez que bebió whisky, en casa de la familia Larrosa. Hay cosas que te pasan sólo porque eres joven -me dijo-. Yo no tenía nada que dar a cambio de lo que me ofrecían en esa casa. Mi único mérito era ser joven.

En efecto, ciertos dones llegan sin otra exigencia que la juventud. Uno de ellos fue conocer a Mario.

domingo, abril 01, 2007

Bolaño y los mercachifles


En la vida siempre hay decepciones, pero algunas duelen más que otras. Por ejemplo, apenas acabo de leer que la editorial Anagrama publicará “los relatos póstumos del escritor chileno Roberto Bolaño” y ya me duele el corazón. Y el dolor se agudiza luego de "revisar" la explicación que acompaña a la noticia, donde se afirma que:
“Tras la muerte de Roberto Bolaño, su amigo y albacea Ignacio Echevarría encontró en su ordenador “un puñado de cuentos y de esbozos narrativos entre los numerosos archivos de texto”. Entre ellos destacaban los de un archivo, BAIRES, en el que Bolaño “debió de trabajar durante los meses anteriores a su muerte” y que son parte de los que están a punto de ver la luz en El secreto del mal (Anagrama). El volumen toma su título de uno de los relatos, que se abre con una declaración de principios: “Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final”. “La obra entera de Bolaño”, insiste Echevarría, “permanece suspendida sobre los abismos a los que no teme asomarse. Es toda su narrativa, y no sólo El secreto del mal, la que parece regida por una poética de la inconclusión”.
Pero una cosa es lo que diga Echevarría y otra cosa es lo que pensará el lector cómplice de Bolaño, sobre todo después de leer tres de los textos que publica el suplemento El Cultural, como un adelanto a la publicación del libro y luego de afirmar que son “puro Bolaño”. Y claro que son "puro Bolaño", porque es indudable que él los escribió, pero se nota a leguas que son apuntes para sus obras mayores, Los detectives salvajes y 2666, y que, de ninguna manera, podrían ser considerados como creaciones autónomas, redondas, por más que don Ignacio –en un obvio y deleznable afán propagandístico por encargo de la editorial Anagrama- insista con retórico afán en su maltrecha propuesta denominada “poética de la inconclusión”.
Pero no quiero insistir con el tema, así que mejor les dejo con tres de esos supuestos “cuentos” que para Echevarría y Anagrama son “puro Bolaño”, pero para este humilde hondureño son “puro joder mercachiflístico”.



La colonia Lindavista


Cuando llegamos a México, en 1968, pasamos los primeros días en casa de un amigo de mi madre y luego alquilamos un departamento en la colonia Lindavista. He olvidado el nombre de la calle, aunque a veces creo que se llamaba Aurora, pero puede que me confunda. En Blanes viví durante unos años en un piso de la calle Aurora, por lo que me parece poco probable que también en México hubiera vivido en otra calle Aurora, si bien es cierto que este nombre es bastante usual y que muchas calles de muchas ciudades lo llevan. La calle Aurora de Blanes, en cualquier caso, no tenía más de veinte metros y se podría decir que más que calle era un callejón. La Aurora de la colonia Lindavista, si realmente se llamó así, era una calle estrecha pero grande, al menos de cuatro cuadras, y allí vivimos durante el primer año de nuestra larga estancia en México.

La mujer que nos alquiló la casa se llamaba Eulalia Martínez. Era viuda y tenía tres hijas y un hijo, ha bitaba en la planta baja del edificio, un edificio que entonces me parecía normal, pero que ahora, en el recuerdo, se me aparece como un conjunto de anomalías y de torpezas, pues la segunda planta, a la que se llegaba subiendo una escalera al aire libre, y la tercera, a la que se accedía mediante una escalerilla de metal, habían sido levantadas mucho después y posiblemente sin permiso de obras. Las diferencias eran notorias: la casa de la primera planta tenía el techo alto, un cierto empaque, era fea pero había sido construida siguiendo los planos de un arquitecto; la segunda y la tercera planta eran improvisaciones del gusto estético de doña Eulalia y de la maña de un albañil de confianza. Detrás de esa adiposidad arquitectónica se hallaba una razón no meramente mercantil. La dueña de nuestro departamento tenía cuatro hijos y los cuatro departamentos de las dos plantas adicionales fueron construidos para ellos, para que siguieran cerca de su madre cuando se casaran.

Cuando nosotros llegamos allí, sin embargo, sólo estaba ocupado el departamento que quedaba justo arriba del nuestro. Las tres hijas mayores de doña Eulalia estaban solteras y vivían con su madre en la casa de abajo. El hijo menor, Pepe, era el único que se había casado y vivía encima de nosotros junto a su mujer, Lupita. Ellos fueron nuestros vecinos más cercanos durante aquel tiempo.

De doña Eulalia poco más es lo que puedo decir. Era una mujer voluntariosa y había tenido suerte en la vida y posiblemente era más mala que buena. A sus hijas apenas las conocí. Eran lo que en aquellos lejanos años se conocía como solteronas y arrastraban ese destino tan bien como podían, es decir mal, o en el mejor de los casos de una forma resignada y oscura que iba dejando huellas imperceptibles en las cosas o en los recuerdos de las cosas que uno tiene después, cuando todo se ha desvanecido. Se las veía poco o yo las veía poco, consumían telenovelas y hablaban mal de las otras mujeres del barrio, con quienes se cruzaban en el almacén o en el oscuro zaguán donde una india esquelética vendía tortillas de nixtamal.

Pepe y su mujer, Lupita, eran diferentes.

Mi madre y mi padre, que por entonces eran tres o cuatro años menores de lo que yo soy ahora, se hicieron amigos de ellos casi de inmediato. A mí me interesó Pepe. En el barrio todos los muchachos de mi edad lo llamaban el Piloto porque era piloto de la Fuerza Aérea Mexicana. Su mujer se dedicaba a las la-bores de la casa. Antes de casarse con Pepe había trabajado de secretaria o de administrativa en una oficina pública. Los dos eran o trataban de ser simpáticos y hospitalarios. A veces mis padres subían a su casa y se estaban un rato allí, escuchando discos y bebiendo. Mis padres eran mayores que Pepe y Lupita, pero eran chilenos y los chilenos en aquella época se veían a sí mismos como el súmmum de la modernidad, al menos en Latinoamérica, y la diferencia de edad quedaba borrada por el talante francamente juvenil que exhibían mis dos progenitores.

En alguna ocasión yo también subí a casa de ellos. Pepe tenía una sala o un living, como le llamábamos nosotros, bastante moderno, y un tocadiscos que parecía recién comprado, y en las paredes y sobre los aparadores del comedor había fotos de él y de Lupita y fotos de los aviones que él pilotaba, aunque de eso, que era lo que a mí más me interesaba, prefería no hablar, como si estuviera permanentemente constreñido por algún secreto militar. Información clasificada, lo llamaban los norteamericanos en sus teleseries. Secretos militares de la Fuerza Aérea Mexicana que en el fondo no le quitaban el sueño a nadie, salvo a Pepe, que tenía un sentido del deber y de la responsabilidad bastante extraño.

Poco a poco, por conversaciones oídas a la hora de la cena o mientras yo estudiaba, me fui haciendo una idea de la situación real de nuestros vecinos. Llevaban cinco años casados y aún no habían tenido hijos. Las visitas al ginecólogo no escaseaban. Según los médicos Lupita era perfectamente capaz de tener hijos. Los exámenes hechos a Pepe revelaban lo mismo. El problema era mental, habían dicho los médicos. La madre de Pepe, a medida que pasaban los años y no la hacían abuela, le fue cogiendo ojeriza a Lupita. Ésta una vez le confesó a mi madre que el problema residía en la casa y en la cercanía de su suegra. Si se fueran a otra parte, le dijo, probablemente no tardaría en quedar embarazada.

Creo que Lupita tenía razón.

Un apunte más: Pepe y Lupita eran bajos de estatura. Yo, que en aquella época tenía dieciséis años, era más alto que Pepe. Así que supongo que Pepe no medía más de un metro sesentaicinco y Lupita con suerte andaría por el metro cincuentayocho. Pepe era moreno, con el pelo muy negro y una expresión reflexiva en el rostro, como si constantemente anduviera preocupado por algo. Todas las mañanas salía a trabajar vestido con el uniforme de oficial de la Fuerza Aérea. Su afeitado era perfecto, salvo los fines de semana, en que se ponía una sudadera y unos pantalones vaqueros y no se afeitaba. Lupita tenía la piel blanca, el pelo teñido de rubio, casi siempre con permanente, que se hacía en la peluquería o ella sola, con una maletita en donde había todo lo necesario para el pelo de una mujer y que Pepe le trajo desde Estados Unidos, y solía sonreír cuando saludaba. A veces, desde mi cuarto, los escuchaba hacer el amor. En aquella época empecé a escribir con cierta asiduidad y me quedaba despierto hasta muy tarde. Mi vida no me parecía nada excepcional. De hecho, estaba insatisfecho con todo. Y escribía hasta las dos o las tres de la mañana y era a esa hora cuando de improviso empezaban los gemidos en el departamento de arriba.

Al principio todo me parecía normal. Si Pepe y Lupita querían tener un hijo tenían que coger. Pero luego empecé a hacerme algunas preguntas: ¿por qué empezaban tan tarde?, ¿por qué no oía voces antes de que empezaran los gemidos? De más está decir que todo lo que sabía de sexo en aquella época lo había aprendido en el cine o leyendo revistas pornográficas. Es decir, sabía muy poco. Pero lo suficiente como para presentir que en el departamento de arriba ocurría algo raro. La relación sexual de Pepe y Lupita se me aparecía de improviso ornada de gestos ininteligibles, como si en el departamento de arriba se llevaran a cabo escenas de sadomasoquismo, un sadomasoquismo que no conseguía visualizar del todo y que estaba regido, más que por acciones que provocaran dolor y placer, por movimientos teatralizados que Pepe y Lupita interpretaban contra sí mismos y que paulatinamente los estaban trastornando.

Exteriormente esto apenas era perceptible. De hecho no tardé en llegar a la fatua conclusión de que sólo yo lo sabía. Mi madre, que de alguna manera era amiga de Lupita y receptora de sus confidencias, creía que con mudarse de casa se solucionarían todos los problemas de la pareja. Mi padre no tenía opinión. En realidad, recién llegados a México bastante teníamos con lo que a diario nos deslumbraba como para preocuparnos de los misterios de nuestros vecinos. Cuando recuerdo esa época veo a mis padres y a mi hermana y luego me veo a mí, y el conjunto que aparece ante mis ojos es de una desolación abrumadora.

A seis cuadras de nuestra casa se levantaba un supermercado Gigante adonde mi familia iba los sábados a hacer la compra de toda la semana. Eso lo recuerdo con profusión de detalles. Y también que por aquella época empecé a estudiar en una preparatoria del Opus Dei, aunque en descargo de mis padres debo decir que éstos en su vida habían oído hablar de esta institución. Yo mismo tardé más de un año en enterarme de en qué lugar endemoniado estaba estudiando. Mi maestro de Ética era un nazi confeso, pero lo curioso es que se trataba de un chiapaneco pequeñajo y aindiado que había estudiado becado en Italia, en el fondo un tipo simpático y estúpido al que los nazis de verdad no hubieran dudado en exterminar, y mi maestro de Lógica creía en la voluntad heroica de José Antonio (muchos años después, en España, alcancé a vivir en una avenida José Antonio), pero lo cierto es que yo, como mis padres, no me enteraba de nada.

Los únicos interesantes eran Pepe y Lupita. Y un amigo de Pepe, de hecho el único amigo de Pepe, un tipo rubio, el mejor piloto de su promoción, un tipo alto y delgado que había sufrido un accidente mientras pilotaba su caza y ya no podía volar nunca más. Casi todos los fines de semana aparecía por la casa y después de saludar a la madre y a las hermanas de Pepe, que lo adoraban, subía a la casa de su amigo y se dedicaban a beber y a ver la tele, mientras Lupita preparaba la comida. Otras veces aparecía entre semana y entonces llegaba vestido con el uniforme, un uniforme que me cuesta visualizar, yo diría que era azul, pero es probable que me equivoque, si cierro los ojos y trato de evocar a Pepe y a su amigo rubio, los veo con uniformes verdes, un verde claro, un uniforme bonito para dos pilotos, junto a Lupita que va vestida con una falda azul (ella sí de azul) y una blusa blanca.

A veces el rubio se quedaba a comer. Mis padres se acostaban y arriba seguía la música. En mi casa yo era el único que permanecía despierto porque a esa hora comenzaba a escribir. Y de alguna manera el ruido que venía del piso de arriba me hacía compañía. A eso de las dos de la mañana las voces y la música ce-saban y se hacía un silencio extraño en todo el edificio, no sólo en el departamento de Pepe sino también en el nuestro y en la casa de la madre de Pepe que sostenía las ampliaciones y que a esa hora parecía chirriar, como si los pisos que habían crecido encima le pesaran demasiado. Y entonces yo sólo oía el viento, el viento nocturno del DF y las pisadas del rubio que se aproximaban a la puerta, seguido de las pisadas de Pepe que lo acompañaba, y después alguien bajaba las escaleras, las mismas pisadas, pero en nuestro rellano, y luego bajaban las escaleras hasta la primera planta, y alguien abría el portón de hierro y luego las pisadas se perdían en la calle Aurora. Entonces yo dejaba de escribir (no recuerdo qué escribía, algo malo, sin duda, pero algo largo y que me mantenía en vilo) y aguardaba a los ruidos que no se producían en el piso de Pepe, como si tras marcharse el rubio todo allí, incluido Pepe y Lupita, se hubiera de improviso congelado.



El secreto del mal



Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final. Es de noche en París y un periodista norteamericano está durmiendo. De pronto suena el teléfono y alguien, en un inglés sin acento de ninguna parte, le pregunta por Joe A. Kelso. El periodista responde que es él y luego mira el reloj. Son las cuatro de la mañana y no ha dormido más de tres horas y está cansado. La voz al otro lado del teléfono le dice que tiene que verlo para transmitirle una información. El periodista pregunta de qué se trata. Como suele suceder con este tipo de llamadas, la voz no suelta prenda. El periodista le pide, al menos, una pista. La voz, en un inglés correctísimo, mucho mejor que el de Kelso, le dice que prefiere verlo personalmente. De inmediato, añade, no hay tiempo que perder. ¿En dónde?, inquiere Kelso. La voz menciona un puente de París. Y añade: En veinte minutos puede llegar caminando. El periodista,que ha tenido cientos de citas semejantes, contesta que en media hora estará allí. Mientras se viste piensa que es una manera bastante torpe de arruinarse la noche, pero al mismo tiempo se da cuenta, con un ligero asombro, de que ya no tiene sueño, que la llamada, pese a su previsibilidad, lo ha desvelado. Cuando llega al puente, cinco minutos más tarde de lo convenido, sólo ve coches. Durante un rato permanece quieto en un extremo, esperando. Luego cruza el puente, que sigue solitario, y tras aguardar unos minutos en el otro extremo finalmente vuelve a cruzarlo y decide dar por concluida la noche y volver a casa y dormir. Mientras camina de regreso a casa piensa en la voz: no era un norteamericano, de eso está seguro, tampoco era un inglés, aunque eso ya no podría asegurarlo. Tal vez un surafricano o un australiano, piensa, o puede que un holandés, o alguien del norte de Europa que aprendió inglés en la escuela y que luego lo ha ido perfeccionando en distintos países angloparlantes. Cuando cruza una calle oye que alguien lo llama. Señor Kelso. De inmediato se da cuenta de que quien lo ha llamado es la persona que lo ha citado en el puente. La voz sale de un zaguán oscuro. Kelso hace el ademán de detenerse, pero la voz lo conmina a seguir caminando.

Cuando llega a la siguiente esquina el periodista se da vuelta y ve que nadie lo sigue. Está tentado a volver sobre sus pasos, pero tras vacilar un instante decide que lo mejor es continuar su camino. De pronto un tipo surge de una bocacalle y lo saluda. Kelso devuelve el saludo. El tipo le tiende una mano. Sacha Pinsky, dice. Kelso estrecha su mano y dice, a su vez, su nombre. El tal Pinsky le palmea la espalda. Le pregunta si le apetece tomar un whisky. En realidad dice: un whiskycito. Le pregunta si tiene hambre. Asegura conocer un bar abierto a esa hora que vende croissants calientes, acabados de hacer. Kelso lo mira a la cara. Pinsky lleva sombrero pero aun así se puede apreciar una jeta blanca, pálida, como si hubiera estado muchos años recluido. ¿Pero en dónde?, piensa Kelso. En una cárcel o en una institución para enfermos mentales. De todas maneras, ya es tarde para echarse atrás y los croissants calientes seducen a Kelso. El local se llama Chez Pain y pese a estar en su barrio, si bien en una calle pequeña y poco frecuentada, es la primera vez que entra y posiblemente la primera vez que lo ve. Los establecimientos a los que suele acudir el periodista están, en su mayoría, en Montparnasse y son lugares aureolados con una cierta ambigua leyenda: el bar donde comió alguna vez Scott Fitzgerald, el bar donde Joyce y Beckett bebieron whisky irlandés, el bar de Hemingway y el bar de John Dos Passos y el bar de Truman Capote y Tennessee Williams. En Chez Pain los croissants son, efectivamente, buenos y están recién hechos y el café no está nada mal. Lo que lleva a Kelso a pensar que el tal Pinsky probablemente sea, posibilidad horrenda, un vecino del barrio. Mientras sopesa esta posibilidad, Kelso se estremece. Un pesado, un paranoico, un loco que observa sin ser, a su vez, observado, alguien a quien le costará sacarse de encima. Bien, dice finalmente, usted dirá. El tipo pálido, que no come y bebe a sorbitos una taza de café, lo mira y sonríe. Su sonrisa es, de alguna manera, una sonrisa en extremo triste, y también cansada, como si sólo con ella se permitiera exteriorizar el cansancio, el agotamiento y la falta de sueño. Cuando deja de sonreír, sin embargo, sus facciones recobran instantáneamente la gelidez.



El viejo de la montaña



Siempre hay casualidades. Un día Belano conoce a Lima y se hacen amigos. Ambos viven en México DF y su amistad se cimenta, como suele ocurrir entre los jóvenes poetas, en el rechazo a ciertas normas, en la afinidad con ciertas lecturas. He dicho que son jóvenes. En realidad, son muy jóvenes, y también son, a su manera, vigorosos y creen en el poder lenitivo de la literatura. Recitan a Homero y Frank O’Hara, a Arquíloco y John Giorno, y sus vidas discurren, aunque ellos no lo saben, en el borde del abismo. Un día, esto ocurre en 1975, Belano dice que William Burroughs ha muerto y Lima, al escucharlo, palidece intensamente y dice que no puede ser, que Burroughs está vivo. Belano no insiste; dice que él cree que Burroughs está muerto pero que probablemente se equivoque. ¿Cuándo murió?, dice Lima. Hace poco, creo, dice Belano cada vez menos convencido, lo leí en alguna parte. En este punto de la historia se produce algo que podemos llamar silencio. O vacío. Un vacío, en cualquier caso, muy breve, pero que en la percepción de Belano se prolonga misteriosamente hasta las postrimerías del siglo.

Al cabo de dos días Lima aparece con la noticia, esta vez irrefutable, de que Burroughs está vivo.

Pasan los años. A veces, muy de tanto en tanto y sin saber por qué, Belano recuerda el día en que anunció arbitrariamente la muerte de Burroughs. Era un día claro, Lima y él caminaban por Sullivan, salían de la casa de un amigo, tenían el resto del día a su disposición. Posiblemente hablaban de los beatniks. Entonces él dijo que Burroughs había muerto y Lima palideció y dijo no puede ser. En ocasiones, Belano cree recordar que Lima gritó. No puede ser. Es imposible. Injusto. Algo así. Y también recuerda la pesadumbre de Lima, como si le estuvieran anunciando la muerte de un familiar muy querido, pesadumbre (aunque la palabra, Belano lo sabe, no es pesadumbre) que sólo se evaporó dos días después, cuando Lima sabía, fehacientemente, que la información era errónea. Algo de aquel día, sin embargo, algo impreciso, deja en Belano un rastro de inquietud. De inquietud y de alegría. La inquietud, en realidad, es un disfraz del miedo. ¿Y la alegría? Generalmente, para su propia comodidad, Belano suele pensar que tras la alegría se esconde la nostalgia por su propia juventud, pero en realidad tras la alegría se esconde la ferocidad: un espacio reducido y oscuro en donde se mueven, pegadas e incluso sobreimpuestas, unas figuras borrosas y en permanente acción. Unas figuras que se alimentan de violencia, unas figuras que apenas gobiernan (o que gobiernan con una economía curiosísima) la violencia. La inquietud que el recuerdo de aquel día le provoca es, contra lo que dicta el sentido común, aérea. Y la alegría es subterránea, como un buque de perfecta geometría rectangular navegando por un surco.

A veces, Belano contempla el surco. Se arquea, se agacha, su columna vertebral se cimbra como el tronco de un árbol en medio de una tormenta y contempla el surco: una huella profunda, limpia, que hiende una piel extraña cuya pura con-templación le produce náuseas. Pasan los años. Retroceden los años. En 1975 Belano y Lima son amigos y caminan cada día, inconscientes, por el borde del abismo. Hasta que un día abandonan México. Lima parte hacia Francia y Belano hacia España. A partir de allí sus vidas, hasta entonces unidas, discurren por derroteros diferentes. Lima recorre Europa y el Medio Oriente. Belano recorre Europa y África. Ambos se enamoran, ambos intentan, vanamente, encontrar la felicidad o hacerse matar. Belano, al cabo de los años, se establece en un pueblo a orillas del Mediterráneo. Lima regresa a México. Regresa al DF.

Pero antes han ocurrido otras cosas. En 1975 el DF es una ciudad resplandeciente. Belano y Lima publican sus poemas en revistas, casi siempre juntos, y dan recitales de poesía en la Casa del Lago. En 1976 ambos son conocidos y sobre todo temidos por un establish-ment literario que no los soporta. Dos hormigas salvajes y suicidas. Belano y Lima capitanean un grupo de poetas adolescentes que no respeta a nadie. Absolutamente a nadie. El poder establecido de la literatura no lo perdona y Belano y Lima quedan vetados para siempre. Esto ocurre en 1976. A finales de año Lima, que es mexicano, abandona el país. Poco después, en enero de 1977, Belano, que es chileno, lo sigue.

Esto es lo que hay. 1975. 1976. Dos jóvenes condenados a cadena perpetua. Europa. Un nuevo ciclo que comienza y que al comenzar los aleja del borde del abismo. Y la separación, pues si bien es cierto que Belano y Lima se encuentran en París y luego en Barcelona y luego en una estación ferroviaria del Rosellón, finalmente sus destinos divergen y sus cuerpos se alejan, como dos flechas que de improviso y fatalmente adquirieran trayectorias divergentes.

Y esto es lo que hay. 1977. 1978. 1979. Y después 1980, y la década que le sigue, nefasta para Latinoamérica.
En cualquier caso Belano y Lima de vez en cuando tienen noticias el uno del otro. Sobre todo Belano tiene noticias de Lima. Así, en una ocasión, sabe que un autobús ha atropellado a su amigo, quien salva la vida de milagro. Lima sale del accidente con una cojera que arrastrará el resto de su vida. Sale, también, convertido en leyenda. O al menos eso es lo que piensa Belano, lejos del DF. De vez en cuando un amigo de Belano que vive en Barcelona recibe visitantes de México que traen noticias de Lima y que el amigo de Belano le hace llegar a éste.