lunes, marzo 30, 2009

Pétalos de Guadalupe Nettel


Hace un par de días terminé Pétalos y otras historias incómodas, que reune seis cuentos de la escritora mexicana Guadalupe Nettel, y debo confesar que todavía no me repongo de esa sensación indefinida, esa inquietud, que me dejó la lectura del delgado volumen de 141 páginas, publicado bajo el sello de Anagrama en el año 2008.
Pero quizás debiera empezar por decir que a Guadalupe Nettel -o mejor dicho a sus libros- me la/los recomendó Diana Palaversich, la profesora croata que reside y enseña en la australiana University of New South Wales, quien a su vez es autora del controvertido De Macondo a McOndo, Senderos de la postmodernidad latinoamericana (Plaza y Valdés, 2005), libro que, dicho sea de paso, debiéramos tener como lectura de cabecera todos los que intentamos precisar las claves de la actual literatura latinoamericana.
Pero De Macondo a McOndo merece una entrada propia en este blog, así que mejor volvamos a la Nettel y a sus cuentos, permeados por una atmósfera de irrealidad, casi rondando la levedad de lo fantástico (en una entrevista para Radio France Internationale, Guadalupe Nettel reveló que su pasión por la literatura surge a raíz de la lectura de Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe), pero con el peso incuestionable de una prosa cuya sutil precisión denota un gran refinamiento, a la par de un manejo excepcional de la lengua española, pero con matices que denotan la influencia francófona, producto de haber pasado su infancia en Francia, donde también ha realizado gran parte de su vida académica, específicamente sus estudios de literatura en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París.
En una reseña sobre Pétalos publicada en Letras Libres, Rafael Lemus advierte acerca de sus “estructuras, firmes y típicas, que fingen contar una historia mientras narran –como quiere Piglia– otra oculta, doblemente poderosa”, tras anotar que la prosa de Nettel “delata interés en el lector, no ganas de consentirlo. Aunque de factura clásica, estos relatos no intentan provocar en quien los repasa un placer sublime, equilibrado. Persiguen, felizmente, un objetivo menos saludable: incomodar, provocar comezón”. Esa es, precisamente, la inquietud a que nos referíamos antes, la que parece ser la “marca” que distingue a la narrativa de Nettel, y que ya se había manifestado en su primera novela: El huésped (Editorial Anagrama, 2006), con la que fue finalista del Premio Herralde y que fue editada simultáneamente en francés, con el título L’Hôte, por la editorial Actes Sud. Otro elemento por explorar, y que también ha sido señalado por Lemus, es la influencia de Mario Bellatin, filtrada en atmósferas y anécdotas que recuerda a esos seres bellatinianos, maniáticos y minimalistas. Por cierto, en la entrevista para RFI, Guadalupe Nettel confesó su devoción juvenil por los programas televisivos La familia Adams y Los Monsters.
Revisando la información acerca de Guadalupe Nettel hasta da un poco de pena no haberla conocido antes, ya que ha sido señalada con insistencia entre los autores más destacados de su generación. En el 2007, en “Bogotá Capital Mundial del Libro” fue incluida en el listado con los escritores menores de 39 años más representativos de la literatura latinoamericana actual, junto a Jorge Volpi, Juan Gabriel Vásquez, Andrés Neuman, entre otros.
Además, colabora desde hace varios años con distintas revistas y suplementos literarios francófonos e hispanoparlantes como L'atelier du roman, L'inconvénient, Quimera, Cultura/s de La Vanguardia, Qué Leer, Confabulario, El Ángel, Hoja por Hoja y Letras Libres. También dirige la revista Número Cero, un proyecto de intersección entre las culturas iberoamericanas y francófonas. Y Pétalos ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen en México.
En fin, para quienes aun no han leído nada de Guadalupe Nettel, les recomiendo su cuento “La vida en otro lugar”, que fue incluido por Letras Libres en su número monográfico de agosto de 2008.

jueves, marzo 26, 2009

El dulce veneno de la literatura


Este genial artículo firmado por Claudio Magris (foto), publicado por El Malpensante bajo el título Literatura y veneno, no tiene desperdicio al hacer acopio de una dilatada tradición de celos, envidias, chismes y pataletas firmadas por escritores contra otros escritores, y revela con precisión algunas particularidades en cuanto a sus motivos y orígenes.
Magris precisa que “una gran obra clásica y armoniosa puede poner en crisis al autor de una gran obra fragmentaria y desacralizante, poner en duda su legitimidad e impulsarlo por lo tanto a rechazar de un modo sectario ese clasicismo, del mismo modo que puede suceder lo inverso. En un caso así, el juicio sale desequilibrado, pero al ser unilateral se entiende que proviene de un sufrimiento, de la necesidad de proteger una exigencia creativa, lo que no justifica ese juicio, pero lo explica y le confiere cierta dignidad humana. Conrad o Hamsun se equivocan, por supuesto, al condenar a Dostoievski y a Ibsen, pero uno entiende por qué sentían la necesidad de hacerlo.”
No obstante, y así lo advierte el autor italiano: “Más a menudo, sin embargo, estas diatribas endogámicas, que no se salen del mismo gremio, desnudan un origen menos noble: un narcisismo exasperado, una pretensión de ser el único dios creador al que hay que adorar, y una penosa inseguridad, que percibe todo homenaje ofrecido a otro como un hurto y un atentado contra la propia necesidad de ser amado y aceptado”.
P. D. La nota se refiere a diatribas literarias, lo cual desvirtúa cualquier alusión posible a escaramuzas vernáculas en razón de seudopoéticas diferencias numismáticas.

domingo, marzo 22, 2009

Bolaño: Suma y sigue


Anagrama editará 'El Tercer Reich', reza la nota firmada para El País por Carles Geli desde Barcelona, donde da cuenta de algunos entretelones de la novela “Bolaño y sus inéditos”, lo que da pie para pensar que se deberá hacer acopio del salvajismo de una legión de detectives para indagar en las mil y una manipulaciones que Wylie, López & Co. han fraguado para seguir engrosando sus bolsillos a costa de la explotación grosera y vulgar de la figura (y obra) de Roberto Bolaño.
Y para dejar constancia en el archivo, reproduzco a continuación la nota completa, seguida de algunas reflexiones (tomadas de un artículo publicado en La Jornada) en las que se incluye a Carmen Pérez de la Vega, la compañera sentimental de Bolaño al momento de su muerte, que ayudan a entender los elementos “sentimentales” presentes en esta madeja editorial:

Anagrama editará 'El Tercer Reich'
El legado Bolaño tiene diversos frentes. Al sonoro cambio de agente literario (de la todopoderosa oficina de Carmen Balcells a la del chacal Andy Wylie), se añade la hoy ya irresoluble polémica sobre si el autor, detallista hasta lo enfermizo, hubiera permitido que su viuda fuera desempolvando manuscritos de sus cajones.
El primer resultado de ese rebuscar se dio en la pasada Feria del Libro de Francfort, donde del catálogo de The Wylie Agency destacaba El Tercer Reich, una novela "completa" mecanografiada "pero meticulosamente corregida a mano". Es puro Bolaño porque hay una especie de detective literario, personajes extravagantes y un sinfín de referencias literarias. A saber: Udo Berger, que querría ser un gran escritor pero que se ha de conformar con ser el campeón de juegos de guerra de Stuttgart, decide ir al hotel Del Mar de la Costa Brava junto con su nuevo amor, Ingeborg, para entrenarse con un nuevo juego, El Tercer Reich, y preparar así un torneo internacional. Todo correcto hasta que el marido de la pareja germana que acaban de conocer desaparece.
Tras siete meses de arduas negociaciones, Jorge Herralde, editor de Anagrama y que ha publicado en España a Bolaño, firmará la semana próxima el contrato de edición de la obra, que lanzará en enero de 2010. "Es anterior a sus dos grandes novelas", ubica Herralde, que dice casi aliviado no saber nada de las otras dos obras inéditas, como pidiendo tiempo, sabedor de que la literatura es la literatura... y sus circunstancias.

Bolaño y Carmen Pérez de la Vega

“Carmen Pérez de Vega, que estuvo a su lado en los últimos tiempos, lo niega. "Roberto quería vivir. Tenía proyectos e ilusiones. Quería ver crecer a sus hijos. Desde que le diagnosticaron la enfermedad no dejó de cuidarse, tomaba su medicación, evitaba las grasas y no probaba el alcohol, ni gota, pero yo solo puedo hablar realmente de sus últimos años. Ahora bien, lo que sí hizo a temporadas es negar la enfermedad. Aceptar un trasplante es una decisión difícil. Quizá no era del todo consciente de que lo que le faltaba era tiempo, aunque alguna vez llegó a expresarlo. Tengo el convencimiento de que, de saber que tenía un plazo más largo, habría escrito al mismo ritmo".
Pérez de Vega, a quien está dedicado el cuento "El viaje de Álvaro Rousselot", es una pieza fundamental en el complejo puzzle Roberto Bolaño. Ella fue compañera sentimental del escritor en los últimos dos años, aunque el autor no cortó oficialmente amarras en su matrimonio con la que hoy es su viuda, Carolina López, actual representante de los derechos de sus hijos, Lautaro y Alexandra.
Rebobinemos. En el índice onomástico de Entre paréntesis aparece Carmen Pérez de Vega. Pero en la página a la que remite la entrada, la 17, solo puede leerse un fragmento de la novela breve de Bolaño Amberes. En esa página debían ir los agradecimientos de Echevarría a quienes le habían ayudado en el ensamblaje del libro. Alguien con total autoridad impugnó los agradecimientos, si bien el índice onomástico siguió su curso.
A la muerte de Bolaño, su viuda se dirigió a Echevarría para que "encauzara la edición de sus libros póstumos", según el crítico literario. "Ella me dijo que Roberto le había dicho, a su vez, que me consultara las decisiones relativas a su obra".
Echevarría recibió copia de los archivos del disco duro de Bolaño. Suya, de López y del editor Jorge Herralde fue la decisión de sacar 2666 como un libro en vez de como cinco, opción que prefería Bolaño pensando en la seguridad económica de sus hijos. Después Echevarría propuso la edición del, a la postre, conflictivo volumen Entre paréntesis. Fruto de su "exploración" del disco duro, la colección de relatos y esbozos El secreto del mal fue el último libro impulsado por Echevarría. Simultáneamente apareció La universidad desconocida, ya sin rastro de Echevarría y prologado por López "en representación de los herederos del autor".
Porta habla de un "malentendido" entre López y Echevarría. Montané cree que "Carolina no quiere oír comentarios de gente que conocía a Roberto". Una voz que reclama el anonimato hila más fino: "Los amigos de Roberto que no han roto con Carmen, a quien conocíamos todos, para alinearse con Carolina están siendo borrados de la foto".
Echevarría se limita a decir que su "colaboración" con López se "suspendió" por razones en las que prefiere no entrar. No obstante añade que López quedó "desbordada por el hostigamiento de periodistas, mundo literario y admiradores. Se dio cuenta de que el legado de Bolaño es una industria que hay que administrar y se volvió especialmente susceptible con todo lo referente a esa industria".
En ningún momento, empero, cuestiona Echevarría a López, que se ha negado a hablar con este diario en dos ocasiones. "Era la primera lectora de los textos de Roberto y participó de la épica bolañiana, fue su pareja en los años difíciles, así que está legitimada para gestionar su legado". En el mismo sentido, García Porta recuerda que "durante años vivieron del sueldo de Carolina".
Y mientras esas cosas suceden en casa, la leyenda Bolaño se agiganta en todo el mundo --pero más en Latinoamérica donde se ha convertido en un símbolo global para los jóvenes--hasta proporciones inverosímiles. Su amigo Rodrigo Fresán, escritor, comenta a modo de disparate que le han pedido un artículo sobre el supuesto de que Bolaño gana el Nobel. Él debía hacer la crónica del acto y reflejar el discurso de aceptación del ganador. "Es muy molesta toda esa glotonería alrededor de la figura de Roberto. Casi da miedo. Lo que hay que hacer es leerle", apostilla Pérez de Vega.

martes, marzo 17, 2009

Milton, el diablo y la poesía


Al leer Babelia, en su edición del sábado anterior, encontré esta nota sobre Milton, la celebración de su cuarto centenario, el Paraíso perdido y la "invención" de Satán, y me pareció pertinente incluirla en el blog, con la esperanza de que no "dispare las alarmas" de más de algún beato(a) con su equívoco aroma a azufre. La ilustración, por supuesto, es de Blake.

Partidario del diablo
Fernando Castanedo

Según una antigua teoría, toda la literatura inglesa desde el siglo XVIII descendía de dos autores. Uno era Miguel de Cervantes, quien con el Quijote se convirtió en padre de la sátira y la parodia anglosajonas y de la literatura popular escrita en el estilo humilde (empezando por Swift, Defoe, Fielding...). El otro era John Milton, que con El paraíso perdido apadrinó la poesía grave, tanto épica como lírica, escrita en el estilo sublime (desde Gray, Thompson, Young...). Teniendo en cuenta su grado de generalidad, la antigua teoría sigue pareciendo razonable. Casi tan razonable y antigua como el mismo Milton, cuya vida y obra celebran estos días los ingleses con motivo de su cuarto centenario.
Aparte de algunos poemas en inglés y en latín, la trayectoria literaria del poeta empezó con una conmovedora elegía, Lycidas, dedicada a su compañero de Cambridge Edward King, que había muerto en un naufragio. De paso que lloraba al amigo, aprovechó para atacar a la jerarquía eclesiástica y para recordar la amenaza que suponía el catolicismo para los puritanos como él.
Durante un viaje de estudios por Europa visitó a Galileo, confinado en su casa por defender los movimientos celestes, y cuando volvió a Inglaterra se encontró un país convulso al que le quedaban pocos años para convertirse en el primer Estado en ajusticiar a su rey. Escribió panfletos a favor del regicidio y del divorcio, y cuando intentaron censurarle contraatacó con Areopagitica, uno de los textos fundacionales sobre la libertad de prensa.
Durante los años de la Revolución Inglesa se convirtió en funcionario de la nueva república, y cuando los reyes volvieron al trono de Inglaterra logró salvar la vida -no así la vista, pues se había quedado ciego en 1652-. El prestigio y las amistades lograron que todo quedara en una fugaz visita a la cárcel. Después llevó una vida retirada bajo el cuidado de sus esposas -en total llegó a casarse tres veces- y sus hijas, que se quejaban de un padre tiránico y cicatero que les obligaba a leerle en lenguas que no comprendían. A ellas, que cuando faltaba dinero vendían los libros del escritor, les debemos nosotros y la historia de la literatura que tomaran al dictado los más de diez mil versos de El paraíso perdido.
Siguiendo la recomendación de abordar asuntos ya tratados por otros poetas, Milton reelaboró en esta obra el primer cuento del primer libro de nuestra cultura, la historia de Adán y Eva en el Génesis. Aunque su propósito era justificar ante los hombres "las sendas del Señor", la grandeza del poema se debe no tanto a los argumentos teológicos como a la creación del personaje de Satán. Porque con él modeló a un seductor elocuente que, tras verse abismado desde las alturas, recordaba a sus huestes que la mente puede hacer "del infierno un cielo, y del cielo, un infierno"; porque inventó un héroe que se venga de Dios provocando la expulsión de Adán del paraíso, y porque convirtió a un perdedor soberbio y rastrero, que hasta la fecha había ocupado un papel secundario, en protagonista. Los románticos, tan amigos del demonio, idolatraron a este poeta que ahora cumple cuatrocientos años. William Blake dijo que "si escribió con trabas sobre Dios y los ángeles y con libertad absoluta sobre Satán es porque fue un verdadero poeta y, aunque no se diese cuenta, partidario del diablo". -

martes, marzo 10, 2009

Bolaño inédito o cómo hacer ricos a terceros


En una entrada anterior de este blog: “Bolaño y los mercachifles", ya había advertido acerca de la evidente manipulación de los “papeles inéditos” de Roberto Bolaño. En esa ocasión fueron su viuda Carolina López y la editorial Anagrama (aprovechando las pesquisas de Ignacio Echevarría en el disco duro de la computadora de RB) los beneficiado$ con el hallazgo de una colección de relatos que luego Herralde & Co. trocaron en El secreto del mal. Pese a nuestra inicial reticencia, pudo más la curiosidad y, casi sin darnos cuenta, ya estábamos “ajustando” el importe del libro. Por la manera en que fue anunciado el hallazgo, prácticamente no quedaban dudas de que era el último de sus textos y no había de otra que comprarlo.
Pero la ambición es asunto serio y ahora Carolina López reincide en su condición de insaciable albacea (haciendo de lado a Echevarría), tras aliarse con el tristemente célebre "chacal", Andrew Wylie, cuya voraz estrategia editorial hará que Herralde luzca cual humilde palomita. De hecho, para iniciar tan productiva alianza, la viuda y el chacal ya han anunciado el “descubrimiento de dos novelas (¡!), diarios y alforjas llenas de poemas inéditos de RB.
Como advierte Iván Thays en su Moleskine: “la aparición de un inédito debería ser siempre una buena noticia para los fans de su autor. Pero no veo demasiadas caras felices respecto a esta noticia, por cierto.”
Pero en un afán por cambiar la horrible mueca en sonrisa, proponemos la lectura de la nota del narrador argentino Andrés Neuman titulada “Las tres apariciones de Bolaño”.

domingo, marzo 01, 2009

Guadalajara de noche, de León Leiva Gallardo


La aparición de Guadalajara de noche (Tusquets, 2006), la novela del hondureño nacido en Amapala, León Leiva Gallardo, representó una grata sorpresa para el mundo literario nacional (un paisano que publicaba en ultramar). Cuando el anuncio de su publicación circuló en los medios electrónicos recibí llamadas y correos en los que me preguntaban si sabía algo acerca de su autor o de la obra, y no me quedó más que asumir mi ignorancia. Acto seguido consulté con otros amigos y nadie me supo dar razón de la obra y de su autor. Luego encontramos las referencias completas en la red, pero fue apenas unos días atrás cuando, por gentil préstamo de Helen Umaña, la novela llegó hasta mis manos. Y la leí con verdadero gusto, disfruté mucho con su conocimiento (¿de primera mano?) de las mil y una manías del bolo, de sus gomas y desengomes. También resulta refrescante su desenfado, la agilidad de los diálogos y la manera sutil en que establece relaciones con la tradición literaria universal, con alusiones sesgadas y citas indirectas que revelan a un lector inteligente y culto. Tampoco hay que pasar por alto sus referencias a la patria que, por suerte, carecen de la sensiblería y los clichés producto de la famosa mezcla Cri-Cri con Silvio Rodríguez que se ha convertido en leit motiv de algunos “artistas” e “intelectuales” locales, que han hecho de las menciones a la identidad nacional, entendida como uno más de los “productos nostálgicos”, el negocio más rentable del mundo. Y no podemos menos que simpatizar con Leiva Gallardo, cuya “pinta” de Orson Welles fue advertida por Darío Cálix, y su manera de asumir el oficio literario como un ejercicio vital que nada tiene de glamoroso, alejado del servilismo mediático que otros fantasmones se obstinan en perpetrar. En palabras de Leiva Gallardo: “participar en cuestiones literarias me causaba un estorbito en el estómago y me llegaba a dar hasta basca. Todo lo literario me dejaba un sabor a hiel” (p.305). Por cierto, Leiva Gallardo publicó en el 2008 su nueva novela: La casa del cementerio, también bajo el sello de Tusquets y sobre la cual pueden leer algunas reseñas, como las de El Universal y La Jornada de Jalisco.

jueves, febrero 12, 2009

Lodo de Guillermo Fadanelli



De Guillermo Juárez Fadanelli (Ciudad de México, 1963, aunque otras fuentes ubican su año de nacimiento en 1960) se dicen muchas cosas, pero sobre todo se le señala como uno de los puntales del underground literario azteca, condición que se ha visto reforzada por los elementos pintorescos de su biografía no autorizada, que destaca su condición de desertor universitario y boxeador fallido, para después pasar revista a sus empleos: vendedor de bienes raíces, de árboles navideños y de pasteles.

Pero su aparición en la vida pública literaria puede situarse en 1989, cuando publica junto a Naief Yehya el manifiesto de la literatura basura en la revista La Pus Moderna. Después viaja a España, donde funda, junto a otros artistas locales, el Movimiento Cerebrista (¡?). Fadanelli también es fundador de Moho, la revista que luego se convirtió en editorial, donde publicó algunos de sus primero libros de relatos bajo el seudónimo Peggy López.

A Fadanelli lo enlistan bajo la etiqueta del realismo sucio mexicano, elaborado bajo las influencias de John Fante y Charles Bukowski, pero después de leer Lodo podemos afirmar que posee un estilo original, que pasa por la reinvención de su particular “país en ruinas”, metáfora que le sirve para diseccionar, con un lenguaje directo y lleno de aforismos, la pesadilla cotidiana denominada realidad, tal y como la vivimos en el tercer mundo latinoamericano.

Sin embargo, esta visión particular de Fadanelli y de otros autores, también ha recibido críticas, entre las que destaca la de Diana Palaversich, en su artículo “Las trampas del sexo. Dos caras del realismo sucio”, y si quiere profundizar en el tema del realismo sucio también recomiendo la lectura del énsayo de Anke Birkenmaier: “El realismo sucio en América Latina. Reflexiones a partir de Pedro Juan Gutiérrez”.

Sobre Lodo -con la que su autor obtuvo en el 2002 el Premio Nacional de Narrativa, y en el 2003 fue finalista del Premio Rómulo Gallegos- debe señalarse, quizás como inevitable punto de partida, las coincidencias con la Lolita de Nabokov. En el caso de Fadanelli, la nínfula mexicana responde al nombre poco poético de Flor Eduarda (alias Magdalena Gutiérrez), mientras que su Humbert Humbert es un anodino y cincuentón profesor por hora de filosofía, a quien su madre bautizó como Benito Torrentera.

Torrentera, un adicto a las putas y a la música de Silvestre Revueltas, es quien conduce el hilo narrativo a través de la escritura de sus memorias, que redacta desde la cárcel, a la que ha sido condenado por el asesinato de un narcotraficante de tercera categoría que le achaca la policía de Michoacán, en un caso que pone en evidencia los entretelones más oscuros de la corrupción mexicana. La acción novelesca, que gira en torno a la relación Benito-Flor Eduarda, se ve enriquecida por el formato road novel que utiliza Fadanelli, aderezada por la interacción con la singular pareja formada por el filósofo Artemio Bolaños, amigo de Torrentera, y su novia y prima, Copelia.

También recomiendo leer la reseña de Mauricio Montiel Figueiras titulada “Eduarda en las ciudades”, pero lo mejor es que lean la novela, ya sea en la edición de Debate o la que acaba de publicar Anagrama.

Obras de Guillermo Fadanelli

Relatos
Cuentos mejicanos (1991).
El día que la vea la voy a matar (1992).
Terlenka (doce relatos para después del Apocalipsis) (1995).
Barracuda (1997).
Regimiento Lolita (1998).
Más alemán que Hitler (2001).
Compraré un rifle (2003).

Novela
No te enojes, Pamela (1995).
La otra cara de Rock Hudson (1997).
Para ella todo suena a Franck Pourcel (1999).
Te veré en el desayuno (1999).
Clarisa ya tiene un muerto (2000).
Lodo (2002).
Educar a los topos (2006).
Malacara (2007)

Ensayo
Plegarias de un inquilino (2005).
En busca de un lugar habitable (2006).
La polémica de los pájaros (2007).
Elogio de la vagancia (2008).

domingo, febrero 01, 2009

La novela luminosa


Escritor de culto, cliché con que se designa a los autores inclasificables (los que nunca, hasta que mueren, “se ponen de moda”), Mario Levrero ha irrumpido en los grandes mercados editoriales tras la aparición de La novela luminosa, obra póstuma que le confirma como uno de los mejores narradores de su generación, miembro del “grupo” que Ángel Rama llama los "raros" antirrealistas de los años setenta. Y Nora Catelli advierte en esta reseña que la “rareza” uruguaya no se limita sólo a una generación sino que constituye un linaje al cual pertenecen Felisberto Hernández, Armonía Sommers, Marosa di Giorgio y hasta Juan Carlos Onetti.

Prodigio Levrero
Nora Catelli
Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) fue autor abundante y excéntrico, aunque no desconocido. Muchas cosas sobre él están hoy en la Red; entre ellas un magnífico perfil, a cargo de uno de sus más viejos amigos y colegas, el novelista y crítico Elvio Gandolfo, argentino trasplantado a Uruguay. Publicó en su ciudad, en Buenos Aires y ahora en España novelas, cuentos y textos de carácter indefinible; entre ellos, Gelatina (1968), La máquina de pensar en Gladys (1970), La ciudad (1970) o París (1980), además de recopilaciones de columnas periodísticas, seudofolletines y seudorelatos de ciencia-ficción. El gran crítico Ángel Rama lo situó en la generación de los "raros" antirrealistas de los años setenta. La rareza uruguaya no pertenece sólo a una generación sino que constituye un linaje: cabe recordar a Felisberto Hernández, a Armonía Sommers, a Marosa di Giorgio, incluso muy lejanamente a Onetti.

Más allá de su reconocible linaje nacional, de los autores con los que él mismo se vinculó, Kafka, o con los que se lo relaciona muy atinadamente, Beckett y Vian, Levrero puede situarse en la hermandad de los inconclusivos. Son los que convierten el acto de la escritura en una espiral neurótica y, a la vez, espesamente concreta, donde se acalla la pasión y el sufrimiento se transforma en enfermedad: en este aspecto, Italo Svevo tal vez sea un modelo. Y, como ya se ha advertido en blogs de penetrantes lectores, es posible descubrir en el Levrero de El discurso vacío (1996) una curiosa afinidad con El libro vacío (1958) de la mexicana Josefina Vicens (1911-1988). Se trata de un asfixiante relato de 230 páginas en el que un oficinista quiere convertirse en escritor: "Tengo que encontrar esa primera frase, tengo que encontrarla".

Manías, hipocondrías, obsesivos recorridos sobre la escritura y sus espacios físicos, desazones eróticas detalladas, cómicas, sórdidas, feroces y muy rioplatenses forman los dos bloques de su obra póstuma, La novela luminosa, construida como un diario. La primera sección contiene el fabuloso despliegue de las reacciones del personaje -en la computadora, en los sistemas de escritura, en los programas de Word, en la búsqueda de cuadernos, lápices y bolígrafos- a la concesión de una beca Guggenheim. Este tramo es un prodigio, una auténtica disección de la identidad institucional del escritor y una deslumbrante exhibición del arte de la digresión. El segundo y también impresionante tramo -poco más de cien páginas- oscila entre la novela "oscura" -que existe y que de tanto en tanto el narrador quema- y la "novela luminosa" que es inalcanzable.

En esta aspiración a lo imposible está la poética de Levrero: no puede "transmutar" los hechos reales porque entonces haría "literatura", ni tampoco logra liberar esos hechos reales de "una serie de pensamientos", lo cual necesariamente tendería al "ensayo". Entonces recurre, hasta el vértigo, a la acumulación fragmentaria de experiencias densamente materiales y precisas -vivencias, recuerdos o la pura fisiología- que poseen la inmediatez de una revelación y su mismo carácter inaprehensible. En lugar de descubrir un sentido, lúcidamente lo escamotea: "Estoy a solas con mi deber y mi deseo. Simultáneamente, necesito dentadura postiza, dos nuevos pares de lentes (para cerca y lejos) y operarme de la vesícula". En esa simultaneidad ahonda el final sin fin de La novela luminosa. Es un final de exaltada afirmación: del deber, del deseo, del cuerpo. No es casual que el personaje, lector de Teresa de Ávila, recuerde su pasado católico y comulgue; no es casual que su última y gozosa frase se inicie medievalmente burlesca y se cierre, después, joyceanamente festiva: "La calavera de la paloma parece seguir en su sitio: los huesitos del cuerpo no los veo, pero quizá estén, sí, todavía, allí".

jueves, enero 15, 2009

Angosta y el escrutinio de los libros


Hace un par de días conversaba con un amigo y, entre otras cosas, le comenté acerca de Angosta, la novela de Héctor Abad Faciolince, donde el autor colombiano recrea a su país en la metáfora de una ciudad de tres pisos, tres climas y tres castas económicas, que HAF ubica en un estrecho valle de los Andes, bajo el signo de la catarata conocida como el “Salto de los Desesperados”. En Angosta los dones viven en Tierra Fría, los segundones en Tierra Templada y los tercerones sufren el calor en Boca del Infierno. Pero el hecho fundamental es que la ciudad se encuentra asolada por la pobreza, la exclusión y la violencia, y regida por una cofradía denominada los Siete Sabios, quienes deciden, cual dioses del Olimpo, el destino de todos sus habitantes.

La mayor parte, o lo más interesante de la acción novelesca se da en la zona intermedia, en la tierra templada, y gira alrededor de puntos neurálgicos, como el hotel La Comedia, donde reside el protagonista, Jacobo Lince, quien a su vez es el dueño de la librería La Cuña, espacio regido por la pareja de bohemios Dionisio Jursich y Agustín Quiroz, quienes dictan, a su peculiar manera, una cátedra informal de literatura y vida para todo aquel que se acerca a tomar un café en su reducto. Otros residentes en el hotel complementan el singular repertorio de personajes, entre los que destacan: el joven poeta Andrés Zuleta, que de manera sistemática vierte en cuadernos manuscritos sus experiencias, doña Luisa Medina, una señora diminuta que se ha convertido en la “imagen de la tristeza”, el matemático húngaro Isaías Dan, a quien apodan Relojito, aunque otros prefieren llamarlo El Marciano, y la última incorporación, la pelirroja Virginia Buendía, quien tiene algo en su cara que impide a todo aquel que la ve quitarle los ojos de encima.

Pero volviendo al tema, o sea la conversación con el amigo, yo le refería que una de las partes más interesantes de Angosta sigue la tónica del célebre capítulo sexto del Quijote: “Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”. El capítulo se ubica entre las páginas 202 y 215, y la nota al pie advierte sobre diversos asuntos, que aquí nos atrevemos a resumir en dos apartados:

1. Se trata de un homenaje a Cervantes, de un juego literario, un intermedio jocoso, un entremés en un solo acto y, en caso de aburrir al lector, se le otorga a éste vía libre para saltarse al siguiente capítulo.

2. Los editores españoles “rogaron” al autor que suprimiera este capítulo porque aburriría a los lectores.

Sin embargo, este es uno de los capítulos más entretenidos y lúcidos de la novela y, en nuestro afán por justificar este aserto, reproducimos algunos juicios, con la esperanza que no susciten la animadversión ni, mucho menos, la ira de algunos devotos inquebrantables de los infrascritos:

“En La Cuña tenemos la obra completa de (Paulo) Coelho, repetida tres veces, y casi llena una pared. Es como si todos quisieran deshacerse siempre de sus libros después de haberlos comprado. Son como envases vacíos de Coca-Cola: no hay casa que no tenga alguno.”
“Es curioso: tiene un éxito impresionante, está millonario, se finge santo, pero dicen que es más lascivo que tú, Jacobo, y sus libros parecen plagios de la más ridícula literatura de autoayuda de todos los tiempos. Para mi es basura. Es el más indigno continuador de la estirpe de los evangelistas.”

“− Aquí hay un grupito de libros más nuevos. Son autores mexicanos: Padilla, Volpi, Palou, Urroz…
− Ah sí −dijo Quiroz−. Se trata de cinco muchachos ambiciosos que decidieron convertir cinco fracasos individuales en un éxito colectivo.
− Tienen una genuina vocación literaria, y algunos tienen también lecturas sólidas −aclaró Dionisio−, pero les interesa más tener currículo que vivencias, y mucho más los premios que los libros. Según ellos, el crack nació como una vanguardia, sólo que, a diferencia del ultraísmo, el creacionismo, el surrealismo y los demás ismos, no estaban dispuestos a romper con nada porque son eminentemente conservadores (muy católicos) y quieren subir a la cima siguiendo el escalafón. Ahora son diplomáticos.”

“− Vuelvo a México −anunció Jursich−. Este también es de los nuevos: Juan Villoro.
− Leí un libro suyo de ensayos; escribe muy bien− dijo Lince con sincero entusiasmo-
Eso es parte del problema −comentó Quiroz−. Escribe bien de los demás. Debería concentrarse en la crónica y el ensayo divertido, pero para ser novelista le falta el malsano y fecundo interés en sí mismo. Es un admirante.”

“− ¡Aira? Un esnob.
− Y los que lo leen, más esnobs que él. ¡Mucho más! Tan esnob que seguramente es de los que escriben esnob sin e, snob.”

“Sí Bolaño. No se si era el mejor de su generación, como el mismo se declaraba, pero sé era muy bueno, y el mejor de los chilenos desde Donoso, por supuesto. Con un editor que le cortara los excesos, habría sido genial. Pero confiaba demasiado en sí mismo, más que en los lectores. Y su editor, Herralde, era demasiado amigo, incapaz de sugerirle que quitara una sola página, aunque sobrara.”

− Aquí está la narrativa de Mutis. Un montón de novelas con muy buenos títulos.
− Eso lo dijo Caballero, el gran columnista. Fuera del título, tiene muy poca cosa. Y en cuanto a la prosa, está hecha de frases buenas, cada una por separado, de perfecta sintaxis y sonoridad poética. Pero las historias son absurdas, soporíferas, quisieran ser Conrad y no llegan a Pérez-Reverte. Si no fuera tan buen amigo de García Márquez, tan simpático y tan buen diplomático, no habría llegado donde llegó. Hasta el Cervantes le dieron.

Y para no aburrirlos, concluyo con la cita que demuestra que de Abad Faciolince no se escapa ni Abad Faciolince, en este caso el juicio es sobre su obra Tratado de culinaria para mujeres tristes:

“− Malo no, ridículo − dijo Jursich−. Parece que Isabel Allende o Marcela Serrano hubieran reencarnado en él. Es un libro de hombre escrito con alma de mujer. Una maricada.”

domingo, enero 11, 2009

El cuestionario Proust y las respuestas de Bolaño

Quizás el cuestionario de Proust sea una de las herramientas más utilizadas para (se supone) revelar rasgos de la personalidad de un individuo. Debe su nombre al escritor francés Marcel Proust (1871-1922, y ver dibujo que ilustra nota). Este test era muy popular en los círculos intelectuales de fines del XIX y principios del XX, y se dice que Proust lo respondió, al menos, dos veces y a distintas edades: a los 13 y a los 20 años.
Luego ha sido utilizado (o degradado) por diversos medios de comunicación (¿cuándo no?) para indagar sobre la personalidad de algún personaje célebre o del pendejo mediático de turno.
Assouline Publishing ha publicado la edición facsimilar que contiene las respuestas manuscritas del mismo Proust al cuestionario. Para el caso, en la web del Kolb-Proust Archive de la Biblioteca de la University of Illinois at Urbana-Champaign se pueden encontrar las respuestas que le dio el joven Proust a su amiga de la infancia, Antoinette Faure.
Lo cierto es que los literatos han sido víctimas comunes de semejante inquisición, y para muestra ofrecemos las respuestas de Bolaño al diario La Tercera (Chile).

¿Cuál es el defecto propio que deplora más?
Yo soy una persona llena de defectos y todos son deplorables.

¿Cuál es el defecto que usted deplora más en otros?
La intransigencia, la prepotencia, la intolerancia.

¿Cuál es su estado mental más común?.
En los lindes de la idiotez, como casi todos los seres humanos.

¿Cómo le gustaría morir?
Haciendo el amor. (En realidad, a cualquiera le gustaría morir así.)

Si después de muerto debe volver a la Tierra, ¿convertido en qué persona o cosa usted regresaría?
Un colibrí, que es el más pequeño de los pájaros y cuyo peso, en ocasiones, no llega a los dos gramos. La mesa de un escritor suizo. Un reptil del desierto de Sonora.

Y si pudiera elegir un personaje de ficción, ¿cuál escogería?
Super Ratón. Bugs Bunny. Speedy González.

¿Cuál es su mayor extravagancia?
Mi gran colección de wargames de mesa y mi pequeña colección de wargames de computador.

¿En qué ocasiones miente?
Cuando hablo de pintura abstracta. Cuando hablo de poesía metafísica.

¿Qué persona viva le inspira más desprecio?
Son muchos y ya soy demasiado viejo como para establecer un ranking.

¿A qué persona viva admira?
Admiro a las madres y abuelas de la Plaza de Mayo. A gente como ellas.

¿Qué palabras o frases usa más?
"Joder" y "coño".

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
Mi felicidad imperfecta: estar con mi hijo y que él esté bien. La felicidad perfecta, o su búsqueda, engendra inmovilidad o campos de concentración.

¿Cuál es su mayor miedo?
Cualquier cosa que pueda hacerle daño a mi hijo.

¿Cuál es su mayor remordimiento?
Son muchos y se acuestan y levantan conmigo y escriben conmigo porque mis remordimientos saben escribir.

¿Cuál es la virtud más sobrevalorada socialmente?
El éxito, pero el éxito no es ninguna virtud, es sólo un accidente.

¿Qué le disgusta más de su apariencia?
A los 46 años, si algo me disgustara de mi apariencia sería un gilipollas. Todo me disgusta, pero lo asumo con resignación.

¿Cuáles son sus nombres favoritos?
De hombre, Lautaro. De mujer, Carolina, Lola, María. De perro, Laika, Duque, Popi.

¿Qué talento desearía tener?
Saber tocar la guitarra. Saber jugar al fútbol. Ser un buen jugador de billar.

¿Qué le desagrada más?
La mala educación.

¿Cuándo y dónde ha sido más feliz?
Yo he sido siempre feliz. Al menos, razonablemente feliz. Y en lugares y fechas en donde la felicidad no era precisamente lo que más abundaba.

Si pudiera, ¿qué cambiaría de su familia?
Nada. Primero porque no puedo. Segundo porque es imposible.

¿Cuál es su mayor logro?
Mi mayor logro sería que mi hijo me recordará con cariño. Y que mis amigos y amigas, de vez en cuando, también. Pero eso es una batalla futura.

¿Cuál es su posesión más atesorada?
Mis libros.

¿Cuál es la manifestación más clara de la miseria?
Los niños que mueren de hambre, los que mueren por enfermedades fáciles de combatir, los niños que sufren abusos sexuales, los niños que tienen que trabajar, los que son maltratados por sus padres. La manifestación más clara de nuestra miseria y de nuestro fracaso como seres humanos es eso y es Auschwitz.

¿Dónde desearía vivir?
Si tuviera mucho dinero, en Andalucía, sin escribir ni hacer nada,pasarme el día en los bares y conversando.

¿Cuál es su pasatiempo favorito?
Ver videos hasta las cinco de la mañana.

¿Cuál es la cualidad que usted aprecia más en una mujer?
La inteligencia y la bondad, igual que en los hombres. En tercer lugar el humor, aunque si hay inteligencia y bondad el humor se da por añadidura.

¿Cuál es la cualidad que usted aprecia más en un hombre?
Vaya, creo que esta pregunta ya está respondida. Añadamos una cuarta cualidad, deseable pero no exigible: el valor.

¿Cuál es su héroe de ficción favorito?
Julien Sorel. El Pijoaparte de Marsé. Horacio Oliveira de Cortázar. El Superman de mi infancia. El atormentado Spiderman. Drácula. Sherlock Holmes. El padre Brown. Don Isidro Parodi. El Cristo de Elqui.

¿Cuáles son sus héroes de la vida real?.
Los mismos que ya he mencionado. Añadiría a Misael Escuti y a Honorino Landa. Añadiría a Baudelaire y a Oscar Wilde.

jueves, enero 08, 2009

Sada y el discreto encanto de la H


Hace casi un mes, en el blog de mimalapalabra, Giovanni Rodríguez estuvo rastreando algunas menciones de Honduras en la narrativa contemporánea. En “El discreto encanto de la H” también se consignan algunos ejemplos, pero ayer, mientras leía Casi nunca, obra con la que Daniel Sada obtuvo el Premio Herralde de Novela 2008, me encontré con esta referencia:

“Entonces con lo dicho pongámonos en Parras, ese centro cultural universal, superior a, digamos, Tegucigalpa, ¿o cuál fue la referencia anterior?; bueno, pongámonos, sin problemas, en virtud de que allí estaba viviendo Demetrio en casa de su madre; él que tuvo una pésima suerte en sus andanzas por la parte central de Coahuila…”

Quizás sea necesarias algunas precisiones mínimas: En Casi nunca, el recurso de la comparación de los “centros culturales universales” es utilizado en forma irónica y reiterada. Por ejemplo, en la página 17: “Pero estamos al otro lado del mundo, en Oaxaca, centro cultural universal, superior (digamos) a Tokio.”

Ya en la página 28 es una versión compuesta: “…ambas casadas con gringos, uno de Seattle, ciudad que, como centro cultural universal, es superior a, digamos, Nápoles; y otro de Reno, ciudad que, como centro cultural universal, es superior a, digamos, Badajoz…”

Luego, en la página 29, viene el antecedente inmediato a la comparación con nuestra culta capital: “Parras, el pueblo más simpático de Coahuila, un centro cultural universal superior a, digamos, Bruselas.” Y más adelante encontramos otra muestra: “La boda se realizaría en Sacramento, Coahuila, un centro cultural universal superior a, digamos, Luxemburgo.”

Tampoco estarían demás otros datos generales: “El municipio de Parras se localiza en la parte central del sur del estado de Coahuila, en las coordenadas 102°11´10” longitud oeste y 25°26´27” latitud norte, a una altura de 1,520 metros sobre el nivel del mar. Limita al norte con el municipio de Cuatrociénegas; al noreste con el de San Pedro; al sur con el estado de Zacatecas; al este con los municipios de General Cepeda y Saltillo; y al oeste con el municipio de Viesca. Se divide en 175 localidades. Se localiza a una distancia aproximada de 157 kilómetros de la capital del estado. De acuerdo a los resultados que presentó el II Conteo de Población y Vivienda en el 2005, el municipio cuenta con un total de 44,715 habitantes.”

Dato que merece una nueva acotación: En el momento que el narrador externo de Casi nunca realiza la comparación Parras vrs. Tegucigalpa, el año es 1947. Dejamos a nuestros lectores las conclusiones pertinentes.

Y, por supuesto, recomendamos la lectura de Casi nunca, aunque tal vez le encontrarían más sabor si antes pasan por las páginas de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Y sin dejar de revisar la reseña de Christopher Domínguez Michael, titulada "El sexo y el decoro". Así como la de Masoliver Ródenas, "La buena estrella", publicada en La Vanguardia.

sábado, enero 03, 2009

Bolaño, DFW y The NYT Book Review


En esta nota preparada para Babelia, Julio Ortega analiza el impacto de la obra de Bolaño en los Estados Unidos, tras que 2666 fuera traducida al inglés y The New York Times Book Review la incluyera en su listado de los diez mejores libros del año. Es digno de análisis que el responsable de la reseña, titulada The Departed, el novelista Jonathan Lethem, compara a Bolaño con David Foster Wallace, así como la manera en que destacan la nota en la que Andrew Wylie, el más poderoso agente literario contemporáneo, y Carolina López, viuda, albacea y heredera de Bolaño, aclaran a The NYT Book Review (7 de diciembre) que el narrador chileno "no sufrió nunca ninguna forma de adicción a drogas, incluyendo la heroína". Explican además que ese detalle es inexacto y que el "malentendido persistente" seguramente deriva de que su relato “La playa" está escrito en primera persona.

Bolaño frente a Bolaño
Julio Ortega
Roberto Bolaño (1953-2003) solía imaginarse como otro y a veces incluso como él mismo. Pero no había previsto que después de su muerte sería, en inglés, otro Bolaño, y tendría el papel espectacular de una nueva vida. Traducida al inglés en Estados Unidos, su obra ha hecho nuevo camino y ha forjado, en la lectura, un autor no menos novelesco. Como en otro de sus relatos póstumos, nos encontramos con un personaje más vital y libresco que nunca.

La sintonía de un escritor con el lector es uno de los misterios de la vida literaria, pero es también parte de la oferta editorial y las expectativas del mercado. Pero si la fama puede ser un exceso de presencia, que deriva en la saturación y el énfasis; la suerte post mórtem de un autor está hecha de zozobra, entre olvidos reparadores y ceremonias piadosas. Un escritor de éxito no sólo necesita de una agencia literaria sino de una agencia póstuma para la puntualidad de su memoria.

El hecho es que en su balance de los diez mejores libros del año, The New York Times Book Review (14 de diciembre) incluye la traducción de 2666, que Bolaño dejó lista para ser publicada después de su muerte. El entusiasmo con que el novelista Jonathan Lethem la reseñó es proverbial. Compara al chileno nada menos que con David Foster Wallace, el más talentoso narrador de la última promoción, cuyo suicidio a los 46 años enlutó a la comunidad literaria. Valorado ahora mucho más que en vida, resulta tristemente confirmado por la depresión que lo venció: la crónica melancolía de vivir un espectáculo trivial. Sus libros resistieron ser parte del desvalor, pero mucho me temo que su muerte termine haciéndolos más fáciles.

Ya Borges había protestado que Unamuno y Lorca no eran su biografía, ni siquiera sus destinos, sino sus libros. Bolaño, un borgeano callejero, estaría de acuerdo. Pero habría añadido que esos libros los convertían en autores de sí mismos; y en su propio caso, en la mofa de su destino, en la máscara de otra mascarada.

Pero, ¿quién es éste Roberto Bolaño que es leído en inglés como un personaje imaginado por Borges no sin truculencia? En una y otra reseña, comprobamos que es leído como perseguido por Pinochet, como exiliado chileno, enfermo y pobre, pero rebelde, vital y literario, y hasta adicto. Este exceso de biografismo ha creado un Bolaño probablemente menos interesante que sus personajes, meramente real y, por eso, falso. Tanto es así que Andrew Wylie, el más poderoso agente literario contemporáneo (su supuesta pretensión de adquirir la Agencia Carmen Balcells estremeció a las literaturas en español como una amenaza imperial), y su viuda, Carolina López, devota albacea y heredera, aclaran en una carta a The NYT Book Review (7 de diciembre) que Bolaño "no sufrió nunca ninguna forma de adicción a drogas, incluyendo la heroína". Explican que, aunque "ampliamente publicado", ese detalle es inexacto y que el "malentendido persistente" seguramente deriva de que su relato La playa está escrito en primera persona. "Ese relato es en verdad una obra de ficción", confirma Wylie, poniendo a la literatura en su lugar; no en vano entre sus autores se cuenta Borges, cuya obra le debe (soy testigo) cuidado y protección.

No deja de ser novelesco que el agente literario deba intervenir para poner en orden la reputación de su autor. Bolaño habría aprobado esa vuelta de tuerca argumental, digna del humor de Nabokov.

El Bolaño que se lee en inglés no es el mismo que hemos leído en español. No sería la primera vez que en la literatura ocurre un fenómeno equivalente, no sólo porque los libros pertenecen al campo cultural de su producción y consumo, sino porque en la traducción adquieren otra vida, otra función. El ejemplo clásico es el de Poe, considerado un autor menor y de estilo sobredecorado, quien gracias a la traducción francesa de Baudelaire se hizo un autor mayor. Contrario es el caso de Neruda, que en inglés pierde pie. "Me gustas cuando callas porque estás como ausente" al ser traducido convoca irremediablemente lo opuesto: "Cuando hablas, en cambio, estás demasiado presente".

Probablemente el lector norteamericano reconoce en estas novelas una dicción que no le es ajena, y que le permite hacer suya, con apetito local, su riqueza. En inglés no son sólo muy literarias y minuciosas, apasionadas y brillantes; son, sobre todo, vitalistas.

La gran tradición de la prosa norteamericana vitalista, en efecto, ha sido el escenario donde se definen los varios estilos de la ficción característicamente yanqui. El mayor estilista de este estilo es Jack Kerouac, y su On the road, escrita en 1951 y rechazada por 19 editoriales antes de su publicación en 1957, un clásico moderno. Aunque la generación Beat terminó devorada por su biografía popular, sus obras son más serias que la imagen de sus autores, simplificados al punto de darse por leídos, convertidos en mercancía residual. El brillo de esa prosa vivaz, irradiante, fluida, imprevisible, resuena como un conjuro en las páginas de Bolaño.

No es casual que haya escrito tantas biografías que son necrologías (Los detectives salvajes ponen al revés el modelo Vida de poetas); y que el presente se demore en la frase que busca toda su presencia, su vida verbal encarnada. Se dijo que Kerouac frente a Ginsberg parece un "boy-scout del inconsciente", y que Ginsberg frente a Burroughs resulta otro... Esto es, siempre hay un escritor que va más lejos en los recuentos de una vida radicalmente vivida.

Felizmente, la versión de Bolaño es apasionadamente literaria.

martes, diciembre 30, 2008

Lecturas del 2008


Poco originales y demasiado apegados al mainstream encuentro los listados con “los libros del 2008” que se colocan por estos días en la red, donde unos cuantos compadres comparten sus lecturas escogidas del año que se va. Mucha veleidad vila-matiana, que prácticamente sólo le sienta bien a don Enrique, mientras que a otros les hace ver como followers esforzados y periféricos que se limitan a acatar lo que les dictan los portnoyes peninsulares y los fraternos jamones andantes novohispanos desde añejos polos culturales, ahora virtuales y blogalizados.
Por tal razón, modas aparte y desde el retiro provinciano, me atrevo a compartir, aunque no me las solicitaron, mis lecturas de este año:

Ensayo
Las imágenes de los negros garifunas en la literatura hondureña y extranjera. Jorge Amaya. Armado con un envidiable y actualizado arsenal retórico, Amaya realiza un periplo singular para rastrear y definir la manera en que los escritores nacionales y extranjeros han construido las imágenes, en su mayoría distorsionadas, de los garínagu, una etnia sobre la que quizás no sería exagerado afirmar, ha sido condenada al cliché y el lugar común en la producción literaria de los dos últimos siglos.

Vida y obra de Bulnes, el memorioso. Leonel Alvarado. Junto con el monumental estudio de José Antonio Fúnes sobre Froylán Turcios y el modernismo, la investigación de Alvarado es uno de los acercamientos más lúcidos y completos a la vida y obra de un escritor nacional; en este caso, del autor mítico por excelencia de la literatura hondureña. Desde las historias inciertas sobre el Jonás y su desaparición, hasta la colección de anécdotas sobre su vida singular, en torno a Cardona Bulnes se ha construido una leyenda negra de poeta maldito que esta investigación de Alvarado esperamos ayude a despejar, trasladándola del ámbito doméstico de la oralidad al terreno de las afinidades e influencias literarias.

José Antonio Domínguez. Obra poética escogida de sus manuscritos (1885-1903). Edición de Héctor Miguel Leyva. Una obra fundamental que confirma la pericia investigativa de Leyva, quien desde hace varios años ha venido construyendo una visión actualizada y objetiva sobre la tradición literaria nacional, sin los aspavientos propios del diletantismo y con la precisión que sólo es posible a través de una ética aplicada al ejercicio del criterio. En esta ocasión, rescata en una minuciosa edición crítica la figura del poeta que “llevó más allá de lo sensato y lo conveniente la aventura literaria”, coincidiendo con el momento en que se gestaban los impulsos que conformarían la modernidad en Honduras.

Honduras, patria de la espera. Francesca Randazzo. Sobre la base de su tesis de maestría, Randazzo se interroga acerca de la casi siempre contradictoria relación entre nación y poesía en Honduras. Aunque a veces su discurrir se difumina en medio de vericuetos históricos y afirmaciones taxativas –y cuestionables- como: “Si bien Honduras posee talentoso narradores y narradoras, es básicamente una tierra de poetas”, este texto logra perfilar una propuesta construida con afán exhaustivo y solidez bibliográfica. Un punto de partida para posteriores reflexiones en torno a la integración poesía y sociedad en los imaginarios nacionales.

Narrativa
En este apartado es ineludible destacar la aparición de dos textos que, pese a la evidente distancia entre ambos -generacional, ámbito vital y formativo de sus autores- reafirman la tensión que ha funcionado como “marca de fábrica” de la narrativa nacional, a veces volcada en el color local o bajo el signo de la tenaz voluntad por apartarse de tal esclavitud. Así, Dennis Arita ratifica en los cuentos de Final de invierno su decisión de distanciarse del horizonte local. Impulso que se desata desde el título hasta las atmósferas y paisajes que, según Helen Umaña, se dinamitan a sí mismos, cuando lo cierto es que se difuminan porque no pertenecen al imaginario nativo, están situados en otra dimensión, donde no hay referencias posibles para encontrar a la patria por la que suspira, esperanzada, Randazzo. Y es que pese a nacer y haber vivido en Honduras, la patria de Arita se encuentra en otro sitio, otras voces y otros ámbitos pueblan su imaginario y lo desmarcan, por fortuna, de la cotidianidad vernácula.
Juan de Dios Pineda vive desde hace varios años en Europa, específicamente en Alemania, desde donde construye con morosidad una obra basada en el recuerdo de la patria distante. Pese a haberse concluido en Göttingen, durante el crudo invierno de 1994, en Estaciones a la deriva, la novela que Pineda publicó a mediados de 2008, no sólo hace calor sino que proliferan las referencias a lo nacional y a Latinoamérica: ahí están con nombre propio las comidas y los paisajes, las ciudades y el campo, la música y, sobre todo, las personas que, pese a haber cruzado el charco, las seguimos reconociendo en esa identidad a la que no pueden ni pretenden renunciar.

Poesía
En la “tierra de poetas” (sic) se publicaron muchos libros de poesía, y entre los que leímos con verdadero placer destacan Este verde esplendor y Desde el hospicio. En el primero encontramos a un Felipe Rivera más maduro, con la libertad de haber reconocido el camino que ahora recorre con verdadero aplomo, mientras que en el segundo, Gustavo Campos reincide en desvelar viejas heridas, pero ahora decidido a reforzar las correspondencias y afinidades electivas que conforman un hospicio propio, donde comparte junto a notable compañía en su particular “canon de Rodez.” Rivera y Campos, dos variantes íntimas de una poética que reafirma su condición ecuménica bajo la premisa de Reyes: sólo siendo generosamente universales nos podemos volver provechosamente nacionales.

Mención especial:
Mundo de cubos. Nelson Merren. Prolija antología que recoge los libros fundamentales del poeta ceibeño, fallecido el 24 de mayo de 2007: Calendario negro y Color de exilio, junto a sendos ensayos de Helen Umaña y Tulio Galeas, además de la correspondencia que sostuvo con sus compañeros de oficio: Oscar Acosta y José González, en las décadas del 60 y 80, respectivamente. Un texto de lectura impostergable para precisar las claves de la obra del “lobo estepario” de la poesía nacional.

P. D. Por suerte, yo también sigo desde hace tiempo los consejos de Reyes, Cortázar y Borges, así que no piensen que cerré los ojos al mundo exterior:

Angosta, de Héctor Abad Faciolince, de la que recomiendo con entusiasmo leer el capítulo que los editores le recomendaron suprimir, donde recrea el escrutinio de los libros en el Quijote en clave actual, con guiños imperdibles para algunos de sus colegas.

La novela luminosa, de Mario Levrero, obra póstuma cuya lectura podría revelar a muchos que no sólo Vila-Matas escribe dietarios y que algunos buenos escritores no publican en Anagrama.

Dietario voluble, de Enrique Vila-Matas, genial en las páginas finales cuando parafrasea a Flaubert y Coetzee, al conectar a Sebald con Kafka y el enano de Verona, o en sus alusiones a la obra de Bolaño, Malamud y Roth; pero me llama la atención que cuando alaba un libro casi siempre éste ha sido publicado por Anagrama (e.g. Bonsái de Alejandro Zambra, que además aparece anunciado en la solapa). ¿Cosas del mercado editorial en versión Herralde?

La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, una novela genial con un ritmo endemoniado que me enseñó, además, que los dominicanos hablan tan mal español que para hacerlos legibles tienen que traducirlos del inglés. Ya en serio, maese Junot es un soberbio escritor, y recomiendo que lean su cuento “Alma”, que aparece en el número de agosto 2008 de Letras Libres.

Tokio blues y After dark, de Haruki Murakami, un heredero directo de Nabokov y Carver, que ha indagado con brutal sutileza en la incertidumbre de la posmodernidad, a través de historias que nos revelan ese territorio crepuscular donde ocurren accidentes tan hermosos como la amistad o el amor.

Hablemos de langostas y La niña del pelo raro, de David Foster Wallace, uno de los escritores más interesantes, junto a Cormac McCarthy y Bret Easton Ellis, del “país que no es para viejos”. La “estructura” de los artículos “langosteros” y el corte cuasi barroco de los cuentos “del pelo raro” nos confirman la originalidad de un autor que no hizo concesiones a lo políticamente correcto.

Terror santo, de Terry Eagleton, otra muestra de la erudición y solidez argumentativa de una de las voces críticas más respetadas de los últimos tiempos, quien indaga con profunda objetividad en el tema de las fuentes políticas, filosóficas, teológicas y, por supuesto, literarias del terror, definido como "mecanismo de control y de legitimación del poder". Texto que, por una alusión al "gozo obsceno" en la página 16, me llevó a El sublime objeto de la ideología, donde Slavoj Zizek descree de las ideas de los teóricos de la condición posmoderna, y explora el tema de la mediación humana, reelaborando a Hegel, Althusser y Lacan a través de la interpretación de hechos y expresiones tan disímiles como el hundimiento del Titanic y la película Alien, pasando por Hitchcock, la ciencia ficción y las óperas de Wagner.

Pos P. D. No desconozco que algunos de estos libros no se publicaron en el 2008, pero llegaron a mis manos y fueron leídos en ese año que ya está por expirar.

lunes, diciembre 08, 2008

Haruki Murakami


Ya es un lugar común referirse a Haruki Murakami como el sucesor directo de Kawabata, Oé y Mishima, lo cierto es que este narrador japonés, nacido en Kioto el 12 de enero de 1949, ha producido una obra singular, donde se explora, entre otros temas, la tradición japonesa y su paradójica relación con la modernidad occidental a través de personajes de gran profundidad sicológica, enigmáticos y sutiles.
Aunque nació en Kioto, vivió la mayor parte de su juventud en Kōbe. Su padre era hijo de un monje budista. Su madre era hija de un mercader de Osaka. Ambos enseñaban literatura japonesa.
Estudió literatura y drama griego en la Universidad de Waseda (Soudai), en donde conoció a su esposa Yoko. Su primer trabajo fue en una tienda de discos (al igual que Toru Watanabe, el protagonista de Tokio blues, Norwegian Wood). Antes de terminar sus estudios, Murakami abrió el bar de jazz “Peter Cat” en Tokio, que funcionó entre 1974 y 1982. De hecho, la música es una presencia infaltable en sus textos.
Tras el enorme éxito de su novela Tokio blues, Norwegian Wood, abandonó Japón en 1986 para vivir en Europa y América, pero regresó en 1995 tras el terremoto de Kobe, la ciudad donde pasó su infancia.
La crítica coincide en que los textos de Murakami reflejan la soledad y el ansia de amar de una manera que conmueve a los lectores, tanto orientales como occidentales. También se reconoce la influencia de los autores a los que ha traducido como Raymond Carver, Francis Scott Fitzgerald y Raymond Chandler, a quienes considera sus maestros.
Su obra ha sido traducida al español y la mayoría de sus títulos se encuentran publicados bajo el sello Tusquets. A título personal recomiendo Tokio blues, Sauce ciego, mujer dormida, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y After dark, de la que pueden leer un adelanto haciendo click aquí.

miércoles, diciembre 03, 2008

Millenium


Es la gran novedad en Europa, la trilogía escrita por Stieg Larsson, el hasta ahora desconocido periodista sueco, que durante el día trabajaba en la revista Expo, y por las noches escribía las novelas que estaba seguro le convertirían en un escritor de éxito. Pero Larsson murió antes de que el sueño se hiciera realidad, y ahora la fortuna que ha producido Millenium –cuyos protagonistas son el reportero cuarentón Mikael Blomkvist y la pirata informática Lisbeth Salander- es disputada por su padre, su hermano y la compañera sentimental del malogrado narrador. El País ha dedicado varias páginas al llamado “fenómeno Larsson”, una de las cuales reproducimos a continuación. También recomendamos la lectura de las primeras páginas de Los hombres que no amaban a las mujeres y de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, las dos primeras entregas de la trilogía que han sido traducidas al español.

La rabia de Stieg Larsson
Aquel periodista sueco tenía una convicción. "Se le veía en la mirada. Sus ojos hablaban ya en otro idioma", recuerda uno de sus mejores amigos, el reportero Kurdo Baksi. Fue en Estocolmo en 2003. Aquel colega, recuerda Baksi, le reveló que había escrito tres novelas sobre un reportero sagaz y una joven y arisca hacker. Y le dijo una cosa más: "Son los tres mejores libros que un sueco ha escrito en este país". Y planeó lo que haría con todo el dinero que iba a ganar. Baksi se tomó aquello como una fanfarronada. "Le dije que no iba a funcionar. Obviamente, me equivoqué".

El periodista de la mirada visionaria era Stieg Larsson (Västerbotten, 1954-Estocolmo, 2004), un veterano redactor curtido en la investigación de la extrema derecha, y el tiempo le dio la razón. Sus tres novelas, la trilogía Millennium, se convirtieron en un éxito inmediato: cerca de ocho millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, con los derechos adquiridos en 35 países, según la editorial sueca, Norstedts. Millennium ha sido líder de ventas en Francia y ya se preparan las adaptaciones al cine y la televisión. Larsson, sin embargo, no vivió para verlo. Falleció de un ataque al corazón el 9 de noviembre de 2004, poco después de entregar el manuscrito de la tercera novela y antes de que se publicara la primera.

El fenómeno Larsson arribó a España el pasado 5 de junio con la primera entrega, Los hombres que no amaban a las mujeres (Destino) -traducción suavizada del original Män som hatar kvinnor, Los hombres que odian a las mujeres-, que ha despachado 300.000 ejemplares, va por la octava edición y lidera las listas de los libros de ficción más vendidos. Los dos protagonistas, el reportero cuarentón Mikael Blomkvist y la pirata informática Lisbeth Salander (metro cincuenta, 42 kilos, arisca y brutal), se enfrentan a una misteriosa desaparición en una isla del norte de Suecia y a un gigantesco fraude financiero. La acción detectivesca y la denuncia y el compromiso social se entremezclan en un thriller inspirado que se adentra en las zonas oscuras del aparentemente impecable Estado sueco, desde sus servicios de atención social a sus medios de comunicación, pasando por la clase financiera.

En la segunda parte, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (en el original, La chica que jugaba con fuego), la pareja se reencuentra. El periodista experimentado y esa especie de Pippi Langstrump punk (en la definición del propio autor) investigan el tráfico de chicas de países del Este que son obligadas a prostituirse. La revista que dirige Blomkvist, Millennium, prepara un reportaje contundente que sacará a la luz la trama que se oculta tras la violación sistemática de las jóvenes inmigrantes. La publicación se ve interrumpida por un triple asesinato del que es acusada la propia Salander. Ambas tramas se entrelazan para adentrarse una vez más en los bajos fondos de esa sociedad sueca a la que Larsson retrata con fidelidad, según sus compatriotas. El tomo se puso a la venta la semana pasada en España con una tirada de 100.000 ejemplares y ya ha irrumpido con fuerza en las listas de ventas. La crítica también ha sido unánime al reconocer las dotes narrativas de Larsson.

Reportero de día, novelista de noche

¿Pero quién era este reportero que escribía ficción casi a escondidas, por la noche, tras la jornada laboral? "Me llaman de 40 países para saberlo", advierte Baksi, amigo de Larsson desde 1992 y colega en la revista Expo desde 1995, que visitó Madrid la semana pasada para presentar el libro. "Tres palabras lo definían: raza, sexo y clase", indica en correcto castellano este sueco de origen kurdo. Tres conceptos que resumen tres injusticias contra las que Larsson luchaba siempre. "Consideraba que si vivimos en un mundo en el que la mujer, los inmigrantes y los pobres no tienen el mismo valor que sus conciudadanos, es que este mundo es malo". Baksi resume el carácter de Larsson: "Era un 25% sueco tímido, un 50% la madre Teresa de Calcuta, y 25% un soñador".

Hay quien ha querido ver en el personaje de Blomkvist un álter ego de Larsson. "Lo es y no lo es", responde Baksi. "Blomkvist es la persona que a Larsson le hubiera gustado ser: Blomkvist es mujeriego y Larsson era muy tímido con las mujeres; Blomkvist es un periodista efectivo y fuerte y Larsson, no; Blomkvist tiene una revista de éxito (Millenium) y la de Larsson (Expo), es un proyecto perdedor".

Disputa por la herencia

Larsson tenía pensado lo que haría con el dinero de las novelas. "Dijo: El dinero del primer libro, para mí. El del segundo, para las mujeres maltratadas [planeaba financiar una residencia para víctimas de la violencia machista y un centro de estudio del racismo], y el tercero, para la revista Expo", recuerda Baksi. Y precisamente los ingresos que han generado las novelas han desatado un conflicto entre sus familiares (su padre, Erland, y su hermano, Joakim) y su compañera sentimental, Eva Gabrielsson. Ambas partes reclaman los derechos (que no sólo incluyen los libros, sino las adaptaciones al cine y la televisión).

El problema se agrava porque al parecer existe el manuscrito de una cuarta novela. Está grabado en el portátil en el que trabajaba Larsson y los abogados no se ponen de acuerdo sobre a quién pertenece. Su compañera sostiene que es propiedad de la revista Expo. "Es más complicado que resolver la cuestión kurda", confiesa el reportero con ironía. El propio Baksi, que apoya a Gabrielsson, ha intermediado en la disputa y, según fuentes de la editorial española, las dos partes han llegado a un principio de acuerdo para repartirse la herencia de Larsson.

domingo, noviembre 23, 2008

Kafka por Vila-Matas


Kafka en tranvía
Enrique Vila-Matas
Al encontrarme de nuevo con el penúltimo fragmento de Jakob von Gunten de Robert Walser -aquel en el que Herr Benjamenta y el narrador cabalgan por el mundo en un sueño de libertad absoluta- capto un posible aire de familia con Deseo de convertirse en indio, una de las prosas breves de Contemplación, el primer libro que publicara Kafka. En esa juvenil y breve prosa indecisa, Kafka muestra su deseo de ser de verdad un indio, siempre alerta, sobre el caballo galopante, en viaje sin bridas por el ancho mundo. Aunque es una prosa indecisa, aunque es un texto de sus primeros tiempos, ahí está ya en toda su plenitud el espíritu de un Kafka recién salido de las lecturas de Walser.

Reencontrarme con esa breve prosa del Kafka incipiente -esa prosa en la que ya estaba condensado el escritor incomprensible y al mismo tiempo sorprendentemente diáfano que fue- me hace caer en la cuenta de que no siempre Kafka fue Kafka. Hoy estamos acostumbrados a leerlo como tal, pero hubo una etapa -días de indecisiones y de vacilaciones- en la que pasó por el clásico trance por el que transitan aquellos que desean cabalgar sin bridas y ser extranjeros dentro del doméstico y pusilánime paisaje literario de su época. Es decir, también Kafka tuvo que forjarse un estilo. Lo inventó a la sombra de Walser, pero también de Kleist, de Chéjov, de Dickens y del cervantino Flaubert.

Tal vez nadie ha estudiado mejor los años de la forja del estilo kafkiano que Reiner Stach en Kafka. Los años de las decisiones. Es un libro que acabo de releer estos días y que creo que opera como perfecto antídoto contra la devastadora y fanfarrona veneración de Kafka por parte de quienes aún piensan que su creatividad fue solitaria y genial. Sin duda, Kafka fue un genio, pero no estaba tan ciego como para haber querido producir sus textos a partir de una interioridad carente de experiencia. "Al contrario: precisamente su trato controlado, artesanalmente refinado, con influencias y hechos, le señala como autor de la Modernidad, que -al menos en este sentido- se alinea con Musil, Joyce, Broch y Arno Schmidt", nos dice Reiner Stach, estudioso de los años en los que un escritor de Praga deseaba convertirse en Kafka y para ello tuvo que librarse, ante todo, de su amigo Brod, que le proponía escribir prosas a cuatro manos. Y luego, tras librarse de semejante pelmazo, leer en profundidad, por ejemplo, a Dickens, un autor con grandes dosis de humorismo en sus obras, ese humorismo que ha tardado tanto en ser percibido en Kafka, que escribió El desaparecido pensando en escribir a ratos una novela cómica dickensiana, y de ahí que Walter Benjamin dijera que ese libro era, sobre todo, una gran payasada, ya que en él uno podía reírse en cada página.

Pero es que incluso en El castillo y El proceso, que son novelas que han agobiado y angustiado tanto, hay muchas situaciones que pueden despertar hilaridad. Hilaridad que el lector en ocasiones reprime porque está metido dentro de un absurdo, de una problemática que es aterradora. Pero esos elementos humorísticos son el contrapunto que el propio Kafka establecía para restarle presión al drama. Una hilaridad aprendida de los días en que leía precisamente a Robert Walser en voz alta y se partía literalmente de risa, muy especialmente con Jacob von Gunten: "Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada".

El personal docente lo encontró Kafka en los libros de sus autores preferidos. En los días de aprendizaje, hacia 1910, empezó a trabajar en un peculiar laboratorio de influencias, el más singular del siglo pasado. Los Diarios, por un lado. Y, por el otro, las prosas indecisas que acabarían conformando su primer libro, Contemplación, publicado en 1912, libro al que le faltan ya menos de cuatro años para que algunos amigos de los números redondos celebren su centenario. Se diría que ha pasado mucho más tiempo desde que Kafka comenzó a ser Kafka y dejó atrás ciertas indecisiones. "Estoy en la plataforma de un tranvía y me siento totalmente inseguro con respecto a la posición que ocupo en este mundo, en esta ciudad, en el seno de mi familia", escribió en El pasajero, prosa breve de Contemplación. En esos días, Kafka ni siquiera se sentía capaz de justificar qué hacía allí en aquella plataforma, sujeto de aquella correa, dejándose llevar por el tranvía. Pero ya también en esos días Kafka era implacable. Con una muchacha, por ejemplo, que se instala junto a la escalerilla, lista para bajar del tranvía. "Se me muestra tan nítida como si la hubiera palpado (...). Su orejita está muy pegada a la cabeza, pero como estoy cerca, veo toda la parte posterior del pabellón derecho y la sombra en la raíz", escribe. Y termina preguntándose cómo es que la muchacha no se asombra de sí misma y mantiene la boca cerrada sin decir nada.

Todo eso ocurrió en los años de las lecturas decisivas, en los años de las incertidumbres repartidas por las plataformas de todos los tranvías. Durante un tiempo, el matrimonio Nabokov, en el Berlín de 1922, subió al mismo tranvía que tomaba Kafka, el Berlín-Litchterfelde. Nunca le hablaron porque no sabían que era él, pero Vera Nabokov siempre dijo recordar "aquella cara, su palidez, la tirantez de la piel, aquellos ojos tan extraordinarios, ojos hipnóticos resplandeciendo en una cueva".

De los años de formación en la oscura cueva no se ha librado nunca nadie. Ni Kafka. Nadie le exigía en aquellos días que justificara sus lecturas, ni su presencia en la extraña plataforma de la vida. Pero el gran tranvía, más allá de las iniciales influencias, se estaba ya poniendo en marcha. "Cierto es que nadie me lo exige, pero eso no importa". -

viernes, noviembre 21, 2008

Lección de poesía


La palabra más libre
Emilio Lledó
Una cuestión de lenguaje. Eso parece ser la vida humana. La vida de ese ser indigente, menesteroso, que no puede vivir sin los otros, pensar sin los otros. Al menos, eso es lo que decía el filósofo que descubrió para qué servían las palabras y qué se podía encerrar en ellas. Esa exigencia de compañía no sólo manifiesta la necesidad de lenguaje, sino la radical soledad de cada conciencia que encuentra, a través de las palabras y del amor, la posibilidad de engarzarse con sus semejantes. Apenas hay otros puentes entre seres "eternamente separados". El origen del lenguaje y del amor tenía, sin embargo, que desarrollarse sobre un principio de libertad que permitía ver el mundo y desatascaba de las palabras acartonadas, de las frases hechas, en las que se coagula la posibilidad de pensar.
Mirar el mundo, entenderlo y comunicarlo fue un programa que, casi instintivamente, llevó a cabo el "animal que habla" desde el momento en que sintió la urgencia de tener que convivir. Pero el hablar "se dice de muchas maneras". Las palabras pueden fluir, facilitar inteligencia, dar luz, construir comunidad, o también ofuscarse, deteriorarse, corromperse. Parece que este enfrentamiento entre lo positivo y lo negativo, entre la creación y la corrupción es la empresa esencial del existir como seres humanos. Porque esos dos territorios se confunden y enmarañan y en ellos nos perdemos. Esta pérdida ocurre porque ya nosotros mismos estamos perdidos, descarriados; porque hemos apagado la luz del pensamiento, la autarquía de mirar con los propios ojos, o porque la asfixia de los medios de comunicación o de una escuela y educación entontecedora haya acabado por aniquilar nuestra responsabilidad y nos haya enterrado en la fosa de la alineación, emborronando el horizonte ideal que debería alentar toda existencia.
La degeneración de la mente y el crecimiento de la mentecatez es posible, hoy más que nunca, por los múltiples canales más o menos subterráneos, por los enormes charcos de información, por el imperio de opiniones tóxicas, de mensajes podridos que, sin darnos cuenta, tragamos. Este fenómeno, cada vez más presente en la paradójicamente llamada sociedad de la información, enreda y devalúa el cerebro y, de paso, va mutilando la capacidad de pensar. Hay una expresión que mide esa cretinización colectiva: el "nivel de audiencia" que, con las excepciones que se quiera y sea cual sea el espacio en que tal nivel se busque, es, en el fondo, manifestación creciente de una forma de corrupción. Es verdad que los nuevos instrumentos de comunicación pueden ser también colaboradores eficaces para ampliar, informar, e incluso ilustrar la inteligencia. Pero esto sólo es posible si aprendemos, como en los orígenes de la democracia, en el pensamiento griego, a mirar las cosas de una manera nueva y, sobre todo, a mirar las palabras.
La mirada sobre el lenguaje, la pregunta continua sobre las significaciones es una función educativa y una de las grandes empresas de la cultura. El universo de palabras que nos circunda al incorporarse como lengua materna a nuestra vida nos constituye y nos define. Pero no basta con este hecho esencial de la existencia humana, no basta con encontrarse por azar en un lenguaje. Nadie puede sentirse orgulloso de una lengua en la que, por casualidad, se ha nacido si no se es capaz de convertir ese azar en necesidad, esa casualidad en destino; si no aprende con ella a ser persona, a ser veraz, justo, solidario, decente... Esa lengua materna en la que nacemos tiene que hacerse lengua personal, lengua matriz, lengua capaz de definir y manifestar nuestros comportamientos: "¡Habla para saber quién eres!".
Una forma de cultivar esa facilidad para entender el lenguaje es la poesía. En el mundo de la pragmacia y el consumo de baratijas verbales, la palabra poética tiene una gozosa y sustanciosa espontaneidad. Las líneas del poema nos enfrentan a un uso del lenguaje absolutamente libre. No hay otro compromiso con sus palabras que el que implica la apertura a un nuevo horizonte de sensibilidad. En ese horizonte vislumbramos la propia historia enhebrada en un tejido de significaciones inesperadas, de sentidos imprevistos, provocadores y enriquecedores. La poesía nos hace ver el mundo con ojos distintos al que el uso nos marca en el diario y tantas veces vacío discurso del vivir. Por eso es, efectivamente, un mundo de creatividad, de libertad, y ser libre quiere decir, en poesía, el encuentro con un lenguaje que se dice a sí mismo y que no tiene otra posibilidad de entenderse que cobijándose bajo las alas de esa misma libertad de señalar, de significar que es, al mismo tiempo, una libertad de sentir y de entender y de amistar.
Pienso que una de las muchas tareas para una educación renovadora es, precisamente, el encuentro con la lectura, con la imaginación y con ese inabarcable mundo de afectos y sentimientos que la poesía despierta. Una poesía que nos enseña a mirar en las palabras, en su esencial liberación de otros compromisos que no sea puro lenguaje, pura significatividad, puro amor a las cosas y a sus sentidos. Somos lo que entendemos, lo que hablamos, pero también -y no sé si sobre todo- lo que amamos. La lectura de la poesía, hacer que afloren a los labios de los alumnos las palabras de los poetas y que se abran, así, a una forma originaria y viva del decir. Una función pedagógica enriquecedora sería el hacer que nuestros jóvenes estudiantes en la escuela aprendiesen a decirse la poesía, a pronunciar con esas palabras los sentimientos que nos alejan del dominio de la pragmacia y la tecnología imperante. Una forma de educación que se escapa de la destreza de los teclados, de los destellos que ofuscan millones de pantallas y que, en última instancia, compensaría el chisporroteado predominio.
Lenguaje de la economía y la miseria, del engaño y la corrupción, de la indecencia y de los defensores de la desmemoria para amparar cualquier vileza del presente con la impunidad de que nunca será recordado. En la elegía Pan y vino Hölderlin, en palabras citadas en múltiples contextos, se preguntaba: ¿Para qué poetas en tiempos de crisis? Pues para eso, precisamente para eso. Para evitar que en "épocas de miseria ocupen su lugar los timadores, los farsantes, los hechiceros, los fanáticos y otras criaturas del submundo intelectual". -

El País publicará a partir del domingo 23 de noviembre la colección más completa de la poesía del siglo XX en español. Emilio Lledó imparte una lección en estas páginas sobre la importancia de leer poesía. La palabra poética, según el maestro, nos deja ver el mundo con una mirada libre

miércoles, noviembre 12, 2008

Bolaño en The New York Times


Hace unas horas, un buen amigo me avisó que en la edición web de The New York Times aparece una reseña sobre 2666 de Roberto Bolaño. Y en cuestión de segundos me encuentro con la página y compruebo que lleva la firma de Jonathan Lethem y el título “The Departed”, además veo que está basada en la traducción al inglés de Natasha Wimmer para la editorial Farrar, Straus & Giroux (898 páginas y se vende a 30 dólares, para ser más precisos).
Y apenas empiezo a leer siento que Bolaño se sentiría satisfecho, porque Lethem empieza por citar el cuento “The Preserving Machine”, escrito en 1953 por Philip K. Dick, un autor al que Roberto rendía una admiración singular y con quien, según confesión de Fresán, compartía sus teorías psico-temporales.
Pero mejor vayan a la página y así lo ven con sus propios ojos. Y, de paso, les sugiero revisar la reseña que aparece sobre Los detectives salvajes.

viernes, noviembre 07, 2008

J. M. G. Le Clézio


Hace más o menos un mes, en una acción que se ha vuelto un hábito de octubre (el año pasado el objeto de mi búsqueda fue El cuaderno dorado), hurgué en mi modesta biblioteca hasta encontar Diego y Frida. Una gran historia de amor en tiempos de la Revolución, y empecé a releerla bajo el peso del titular periodístico que me anuncia que a su autor, J. M. G. Le Clézio, le adjudicaron el Nobel de Literatura 2008. Y al hojear sus primeras páginas compruebo que lo compré una tarde ya lejana de agosto de 2006; además recuerdo que el libro fue adquirido en razón de mi interés por Frida y Diego, sin apenas importarme la rimbombante tripleta de iniciales que en la portada precedían al apellido del autor.
Hace unos días terminé de releerlo, a trompicones y tratando de encontrar las claves que llevaron a los académicos suecos a considerarlo "un escritor de la ruptura, de la aventura poética y del éxtasis sensual, explorador de la humanidad, dentro y fuera de la civilización dominante". Quizás habría que leer otros de sus libros y así tal vez acabemos coincidiendo con Horace Engdahl, secretario permanente de la Academia Sueca, quien no dudó en afirmar que Le Clézio ha conseguido "rescatar las palabras del estado degenerado del lenguaje cotidiano y devolverles la fuerza para invocar una realidad existencial". Lo cierto es que en el texto que tengo en mis manos no encontré nada de eso. Aunque puede ser que alguna condición atávica y marginal me impidió captar esas virtudes que ante los suecos se muestran con tanta claridad, pero lo cierto es que (¡ah, las odiosas comparaciones!) al evocar obras y apellidos como Fuentes, Roth, Vargas Llosa, Magris, Adonis, De Lillo, Tabucchi, Pynchon, Oz, Kundera, cobra fuerza la idea de que tanto el amigo Le Clézio como su predecesora Doris Lessing, o están tocados por la diosa Fortuna o gozan de una gran simpatía en “la fría antesala sueca”, cuyos añejos miembros ya se dieron el lujo de intentar “desaparecer” a nombres imprescindibles: Jorge Luis Borges, James Joyce, Marcel Proust o Bertold Brecht.
Bueno, lo cierto es que habas se cuecen en todas partes, así que no está demás echar una ojeada a este texto del susodicho Le Clézio y repasar la reseña de El africano que aparecen en la edición de Letras Libres correspondiente a noviembre de 2008, tal vez allí encontremos algunas razones que justifiquen un premio que, hasta ahora, tiene el aroma inconfundible del desacierto.